“Yo no fui, fue Teté” - El Nopal
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“Yo no fui, fue Teté”

“Yo no fui, fue Teté”

Por LA MADA (Magdalena Edith Carrillo Mendívil)
www.lamaddalenaedi.blogspot.com

Era tan feo/a tan feo/a tan feo/a que le decían la “culpa”… porque nadie se lo/a quería echar…
Y en verdad os digo… aquel que esté libre de pecado que aviente la primera piedra o acepte la culpa… no es fácil, tampoco nos gusta que nos echen la culpa y mucho menos fácil, aunque a veces heroico, aceptar la culpa del otro. La reacción primera es bajar y/o subir la mirada como buscando al culpable en el piso o en el cielo y declarar: ¡Yo no fui! Y por supuesto nos gustaría encontrar a Teté y decir: “Yo no fui, fue Teté” y exigir su castigo “pégale, pégale que ella merita fue”. A veces nos es posible encontrar algún Teté y tenemos que aceptar nuestra responsabilidad. Nos sentimos acorralados y si no tenemos conciencia, ni ética, ni somos responsables de nuestros actos como para aceptar nuestra falta sin necesidad de este acorralamiento, aceptamos que nos equivocamos y buscamos a un cómplice que nos haya llevado a cometer la falta: “Lo hice porque así me dijeron, el me empujó, así lo han hecho todos, yo no sabía”… y el tierno e inocente: “¡y a él por qué no le dices nada!”
Veamos que nos dice la RAE sobre la definición de Culpa. 1. f. Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta. 2. f. Hecho de ser causante de algo. 3. f. Der. Omisión de la diligencia exigible a alguien, que implica que el hecho injusto o dañoso resultante motive su responsabilidad civil o penal. 4. f. Psicol. Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado. Efectivamente, sin sorpresa alguna, la palabra, así como su definición no tienen ni para donde correr. La culpa es algo que ninguno quiere tener, salvo cuando nos ponemos un poquito ridículos y sin querer invocamos a Álvaro Dávila y cantamos “Tu eres la culpable de esto que me pasa a mí, tu eres la culpable de que yo sea tan feliz”… sin palabras ante tal declaración, si soy honesta preferiría que no me cantaran esto y mejor me invitaran una botella de vino tinto como agradecimiento por tanta felicidad.
Y es que este sustantivo no es muy agradable, yo personalmente trato de no usarlo y mucho menos con adjetivos posesivos, solo cuando uso la segunda o tercera persona y más del plural, así la culpa se reparte entre ustedes y ellos. “¡Fue su culpa! Admitir la culpa, o dicho de una manera más cordial “la responsabilidad” de un hecho no es nada fácil y se necesita un largo proceso cargado de negaciones y aceptaciones no voluntarias hasta que aprendemos a decir: “Efectivamente, fue mi culpa”. En el medio laboral pueden suceder varias cosas, entre ellas, la caballería pesada se va contra ti y después pasas a una etapa en donde mataste un perro y te dicen mata perros, me explico: admites la culpa de algo y después todos los milagritos te los quieren atribuir a ti, y aunque no hayan sido tu responsabilidad, teniendo el antecedente de que una vez que te equivocaste lo admitiste pues los demás asumen que esta vez también será así. También el hecho de aceptar la culpa requiere de cierta habilidad para evitar lo anteriormente mencionado. La Mada le sugiere, en el ambiente laboral, aceptar la culpa pero no dejar que lo flagelen, de ninguna manera, acepte su culpa de una manera profesional y no busque coartadas para justificar su error, busque soluciones y otra cosa importantísima, aprenda y trate de no cometer el mismo error dos veces, si no el mata perros no se lo quitará nadie.
En las relaciones personales admitir nuestra culpa es un terreno escabroso y en algunas ocasiones bastante doloroso, para ambas partes. La culpa adquiere un matiz de traición. Admitir mentiritas blancas, abuso de confianza hasta admitir infidelidad deja una bruma gris en el ambiente y en la relación. En estas situaciones no sale ninguno bien librado y quien recibe la confesión hubiese deseado jamás escuchar esa declaración, se oyen acordes de guitarras y queremos cantar junto con el Pirulí: “miénteme una eternidad que, que me hace tu maldad, feliz”… pero sabemos que esto no es cierto, “… y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8: 32).
Están, para terminar el articulín, los gustos culposos, esos que nos hacen sentir bien aunque sepamos que nuestra reputación se va a manchar y nos da una pena terrible confesar, por ejemplo, yo admito que la “Señora de la cuatro décadas” de Arjona me gusta, es un gusto culposo que muy pocas veces lo confieso.
Por eso os digo, yo admitiré mi culpa siempre y cuando no haya a quien echársela.
Final culposo.

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