LOS TIEMPOS IDOS DE RICARDO MONREAL - El Nopal
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LOS TIEMPOS IDOS DE RICARDO MONREAL

 

LOS TIEMPOS IDOS DE RICARDO MONREAL
JAIME ENRÍQUEZ FÉLIX
Era el mes de enero de 1998: la disputa por la candidatura a Gobernador alcanzaba tonos álgidos en el Partido de la Revolución Democrática.  Veníamos de una anterior campaña compleja y vigorosa, donde tuve el honor de ser el primer candidato de mi partido a la Primera Magistratura en la entidad.  Habíamos reducido al Partido Revolucionario Institucional a casi 50 por ciento de los votos que había obtenido Genaro Borrego y habíamos terminado ubicados como segunda fuerza en el Estado, habiendo quedado el PAN muy cerca de nuestra votación.
Andrés Manuel López Obrador era el presidente del PRD.  Ya habíamos ganado el gobierno de la ciudad de México y yo estaba incorporado a una posición relevante donde debía coordinar la relación laboral con las 39 secciones del sindicato priísta que trabajaba para la capital del país -107 mil trabajadores, 11 mil funcionarios y 7 mil asesores-.
Me consultó acerca de mi interés por participar como candidato al Gobierno de Zacatecas, pues según sus encuestas era el mejor posicionado por haber realizado la campaña a Gobernador, dos campañas a senador y una a diputado federal. Le respondí que mi interés no estaba en la contienda estatal pues pensaba yo, que se requería un candidato que lograra los votos perredistas en ascenso y sumara sufragios del PRI hacia nuestra causa para asegurar el triunfo.  El resto de precandidatos incluían a Amalia García, a Juan José Quirino, a Raymundo Cárdenas y a José Guerrero, entre los más importantes.
Fueron declinando uno a uno, hasta sólo quedar José Guerrero.  Se trabajaba para encontrar un candidato de unidad.  El nombre de Ricardo Monreal ya se escuchaba con fuerza.  Él me había visitado en mis oficinas del Gobierno de la Ciudad México en Izazaga, en compañía de Pedro de León Mojarro.  Me negué a recibirlo y luego de una larga antesala y de la insistencia a mi secretario particular, me paré de  mi despacho para ir a la recepción.  Ricardo me saludó señalándome que habían estado con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y que venían de parte de él.  Le dije que no tenía ninguna comunicación del Ingeniero a través de la red, y que mis encargos administrativos y políticos estaban relacionados con la Ciudad.  El despido fue frío, de pie.
Posteriormente me visitó José Guerrero para decirme que él no declinaría y que buscaría encarecerse, para que Monreal se la debiera y le fuera mejor en el futuro.  Le respondí: “Entre más te la deba, más te la va a querer cobrar”.  Unos meses después tuvo que huir del Estado acusado de todo tipo de delitos, buscando encarcelarlo.  Envié una carta  al presidente del partido en Zacatecas y a su Gobernador reclamando esta injusticia: obtuve respuesta en la que se desistían de las acusaciones.
Amalia García, Juan José Quirino y Raymundo Cárdenas habían sido generosos con el precandidato priísta, que en una suerte charra del “Paso de la Muerte” quería cambiar de caballo.
Julio Hernández López en su columna  “Astillero” del 3 de febrero de 1998 en La Jornada,  en lo que él llama “una fábula verdadera” señalaba: “Yo sé cómo son las cosas.  Soy hombre de partido. Hace unas cuantas semanas les dije que para qué se esperaban tanto en tomar las decisiones, que se iba a enrarecer el ambiente y que se iban a propiciar los golpes bajos.  No se manejaron las cosas con cuidado y con oficio. Por el contrario, con descuido y error.  Cuando sentí que se venía la guerra sucia acusándome de narcotraficante por el hecho de que mi suegro había sido detenido muchísimo tiempo atrás en posesión de 60 gramos de mariguana –a mi ahora esposa la conocí diez años después de ese incidente-, hablé donde tenía que hablar y les dije que yo estaba dispuesto a ayudar a quien fuese a ser el elegido, que yo era gente de partido, que me permitieran sumar y construir.” Así describe “en la soledad de su despacho” su concepción confesa de esta coyuntura, el personaje de esta historia.
El jueves anterior había yo publicado un artículo en mi columna de El Universal, que se llamó El Maromero Monreal”, donde describía su oportunismo, su ausencia de ideología, el periodo en que fue diputado y senador de manera simultánea cobrando ambos aguinaldos y, desde luego, su permanente golpeteo al PRD.  Me opuse a su candidatura pero respeté la decisión de mi partido.  No volví a tocar el tema durante todo su sexenio.  No fui a su campaña y sólo a un informe me invitaron, en gayola. Me salí, ¡claro!   La invitación fue entregada por su inseparable Julia Olguín, delegada para sus eventos especiales.
Habíamos sido compañeros en la LIV Legislatura del Congreso de la Unión. Él había esculpido su carrera como “carga portafolios” de Cervantes Acuña cuando era senador, y en la Cámara de Diputados era la réplica de un valet del distinguido diputado jalisciense, José Lamadrid Sauza.  Había otro valet famoso, el de un secretario de Gobernación que era filipino y sordomudo, como deben serlo los buenos asistentes personales, para no registrar la historia.  En la tribuna lo lanzaba el PRI sólo de relleno a leer documentos.  Se observaba que había tenido un mal profesor de lectura, por cierto.  Le tamborileaba el cuerpo.  Sin embargo, lo habían ubicado en la Comisión de Régimen, Reglamento y Prácticas Parlamentarias, de donde su protector era dueño y presidente de dicha Comisión. Al final tuvo una errática presidencia de la Cámara, cuando los diputados ya habían partido a campañas en la búsqueda de otros huesos.  Le tocó la aprobación que hiciera su partido, el PRI, a un impuesto, el 1138  que grabara los bolsillos del pueblo de México en las tarifas telefónicas.
Al inicio del gobierno de Monreal él se regodeaba hablando de su origen humilde.  El hecho lo ensalza, pues da a conocer un proceso difícil de vida: había sido vendedor de periódicos y antes de los diez años no había usado zapatos.  Eso es algo que todavía puede vérsele cuando se desplaza: aunque el terreno esté plano, camina como si anduviera brincando surcos.
Hoy somos vecinos: el vive –de facto- en el Club de Golf Lomas Country –aunque me lo niega- y yo en La Herradura, por el rumbo de Interlomas. Nos encontramos de vez en vez en el mismo club deportivo (aunque él va a la parte de los pobres y yo a la de los ricos)  Entonces le digo: ¡yo invito esta vez, vente para acá, te pago la diferencia!  Yo vivo en el rumbo desde hace más de 25 años –antes de entrar en la política- y el tiene aquí apenas unos cuantos. En Zacatecas también vivía en otro club de golf, sólo que de 9 hoyos.  Su ascenso financiero ha sido vertiginoso.
Yo conocí la casa de Amalia García atrás de la glorieta de Cristóbal Colón en el D.F.: un departamento oscuro, de aproximadamente 60 metros cuadrados.  Después, donde siempre ha vivido, en la colonia Del Valle, en un departamento de clase media, y su casa en la Ciudad de Zacatecas en una colonia popular.
Las grandes fortunas que están vigentes, se generaron en el gobierno Monrealista: los proveedores, los constructores… no conozco fortuna de la familia de Rodríguez Elías, ó de la de Pancho García -quien andaba en camión en la Ciudad de México, cuando ya había sido gobernador y era empleado de la Secretaría de Educación Pública con los hermanos Gamiz Fernández-, ni de la de Arturo Romo Gutiérrez, ó de Cervantes Corono u otros.  Pero la de Ricardo Monreal sí está pesadita.
En cuanto al nepotismo que tanto ataca, baste decir que hoy es delegado, que fue senador, su hermana diputada federal, su otro hermano presidente…y son catorce en total, que ya han tenido posiciones públicas en varios momentos.  La gobernadora Amalia Garcia, en el informe que rindió en sus tiempos en el municipio de Fresnillo se los dijo: ayudó a Ricardo a ser gobernador y a los demás hermanos a ocupar posiciones relevantes… y al parecer ni las gracias le dan.
Lo claro es que Ricardo Monreal traicionó y destruyó al PRI en Zacatecas, hoy ha traicionado al PRD y lo mismo hizo con el Partido del Trabajo, del que fungió como coordinador parlamentario en el Senado, “de a mentiritas”. Su nueva víctima se llama Morena.
¿Qué es lo que le duele hoy a este excelente gobernador –honrado quién sabe- y pésimo ex gobernador? Lo que le duele es que, así como ganó Fresnillo en contra de la voluntad de su partido, lo perdió con un candidato déspota a quien le dan asco los campesinos.  Compitió por la Presidencia del partido pero se tuvo que retirar pues Andrés Manuel López Obrador no lo apoyó.  Amalia García llegó a ser Presidenta.
Monreal llegó a gobernador con fórceps, gracias al PRD.  Amalia García logró la gobernatura –desde luego con su ayuda- pero con bastante comodidad.  La obra pública de su sexenio fue cuatro o cinco veces más que la obra pública del Monrealismo.  Eventos como el de Plácido Domingo duelen por su magnificencia: no es igual traer a La Banda del Recodo, a Los Temerarios, o echarte un tete a tete en un palenque con Vicente Fernández.  Se puede ser popular, pero no corriente, cuando se está en un puesto de responsabilidad mayor.
Un domingo de mayo del 2009 se hizo público el hecho de que Ricardo Monreal renunciaba al PRD.  Según él, había pedido permiso, como si en un partido eso se pudiera hacer, como si se tratara de una simple Oficialía de Partes. El cinismo llega a ser tan grande que pierde los límites.
El pataleo del exgobernador, con zapatos o sin ellos, continuará.  Porque es claro que, después de haber sido un gran político priísta ha sido un pésimo perredista.  Después de haber sido un gran gobernador, es un pésimo ex gobernador. Y lo que sigue es su jibarización pues quien gobierna ya no es él, a pesar de que dejó una Cámara de Diputados a modo, presidentes municipales instalados y un Poder Ejecutivo diseñado con el objetivo de inmovilizar a quien continuara en el cargo.
Nunca fue nuestro compañero de partido, sino un aliado transitorio, pero hoy es nuestro contrincante en diferente espacio político. Es un hombre ajeno a la ideología, a los principios y el mejor protagonista del maromero político, como lo publiqué un día, hace más de doce años. La tragicomedia hoy la vive Morena. Estaba escrito.

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