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“A LOS HOMBRES… QUE CONOCÍ” primera parte

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“A LOS HOMBRES… QUE CONOCÍ” primera parte

Por LA MADA (Magdalena Edith Carrillo Mendívil)
www.lamaddalenaedi.blogspot.com

Nota inicial: Antes que nada una fe de erratas de mi articulín anterior, seguramente me engaño la emoción y  sin darme cuenta dije que quien cantaba la canción “El tiempo que te quede libre” de Ferrusquilla era María Dolores del Rio… seguramente yo  la hice cantar… desde el cielo. El nombre correcto es el de mi admirada María Dolores Pradera, disculpe.

No se preocupe usted, no voy a hablar de mis amores, no creo que usted este ansioso por conocerlos… ni yo  por contarlos. No, hablaré de esos personajes reconocidos en el ámbito nacional y que han traspasado fronteras. Hablaré de esos hombres con los que me topé en mis primeros pasos rumbo a  la madurez, esos hombres que aun  siendo ya quienes eran me brindaron sus atentos oídos, ese par de hombres con los que tuve la oportunidad de compartir un café y que se quedaron grabados en mi memoria.
Siempre he tenido la mala costumbre de hablar de más y de creer que se más de lo que sé lo cual nos lleva a que opine cuando no se me pide… sin embargo, y consciente de esto, trato de cerrar mi boca y  morderme la lengua… a veces, de tanto quedarme callada suelto opiniones más acertadas… en fin, esto es cuestión de paciencia, mucha paciencia. Sin embargo siendo yo una estudiante de arquitectura me sentía capaz de comerme el mundo (y mire usted que hubiese podido comérmelo de no ser por esas brumas pesadas y negras que en ciertas ocasiones caen sobre nosotros y nos convencen con malas artes de que somos seres  minúsculos e insignificantes…pero esa es otra histeria, historia quise decir) quería absorber todo y conocer todo, eran otros tiempos, no los tiempos actuales donde los estudiantes pueden hacer semestres académicos en otras ciudades del mundo, mi fronteras lamentablemente era muy estrechas, pero yo trataba de hacerlas crecer por medio de los libros, a la fecha sigo pensando lo mismo y fue justamente leyendo recientemente “El mago de Viena” de Sergio Pitol cuando la envidia corroyó por completo mis venas… Pitol hace un recorrido maravilloso a través de sus experiencias con diversos personajes de la literatura compartiendo  conversaciones profundas que lo llevan a un laberinto interminable de experiencias compartidas. Yo me senté con esa cara que  generalmente ponía cuando una amiga de la  prepa  me  presentaba a su forro de novio y  se alejaban de la mano, mientras que a mí no  me picaban ni los mosquitos… justo  esa cara puse mientras leía el Mago de Viena. Me pregunté… ¿dónde hay que estar y en qué momento hay que estar para tener esos encuentros?…De pronto y poco a poco vinieron a mi “esos” recuerdos…
Cursando mis últimos  semestres de  la  carrera tuve la suerte de hacer mi servicio social en La Junta de Protección y Conservación de Monumentos y Zonas Típicas del Estado de Zacatecas. Sus oficinas estaban en un reducido espacio a un costado de la entrada al actual museo Pedro Coronel y a un costado del Templo de Santo Domingo… es decir esa puerta que está en la rinconada que forman ambos edificios. Como estudiante del servicio tenía que dibujar fachadas del centro histórico ya que se pretendía hacer un catálogo. Yo conocía  al Arq. Raúl Toledo,  miembro de la Junta, que había sido mi maestro y debo decirles que sus clases eran un verdadero  deleite, además era muy simpático, yo entré al servicio en esta Junta gracias a él, la cabeza era Don Federico Sescosse y todo el mundo temblaba cuando él entraba a la oficina . Recuerdo bien esos días de servicio, empinada sobre mi restirador intentando dibujar las fachadas del centro históricos basándonos en un modelo previamente establecido, no vaya usted a creer que era el artista gráfico que Zacatecas, y el mundo, estaban esperando. Llegaba el Arq. Toledo con cigarro en mano y creo que se preparaba un café, después llegaba Don Federico y se hacía un silencio sepulcral. Intentaré hacer un brevísimo paréntesis. Hay…había (fue destruida durante los bombardeos a la ciudad de Berlín en la Segunda Guerra) una pintura maravillosa de Caravaggio donde representa a San Mateo escribiendo los evangelios mientras un ángel, recargado en él,  le dicta guiándole la mano,    por supuesto la iglesia se espantó al ver a un San Mateo… pero momento, dije breve paréntesis,  me estoy desviando del punto, el caso es que cuando llegaba Don Federico, yo me recargaba en su escritorio o donde el estuviese, como ese imprudente ángel con San Mateo,  y empezaba a interrogarlo con el más puro estilo de un  miembro de la inquisición. Al principio yo pensé que me iba a fulminar con su fuerte mirada… pero no, empezó pacientemente a explicarme cada una de los órdenes arquitectónicos, como trabajaban los canteros de la región y como identifaban ellos las piezas que conforman las columnas, las cornisas, las portadas, tipos de arcos… el porqué de las decisiones que tomaba la Junta, yo con la cabeza llena de sueños iba de su mano recorriendo los 10 libros de la arquitectura de Vitruvio e iba amando más a mi ciudad natal.
Casi al final de mi servicio, allá por noviembre de 1988, se celebró el IX Symposium Internacional del  ICOMOS en la ciudad de Zacatecas con el tema “Los Instrumentos de apoyo en la conservación de sitios y monumentos”, seguí  feliz prestando mis servicios como apoyo en la logística, y con esta manía que tengo de meterme donde no me llaman, pues disfruté mucho dicho Symposium. No sé cómo me enteré que un diario de Jalisco (disculpe mi memoria creo que era el Siglo XXI)   publicó la conferencia completa de Don Federico, en aquellos tiempos lejos, muy lejos de Internet y de redes sociales lo más normal para mí fue ir la ciudad de Guadalajara y echarme un clavado en las oficinas del diario para buscar la edición que contenía dicha conferencia, no había un ejemplar de más a la venta, por tanto, tuve que fotocopiarlo en las mismas instalaciones del periódico. Al regreso a la ciudad, y sin hacer cita previa, toqué en su casa, su esposa se asomó por el balcón y cuando le dije el porqué de mi visita me dejó pasar y me llevó a la sala donde estaba Don Federico quien cariñosamente me invitó una taza de café y galletas mientras yo le entregaba las copias de su conferencia. Platicamos por un espacio de una hora y media que a mí me pareció un segundo en el paraíso, prudencia me enseñó mi padre, me despedí. Don Federico me invitó a volver, pero nunca volví… eso me pesa, pero yo estaré siempre agradecida por tanta enseñanza y tanta paciencia.
Don Federico, hombre de luces y  sombras, como cualquiera, me regaló una estela que cada vez que  camino por las calles y callejones de la ciudad, brilla y me llena de nostalgia.
Fin de la primera parte, invitándolo a usted a tomar un café con el segundo personaje, que como el caballero que fue, sabe esperar.