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Caminar…

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Cultura para inconformes…
David Eduardo Rivera Salinas
Caminar…
Hago mío lo que veo.
David Henry Thoreau
Escritor, poeta y filósofo estadounidense

Esta frase, extraída de su magnífico libro El arte de caminar, obra fundamental de este gran pensador del siglo diecinueve, nacido en la periferia de Boston, justo en ese momento del siglo cuando se abre la era de las grandes producciones en masa, y se inician la edad del capitalismo total y la época de las grandes explotaciones industriales.

Todo ello aceleró la persecución infinita de las ganancias y el saqueo de una Naturaleza que ya sólo se ve como un pozo de beneficios. Pero es frente al desarrollo de esa ansia de riquezas sin límites, frente a la capitalización ciega de los bienes materiales, que este gran filósofo propuso una nueva economía, cuyo principio era muy sencillo, donde ya no se trataba de preguntarse qué rinde tal o cual actividad, sino lo que cuesta en instantes de vida pura.

Thoreau afirmaba el costo de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella; porque vivir, en el sentido más profundo, es algo que nadie puede hacer por nosotros. ¿A qué se refiere con esta reflexión?

Sin duda, podemos hacer nuestro lo que vemos; es decir, caminando capitalizamos todas esas emociones y esos recuerdos radiantes para las noches de invierno, como ahora, o bien, los sonidos y colores de los amaneceres de la primavera, cada vez más cerca. Significa que nuestros tesoros, nuestras verdaderas propiedades son la suma de las imágenes que hemos recibido y conservado.

Así demostramos que se puede ser un gran caminante pero no necesariamente un gran viajero; porque la experiencia del caminar se alimenta de paseos cotidianos. Son muchos los que caminan para ir lejos y contar lo que han visto allá: los encuentros necesariamente fabulosos, los acontecimientos forzosamente épicos, los paisajes siempre sublimes o los alimentos evidentemente extraños, donde todo son hazañas en el relato, en la aventura, en lo extremo.

Lo que él propuso en realidad fue una radicalidad en la conversión que vuelve insípidas las epopeyas grandilocuentes de los aventureros de lo extremo; es decir, no hace falta ir muy lejos para andar.

Porque el verdadero sentido de la marcha no es ir hacia la alteridad -otros mundos, otros rostros, otras culturas-, sino estar al margen de los mundos civilizados, sean los que sean. Caminar es ponerse a un lado, al margen de los que siempre trabajan, al margen de las carreteras de alta velocidad, al margen de los productores de provecho y de miseria, de los explotadores y los laboriosos, al margen de la gente seria que siempre tiene algo mejor que hacer que disfrutar el tenue resplandor del sol en invierno o sentir en el rostro la brisa de la primavera.

Caminar es una cuestión no sólo de verdad, sino también de realidad. Caminar es experimentar lo real; no la realidad como pura exterioridad física ni como aquello que le importa a las personas, sino la realidad como lo que resiste: principio de solidez, de resistencia. Caminar es experimentar a cada paso; a cada paso todo el peso de nuestro cuerpo que encuentra apoyo y toma impulso, pues en todas partes hay un fondo sólido.

La propuesta es hundir nuestros pies en el barro y en el fango de la crítica, de los prejuicios y las tradiciones, pero también de los engaños y las apariencias. Se necesita valor para hundirlos en la poesía, la filosofía o la religión, para llegar así hasta un suelo duro y rocoso que podamos llamar realidad, porque cuando se camina, la realidad no es únicamente la solidez del suelo, sino también la prueba de nuestra propia existencia.

Pero no olvidemos una cosa: caminar no vacía la mente, como afirman quienes caminan para olvidar; por el contrario, caminar te llena el espíritu de una consistencia distinta; no la de las ideas o las doctrinas, no en el sentido de una cabeza atiborrada de frases, de citas o de teorías, sino llena de la presencia del mundo, para que cuando llegue la noche, apenas si necesitemos pensar, respirar, cerrar los ojos y sentir, porque las personas que caminan de día, cuando anochece se sienten seguras de sí mismas.