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El asedio de otro partido político

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Dr. Ricardo Monreal A.

El asedio de otro partido político

La existencia de los partidos políticos en todo el mundo data de la segunda mitad del siglo XIX, aproximadamente, y comenzaron a circunscribirse en la lógica del quehacer democrático, a partir de la superación de los regímenes nepotistas. La idea de la participación ciudadana en la elección de quienes fungirán como sus representantes políticos y encargados de la conducción del gobierno —desde la concepción occidental— posibilitó en buena medida la conformación de organizaciones sociales dispuestas a aglutinar los intereses de una comunidad, para concentrarlos en proyectos gubernamentales. La evolución del sistema electoral fue fundamental para la existencia de la pluralidad política en la época contemporánea.

Los partidos políticos, como tales, difirieron en su configuración de las logias o clubes de los 1800, y se convirtieron en organizaciones que no dependieron de la prevalencia de un fundador o fundadores, buscando en todo momento la oportunidad de ejercer el poder mediante el apoyo de un sector de la sociedad identificado como militancia o electorado.

En el Viejo Continente, la aparición de sistemas de gobierno parlamentarios funcionó como caldo de cultivo para la aparición de grupos políticos con posturas, objetivos y proyectos diferentes, que por supuesto se tienen que analizar en el contexto histórico de su surgimiento; para algunos teóricos esto significó la división de la sociedad en pos de fines o intereses incluso contrapuestos, los cuales podrían propiciar la fragmentación y la polarización.

En México, los antecedentes inmediatos de los partidos políticos se encuentran en la conformación de los grupos liberal y conservador, en el contexto del nacimiento de la República Mexicana como un Estado nacional federal en 1824. El grupo conservador, por un lado, renuente a seguir el modelo de organización política establecido en Estados Unidos de América, y con la añoranza de reproducir los modelos desarrollados en aquel momento en Europa; por el otro, los liberales, con un proyecto de nación laico y secular, que mostraba empatía con el modelo político del vecino país del norte. Es bien conocido que esa polaridad derivó en un constante conflicto que sumió a nuestro país en crisis recurrentes por aproximadamente cuarenta años.

Al término de la Revolución mexicana, el surgimiento y eventual ascenso del hoy Partido Revolucionario Institucional, mediante la corporativización de sindicatos y organizaciones campesinas que giraron alrededor de éste, lo asemejaron más a un partido de corte totalitario, como los surgidos en el fascismo europeo, con la salvedad de que el poder unipersonal del dirigente (el presidente de la República, quien también era el presidente de facto del partido) no permanecía inamovible, sino que le pasaba la estafeta al sucesor de su preferencia, para que le diera continuidad a la apropiación y concentración del poder político. Todo lo anterior, en aras de garantizar la supervivencia de la élite del partido político, así como la del partido mismo, en su papel de heredero inmediato e incuestionable de los ideales de la Revolución.

La auténtica vida democrática estuvo proscrita en México por la manipulación que ejerció el partido en el poder, debido a que no hubo espacios institucionales para la oposición política, y se limitaron las posibilidades de contrapeso real del régimen durante aproximadamente 50 años. No fue sino hasta la entrada en vigor de la reforma política de 1977, que la situación comenzó a mesurarse para dar paso a batallas cívicas por la democratización del país, protagonizadas por movimientos como el Frente Democrático Nacional, sin dejar de mencionar que estos fenómenos sociales, a su vez, encuentran sus antecedentes en el movimiento estudiantil de 1968, y en otros, como el del magisterio y el de los ferrocarrileros.

Así, surgieron partidos políticos de oposición que, en la búsqueda de una verdadera democracia representativa, contribuyeron a que la voluntad popular depositada en las urnas fuera respetada por los representantes de regímenes anteriores. Algunos de ellos en un principio se comprometieron a luchar en contra del modelo económico neoliberal y con base en una propuesta de gestión pública alternativa.

Sin embargo, no todos los partidos políticos surgidos recientemente en nuestro país han tenido la intención de representar determinados intereses o sectores de la población, ni han presentado una carga ideológica bien definida. Muchos de ellos han fungido como satélites del partido en el gobierno, y a lo largo de su existencia se han adherido a los intereses de sus dirigencias, estableciendo alianzas que les permitan conservar el registro, con el objeto de seguir participando del presupuesto federal. Carentes de espíritu crítico, poco propositivos, corporativistas, alejados de la realidad del ciudadano de a pie en México, estas organizaciones resultan más un lastre que un verdadero aporte a la vida democrática del país.

En nuestra nación no es secreto para nadie que grupos denominados a sí mismos como partidos políticos se convirtieron, más que en el emblema de alguna propuesta política-ideológica, en pequeños emporios al servicio de élites familiares, las cuales se aseguran su supervivencia por medio del acceso a puestos importantes dentro del servicio público, y el financiamiento público.

Lamentablemente, ciertos actores de esta aciaga manera de hacer política no han entendido la necesidad de ajustarse a las premisas que guían la cuarta transformación; ya no hay cabida para la simulación democrática, los negocios familiares ni el uso de las instituciones y los recursos públicos para favorecer intereses privados o la satisfacción a ultranza del hambre de poder.

En la coyuntura en la que nos encontramos, resulta de la mayor importancia la reivindicación del sentido teleológico de las instituciones democráticas. La apuesta debe de ser por la consolidación de la participación ciudadana, la transparencia y la rendición de cuentas. Los partidos políticos deben fungir como una especie de transistor para dotar de viabilidad al sistema democrático, mediante la depuración de los canales de participación y de representación política.

ricardomonreala@yahoo.com.mx
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