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No podemos cerrar los ojos…

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Cultura para inconformes
David Eduardo Rivera Salinas
No podemos cerrar los ojos…

Me llamo Nino y tengo diez años. Vivo en más de mil periferias, tengo padres negros, blancos y amarillos, y cada día abusan de mi. Mi historia es un grito de palabras mudas, una de aquellas historias silenciadas. Me llamo Nino y tienes que escucharme: desde que existo me levantan la voz e incluso las manos. No sabes cuánto me lastiman dentro.
Mi historia es un grito de sufrimiento en medio de tanta indiferencia.
Eros Ramazzotti

Estos versos son apenas un fragmento de una canción titulada No podemos cerrar los ojos, del cantante italiano Eros Ramazzotti, tal vez un poco lejano de nuestro horizonte musical, pero igualmente cercano en su llamado a cuidar lo más valioso de una sociedad: sus niños y sus niñas.

Lo comparto porque su Nino es quizá cualquiera de los niños y de las niñas, separadas de sus Padres y, por lo tanto, extraviadas de su propia vida, debido al absurdo proceder de un gobierno irrespetuoso de los derechos más elementales de las personas, fundamentalmente de aquellas que hacen de su vida un permanente éxodo migratorio, no por decisión propia sino por injusticias provocadas por otros, muy lejanos e indiferentes de ellos.

Un gobierno, el estadounidense y un pseudo Presidente, -una copia muy mala del mitológico Saturno que devora a los niños- llamado Donald Trump, que cada día nos muestran que la vida de una persona y ahora la vida de un niño o una niña, no valen casi nada; tan sólo el temor de un supuesto delincuente futuro al que hay que encerrar en jaulas, pero sobre todo, a alguien a quien se le puede arrebatar lo único que le permite tener seguridad en el mundo, sus Padres.

La política del gobierno norteamericano de separar a los niños de sus padres inmigrantes arrestados cruzando la frontera con México ha levantado un creciente reproche de la comunidad internacional, que ha arrinconado al presidente Trump, al llevar su postura contra la inmigración hasta las últimas consecuencias, bajo esta política de tolerancia cero en la frontera, que lleva a procesar penalmente a inmigrantes que cruzan sin papeles y enviar a sus hijos a centros de detención para menores.
Las críticas a Trump se endurecieron después que su gobierno anunciara  que separó a casi dos mil menores de sus padres entre abril y mayo pasado, mientras circulaban imágenes impactantes de niños en operativos de arrestos fronterizos, que muestran una política cruel e inmoral, que le parte el corazón a cualquiera.

Por eso la imagen de Nino, el de la canción, tiene un rostro y nos dice palabras que nadie puede ignorar. Realmente es un coro de gritos mudos que brotan de los labios de tantos pequeños humillados; son las historias silenciadas hechas de violencia y abusos en un mundo de indiferencias, ante el cual debemos, con energía, derrotar.

La canción tiene otros versos, poderosos, profundos e inquietantes, que quiebran nuestra indiferencia:

No podemos cerrar los ojos, mira cuánto dolor hay ahí, no podemos cerrar los ojos, dilo en voz alta a algunas personas, el despertar de las conciencias ya no tardará.

Por eso, Nino tiene que ser escuchado, para que su voz haga estremecer, al menos por un momento, a los jóvenes que escuchan este tipo de música, pero también a los adultos, tan propensos a considerar como un fastidio la presencia de niños rechazados, y a confiar sólo en la policía o en los servicios asistenciales, ocultando su indiferencia tras la sombra de  instituciones y de prácticas políticas, aparentemente éticas pero igualmente discriminatorias y xenofóbicas, crueles e inmorales.

Tan solo días después de actuar en las separaciones de niños de sus padres inmigrantes, Trump dio marcha atrás y ya firmó una orden ejecutiva para detener la polémica medida ante la presión nacional e internacional. Eso sí, luego reiteró que seguirá manteniendo la tolerancia cero hacia quienes entren ilegalmente al país, lo que implica procesar a los inmigrantes por la vía penal.

La orden, que al momento de ser firmada no dejó claro cuándo entrará en vigor, crea otro problema al gobierno: decidir qué hacer con las familias detenidas, posiblemente por un largo periodo de tiempo, y cómo reunir a los que ya han sido separados. Sólo reemplaza una crisis con otra.

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