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¿Qué sigue?

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¿Qué sigue?

Martha Chapa

Concluyeron los Juegos Olímpicos de Río y ya podemos hacer un balance de la actuación de cada cual y los retos que se avizoran, tanto en Brasil como en México e incluso en Japón, país sede de las próximas Olimpiadas, que se realizarán en 2020.

En el caso de Brasil, habría que decir en primer lugar que cumplió y salió adelante con una buena organización general de los Juegos y el desarrollo correcto de las competencias en cada una de las disciplinas deportivas. Desde su atractiva ceremonia inaugural hasta la vistosa clausura, el país sudamericano se desempeñó de manera correcta y con eficiencia y estilo. Brasil, entonces, puede estar satisfecho, pues incluso su participación deportiva resultó digna de encomio: obtuvo 19 medallas, siete de ellas de oro, lo que le permitió ocupar el nada desdeñable lugar 13 en el medallero olímpico. Lo mejor de todo es que ganó la medalla de oro en futbol y con ello acrecentó el buen ánimo social.

En otros planos, el de la política y la economía, el pronóstico es reservado para esa extensa nación –la quinta más grande del mundo–, pues ahora deberá esperar el desenlace del proceso contra la presidenta Dilma Rousseff. Además habrá que observar el desempeño del presidente interino, Michel Temer, sobre todo en cuanto al manejo de la economía brasileña, que no acaba de remontar, víctima de un estancamiento al que se suman los problemas de pobreza e inseguridad generalizadas. Deberá atenderse también el pago de la deuda que contrajo Brasil para financiar la organización de los Juegos Olímpicos y la manera como se aprovechará la infraestructura creada con ese fin.

Japón, por su parte, si bien posee un mayor desarrollo económico, no ha alcanzado ni recuperado los índices de crecimiento y bonanza que registraba en años o décadas anteriores. Eso sí, su desempeño deportivo fue muy satisfactorio: sexto lugar en el medallero, con 41 preseas, 12 de ellas de oro. No obstante, está obligado a superar dentro de cuatro años los logros obtenidos ahora.

Japón ya fue sede de una Olimpiada, en 1964, pero ahora sus condiciones son otras, pues el País del Sol Naciente es, sin duda, una potencia mundial, y ya hemos visto como se refleja tal condición no sólo en la brillantez de una Olimpiada, sino en el cuadro clasificatorio del medallero. Por lo pronto, en la ceremonia de cierre en Río de Janeiro ya se dejaron ver su capacidad organizativa, disciplina, vistosidad e imaginación.

¿Y qué decir de México? Bueno, pues que luego de ir de derrota en derrota se recuperó en el tramo final de estos Juegos de la XXXI Olimpiada, al lograr cinco medallas: tres de plata y dos de bronce, para quedar en el lugar 61 del medallero. En esos últimos días de las Olimpiadas algunos respiraron tranquilos pues por lo menos no nos fuimos en blanco, sin medalla alguna. La verdad es que nuestro desempeño olímpico fue revelador y nos muestra lo preocupante de la situación del deporte en nuestro país, donde a la vista prevalecen la desorganización y la ineptitud de las instituciones. Porque, ni hablar, debemos reconocer que en nuestros resultados olímpicos quedamos bastante por debajo de países con menor desarrollo, población y potencial económico.

Urge, pues, más allá del malabarismo de la estadística y las justificaciones a ultranza –es que siempre hemos sido mediocres, parecen decir las autoridades–, un riguroso diagnóstico y acciones de fondo a corto y mediano plazo.

Terminaron estas Olimpiadas y, como suele ocurrir, estos acontecimientos acarrean su propia resaca y a veces hasta oleajes y tormentas sociales, políticas y económicas.

 

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