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Las teresitas de mi madre

Adriana Cordero

Hay amores que no necesitan explicarse demasiado, porque basta con cerrar los ojos para sentirlos. Se quedan en el olor de una casa, en el sonido de una voz, en una canción que empieza y de pronto nos devuelve a un camino antiguo, a una tarde cualquiera, a un domingo que en su momento parecía normal y que con los años se vuelve tesoro. Así me pasa con mi madre. La pienso y no puedo verla solamente como la mujer que me dio la vida; la veo como una historia completa, como un árbol grande que ha resistido temporadas difíciles, vientos pesados, días de mucho sol y noches en las que quizá cualquiera hubiera querido rendirse. Pero ella no. Ella sigue ahí, con sus 83 años, con el cuerpo cargando lo que la vida le ha puesto encima, pero con un ánimo que a veces parece más joven que el de cualquiera. Y cuando dice que se siente de quince, yo sé que su cuerpo no siempre le da la razón, sé que la vida pesa, sé que los años se acomodan en los huesos y en la mirada, pero también sé que esa frase dice mucho de ella. Dice que todavía quiere vivir, que todavía quiere reír, que todavía quiere estar. Y para mí, eso la vuelve aún más valiente.
Mi madre es madre de nueve hijos. Decirlo así parece sencillo, como si fuera solo un dato, pero detrás de esas palabras hay una vida entera de desvelos, de preocupaciones, de comida servida aunque ella estuviera cansada, de ropa lavada, de enfermedades, de consejos, de silencios guardados, de manos que trabajaron más de lo que muchas veces se dijo. Hay historias que yo conozco y otras que tal vez nunca sabré por completo, porque las madres también tienen rincones que guardan en silencio, dolores que no siempre cuentan y batallas que enfrentan sin hacer ruido. Yo la miro y muchas veces pienso que quizá yo, en algunas de las situaciones que ella atravesó, me habría dado por vencida. Pero ella no se dio permiso de caer del todo. O quizá cayó muchas veces, pero siempre encontró la manera de levantarse, de seguir, de ponerse de pie aunque por dentro trajera el alma cansada. Por eso para mí mi madre no es solo mi madre; es una guerrera, un ejemplo de tenacidad, una mujer hecha de fuerza, de fe, de carácter y de esa resistencia que no se presume, pero se nota.
No hay un día en que no agradezca tenerla conmigo. Y no lo digo como una frase bonita para esta fecha, lo digo porque realmente lo siento. Agradezco poder escucharla, poder verla, poder sentarme a su lado y saber que todavía tengo a quién contarle mis cosas. Mi madre ha sido mis oídos cuando he necesitado hablar, mi refugio cuando he sentido que el mundo pesa, la persona a quien puedo confiarle incluso aquello que no me atrevería a decir en voz alta frente a nadie más. Ella ha escuchado mis secretos, mis dudas, mis tristezas y también mis alegrías. Y hay algo en ella que siempre me ha dado paz: nunca me ha juzgado. Puede aconsejarme, puede decirme lo que piensa, puede mirarme con esos ojos de madre que ya saben más de lo que uno está diciendo, pero nunca me ha hecho sentir menos. Y eso, con los años, se vuelve uno de los regalos más grandes que una hija puede recibir: tener una madre que no solo te dio la vida, sino que también te dio un lugar seguro para ser vulnerable.
Tengo muchos recuerdos de mi niñez con ella, pero lo más bonito es que en mi adultez sigo haciendo recuerdos nuevos. Sigo horneando momentos con ella, como si la vida todavía nos prestara tardes tibias para guardar en la memoria. Ahora yo también soy madre, y desde ese lugar la entiendo más. No porque antes no la amara, sino porque hay cosas que solo se comprenden cuando una también aprende lo que significa preocuparse por un hijo, ponerlo antes que una, cargar con miedos que no se dicen y aun así sonreír para que el otro no se asuste. Ser madre me ha hecho mirarla con otros ojos. Me ha permitido reconocerle cansancios que antes tal vez no veía, sacrificios que en la infancia parecían parte de la rutina, pero que ahora entiendo que costaban. Ahora comprendo mejor su paciencia, sus regaños, sus desvelos, sus formas de cuidar. Y por eso, cada vez que la miro, siento que la vida me ha dado una oportunidad hermosa: poder agradecerle en vida, poder decirle lo que significa para mí, poder seguir juntando recuerdos con ella mientras todavía la tengo cerca.
Uno de los recuerdos que más guardo con cariño son aquellos domingos en que la llevaba a misa. Era lejos de donde ella vivía, pero eso nunca importaba. Más bien, el camino se volvió parte de nuestro ritual. Yo llegaba por ella, y apenas se subía al auto, antes de acomodarse bien, antes incluso de que el camino empezara, ya me pedía su canción favorita. Era como si esa canción abriera la puerta de nuestro domingo. Entonces la ponía, y el auto se llenaba de música, de su voz, de ese aire especial que tienen los momentos sencillos cuando se viven con alguien que uno ama. Íbamos por el camino cantando juntas, mirando pasar las calles, las casas, los árboles, la luz de la mañana cayendo sobre el parabrisas. A veces el día estaba fresco, a veces el sol entraba fuerte por la ventana, a veces el aire olía a tierra, a pan recién hecho de alguna tienda cercana, a flores de patio, a domingo. Y ella iba ahí, a mi lado, como si ese trayecto fuera mucho más que ir a misa. Era nuestro espacio, nuestro ratito, nuestra forma de estar juntas sin necesitar grandes planes.
Ahora ya no podemos hacer ese recorrido como antes. La vida cambia, el cuerpo cambia, las circunstancias también. Pero lo bonito es que ella lo recuerda. Y cuando nos acostamos juntas en su cama a platicar, a veces regresamos a esos domingos como quien abre una cajita donde guardó algo delicado. Recordamos el camino, la canción, la misa, las veces que nos reímos, los detalles que tal vez para otros serían pequeños, pero que para nosotras tienen un valor enorme. Hay algo muy profundo en poder acostarse al lado de la madre y volver a un recuerdo compartido. Porque no es lo mismo recordar sola. Cuando ella me dice que se acuerda, cuando menciona aquella canción o aquellos domingos, siento que ese pedacito de vida sigue vivo entre las dos. Es como si el tiempo no pudiera quitarnos del todo lo que vivimos. Ya no recorremos ese camino de la misma manera, pero todavía podemos volver a él con la memoria. Y a veces eso también es una forma de seguir caminando juntas.
También están las teresitas. Esas flores sencillas, bonitas, de las que uno podría pensar que solo adornan un patio, pero para mí ya tienen otro significado. A mí ya me gustaban porque son nobles, porque no exigen demasiado, porque florecen con una facilidad que parece alegría. Pero el día que se las mostré a mi madre en imágenes y me dijo que quería una, algo cambió. Desde entonces, cada vez que veo mis teresitas, la pienso. Ella siempre me pregunta por ellas, como si fueran también parte de nuestra conversación, como si esas plantitas se hubieran metido despacio en nuestra historia. Y yo las miro y siento que ahí hay algo suyo: la fuerza de seguir floreciendo aunque el sol pegue fuerte, la sencillez de alegrar un rincón sin hacer escándalo, la manera de resistir con belleza. Las teresitas tienen ese encanto de las cosas humildes que no necesitan presumirse para ser hermosas. Y tal vez por eso me recuerdan tanto a ella.
Hay flores que perfuman una casa, pero hay madres que perfuman la vida completa. Mi madre, con su forma de hablar, con sus recuerdos, con sus consejos, con sus ganas de vivir, ha ido dejando en mí un olor que no se va. Un olor a hogar, a cocina encendida, a ropa limpia, a patio regado, a flores pequeñas resistiendo el calor, a domingo en carretera, a canción repetida, a misa, a cama compartida para platicar de lo que fue y de lo que todavía duele o alegra. Hay momentos en que las teresitas se me vuelven más que plantas; se vuelven una manera de tenerla presente. Como si cada flor fuera un recuerdo abierto. Como si cada brote me dijera que la vida, aun con sus golpes, todavía puede dar color. Y pienso también en mi abuelo, su padre, que vive latente en mis primeros recuerdos, y en cómo a veces las plantas terminan siendo puentes entre generaciones. Una flor puede guardar un nombre, una voz, una tarde, una historia familiar. Una planta puede convertirse en memoria viva.
Por eso este Día de las Madres no quiero decir solamente “felicidades, mamá”. Quiero decirle gracias. Gracias por estar. Gracias por seguir. Gracias por haber sido fuerte tantas veces, incluso cuando nadie sabía cuánto le costaba. Gracias por ser mi apoyo, mi oído, mi cómplice, mi lugar seguro. Gracias por darme recuerdos de niña y por seguir regalándome recuerdos de adulta. Gracias por enseñarme que la fuerza no siempre se ve como una mujer que no llora; a veces la fuerza se ve como una madre que, aun cansada, todavía sonríe, todavía pregunta por las flores, todavía canta una canción, todavía dice que se siente de quince años aunque la vida le haya puesto ochenta y tres años encima. Gracias porque en su manera de vivir me ha enseñado que el amor también se cuida con presencia, con paciencia, con memoria y con esas pequeñas cosas que parecen simples, pero que un día se vuelven lo más grande que tenemos.
Y si algún día alguien me pregunta cómo describiría el amor que siento por mi madre, tal vez no sabría resumirlo en una sola frase. Tendría que hablar de un camino los domingos, de una canción sonando en el auto, de su voz pidiéndome que la pusiera otra vez, de su cama donde todavía nos acostamos a recordar, de sus manos, de su historia, de sus nueve hijos, de sus luchas, de sus ganas de vivir, de sus “me siento de quince”, de mis teresitas floreciendo como si también quisieran nombrarla. Tendría que decir que mi madre es raíz, sombra, flor y memoria. Que es el árbol que ha resistido todas las estaciones y que aun así sigue dando vida. Y que mientras ella esté conmigo, yo seguiré agradeciendo cada día, cada conversación, cada recuerdo nuevo, cada flor abierta. Porque tenerla a mis 48 y a sus 83 no es algo que yo dé por hecho. Es un regalo. Uno de esos regalos que se cuidan con el alma, se agradecen en silencio y se escriben con amor, para que no se los lleve el tiempo.