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Dr. Pablo Quezada
¿A dónde irá a parar el sector educativo ante la cerrazón de gobierno y maestros?
La educación atraviesa una etapa de desgaste profundo. Mientras el discurso oficial insiste en hablar de transformación, avances y compromiso social, la realidad cotidiana de muchas escuelas refleja otra historia: aulas con carencias, conflictos laborales, decisiones tomadas desde los escritorios y una creciente distancia entre quienes gobiernan y quienes viven los problemas educativos todos los días.
La cerrazón entre autoridades y algunos sectores del magisterio se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para construir acuerdos. Cuando el gobierno reduce las demandas de los maestros a simples problemas administrativos, o cuando algunos grupos docentes responden con bloqueos, paros prolongados o rechazo absoluto al diálogo, quienes terminan pagando el costo son los estudiantes.
El debate educativo no puede convertirse en una lucha de poder. La escuela no debería ser el escenario donde se midan fuerzas políticas mientras generaciones enteras pierden oportunidades. Cada día de clases perdido representa una brecha más amplia para niños y jóvenes que ya enfrentan desigualdades económicas y sociales.
El gobierno tiene la responsabilidad de escuchar, invertir, planear y rendir cuentas. No basta con reformas anunciadas desde arriba si no se traducen en mejores condiciones para aprender y enseñar. Pero también el magisterio tiene una responsabilidad histórica: defender derechos laborales no debe significar abandonar la misión principal de formar ciudadanos.
El problema de fondo es que la educación se ha vuelto un terreno de confrontación permanente. Los intereses políticos, sindicales y partidistas muchas veces pesan más que la urgencia de mejorar la calidad educativa. En medio quedan los alumnos, convertidos en espectadores de una disputa que no provocaron.
Si continúa esta cerrazón, el futuro del sector educativo será de mayor rezago, desconfianza y pérdida de talento. Un país que descuida sus escuelas termina pagando el precio en seguridad, economía, ciencia y desarrollo.
La salida no está en imponer ni en resistir por sistema. Está en recuperar la idea de que la educación es un proyecto común: del gobierno, de los maestros, de las familias y de toda la sociedad. Porque cuando la política gana la batalla y la educación pierde, el futuro también pierde.