Adriana Cordero
¿Qué sigue después del Mundial?
Me hice esa pregunta cuando terminó la emoción, cuando el ruido comenzó a bajar, cuando las pantallas dejaron de reunirnos con la misma urgencia y la vida, poco a poco, empezó a regresar a su ritmo de siempre. Porque sí, después de un Mundial la vida sigue. Siguen los compromisos, las preocupaciones, el trabajo, las tareas pendientes, las obligaciones, las cuentas por pagar, las noticias difíciles, la delincuencia, la crisis y todo eso que muchas veces nos duele de México. Sigue esa realidad que no desaparece solo porque durante unas semanas nos hayamos permitido mirar hacia una cancha con el corazón lleno de esperanza. Pero también es verdad que, por unos días, algo cambió. Algo se movió dentro de nosotros. Algo nos hizo sonreír distinto, reunirnos otra vez, ilusionarnos como si en cada partido también se jugara una parte de nuestra alegría.
Y qué bonito fue vivirlo.
Qué bonito fue volver a creer. Qué bonito fue sentir que sí se podía. Qué bonito fue ver a México emocionarse de nuevo, no solo por un marcador, sino por la posibilidad de sentirse unido. Durante esos días nos olvidamos un poco de los equipos locales, de las rivalidades de siempre, de los colores que cada quien defiende durante el año, y todos nos pusimos la misma camiseta. Una camiseta que, más que tela, parecía una forma de decir: aquí estamos, seguimos de pie, seguimos creyendo. Era bonito salir a la calle y ver gente con la playera de México incluso en días en que la selección no jugaba. Era bonito ver niños, jóvenes, adultos y personas mayores compartiendo una misma emoción. Era bonito escuchar los comentarios en las tiendas, en las oficinas, en las casas, en los grupos de mensajes. Era bonito que una frase tan sencilla como “y sí, sí…” nos devolviera una especie de fe juguetona, una fe de esas que no necesitan demasiadas explicaciones, porque nacen del deseo de creer aunque sepamos que nada está garantizado.
Este Mundial se vivió de una manera distinta. Tal vez porque lo sentimos más nuestro. Tal vez porque tenerlo cerca, sentirlo en casa, verlo suceder en nuestro país, nos hizo formar parte de algo más grande que un torneo. No se trataba únicamente de once jugadores corriendo detrás de un balón. Se trataba de millones de personas sosteniendo la misma ilusión desde distintos lugares. Algunos lo vieron en estadios, otros en salas pequeñas, en restaurantes, en plazas, en trabajos donde se hacía una pausa para asomarse al marcador, en casas donde la comida se preparaba alrededor del horario del partido. Hubo nervios, gritos, abrazos, silencios tensos, manos juntas, ojos brillantes y esa sensación tan particular de que, por un momento, todos estábamos mirando hacia el mismo lugar.
Nos hizo felices.
Nos hizo gritar.
Nos hizo sufrir.
Nos hizo llorar.
Pero, sobre todo, nos hizo creer.
Y quizá eso fue lo más valioso. Porque México, nuestro México, muchas veces parece un país cansado. Un país herido. Un país que ha sido saqueado, lastimado, olvidado en tantas partes. Un país del que a veces uno se pregunta cómo es que sigue de pie. Yo misma me lo pregunto en estos días, cuando las noticias pesan, cuando la inseguridad duele, cuando la injusticia parece repetirse y cuando pareciera que cada quien va sobreviviendo como puede. Pero entonces pasan cosas como esta y uno entiende algo: México sigue de pie por su gente. Por esa gente que todos los días se levanta aunque esté cansada. Por quienes abren temprano un negocio pequeño, por quienes salen a trabajar sin reflectores, por quienes emprenden con miedo pero también con esperanza, por quienes sostienen una familia, por quienes producen, crean, venden, atienden, cocinan, enseñan, curan, construyen, manejan, limpian, cuidan, siembran, escriben, sueñan y vuelven a intentarlo una y otra vez.
Ese México no siempre aparece en las portadas. No siempre recibe aplausos. No siempre tiene micrófonos enfrente ni fotografías bonitas. Pero es el México que mantiene viva la nación. Es el pequeño emprendedor que abre su cortina cada mañana con la ilusión de vender un poco más. Es la madre que trabaja y aún encuentra fuerzas para cuidar a los suyos. Es el joven que estudia aunque el camino parezca difícil. Es el trabajador que llega puntual aunque nadie le reconozca el esfuerzo. Es el empresario que apuesta por quedarse, generar empleo y construir algo en medio de la incertidumbre. Es la persona común que, sin hacer ruido, cambia el entorno de su familia con su trabajo, su disciplina y su fe. Es esa gente que cree en su capacidad de crear, aunque sea algo pequeño; que pone amor en lo que hace, aunque parezca sencillo; que no se rinde, aunque a veces tenga razones de sobra para hacerlo.
Por eso este Mundial nos tocó tanto. Porque en el fondo no solo queríamos ganar un partido. Queríamos sentir que todavía podíamos alegrarnos juntos. Queríamos recordar que México no es solamente lo que duele, lo que se denuncia o lo que nos preocupa. México también es fiesta, abrazo, comida compartida, música, grito, bandera, ingenio, familia, hospitalidad y esperanza. Fue hermoso leer o escuchar comentarios de personas de otros países que se llevaron una buena impresión no solo del país, sino de su gente. De esa alegría que contagia. De esa manera tan mexicana de recibir, celebrar, cantar, bromear, acompañar y hacer sentir a otros como en casa. Porque México podrá tener heridas profundas, pero también tiene una luz que se le nota cuando su gente se reúne con el corazón abierto.
Y esta vez pasó algo distinto. Antes, muchas veces terminábamos un Mundial con esa frase amarga que parecía perseguirnos: “jugaron como nunca y perdieron como siempre”. Nos quedábamos con la decepción, con el reclamo, con el juicio fácil, con la sensación de haber vuelto al mismo lugar. Pero ahora, al menos yo lo sentí diferente. No vi a la gente tan dispuesta a destruir. Vi agradecimiento. Vi orgullo. Vi personas diciendo: nos hicieron felices. Lo dieron todo. Nos hicieron creer. Y eso también habla de un cambio en nosotros. Porque quizá aprendimos que no todo se mide únicamente con ganar. A veces también hay victorias en la entrega, en la ilusión compartida, en la dignidad de intentarlo, en la alegría que se logra despertar en millones de personas aunque el resultado no sea el que soñábamos.
Entonces, ¿qué sigue después del Mundial?
Sigue México.
Sigue la vida.
Sigue levantarnos temprano, trabajar, cuidar lo nuestro, seguir intentando. Sigue hacer de este país un lugar más bonito desde donde nos toca. No todos vamos a cambiar la historia desde un estadio ni desde una oficina importante. Pero todos podemos cambiar algo desde nuestro pequeño espacio. Desde la manera en que trabajamos, desde la forma en que tratamos a los demás, desde la honestidad con la que hacemos lo que nos corresponde, desde la fe que ponemos en nuestros proyectos, desde la decisión de no rendirnos aunque el entorno a veces parezca difícil. Si durante unas semanas pudimos unirnos por una camiseta, quizá también podamos recordar que todos los días hay algo más grande que defender: el país donde vivimos, la gente que amamos, la esperanza que todavía nos queda.
Porque sí, sí se puede.
No como una frase de moda ni como un grito de partido. Sí se puede creer otra vez. Sí se puede alegrarnos sin culpa. Sí se puede mirar a México no solo desde sus heridas, sino también desde su fuerza. Sí se puede reconocer que este país sigue vivo porque hay millones de personas buenas sosteniéndolo desde abajo, desde lo cotidiano, desde lo invisible. Personas que no salen en la televisión, pero hacen patria cada vez que abren un negocio, educan a un hijo, pagan un sueldo, preparan una comida, atienden con amabilidad, ayudan a un vecino, estudian, trabajan o se levantan después de una caída.
Tal vez eso fue lo que nos dejó este Mundial. No solo partidos, goles o recuerdos. Nos dejó la certeza de que todavía sabemos unirnos. De que todavía sabemos emocionarnos. De que todavía hay algo dentro de nosotros que responde cuando México nos llama. Nos recordó que, aunque la realidad sea dura, la esperanza también forma parte de nuestra identidad. Y quizá por eso dolió cuando terminó para nosotros, porque durante un tiempo nos regaló una versión de México que quisiéramos ver más seguido: un México alegre, unido, generoso, orgulloso de su gente y capaz de creer.
¿Qué sigue después de un Mundial?
Seguir. Pero no seguir igual.
Seguir con un poco más de fe. Con la memoria de esos días en que nos reunimos frente a una pantalla y sentimos que todos gritábamos por lo mismo. Seguir recordando que un país no se sostiene solo con discursos, sino con la fuerza diaria de su gente. Seguir creyendo que México puede doler y, aun así, seguir siendo hermoso. Que puede estar herido y, aun así, seguir cantando. Que puede caer y, aun así, volver a levantarse. Porque si algo nos enseñó esta fiesta es que la ilusión también une, también cura, también despierta.
Y quizá, al final, eso fue lo más bonito: que por unas semanas México volvió a mirarse con esperanza. No porque todo hubiera cambiado de un día para otro, sino porque recordamos que todavía somos capaces de emocionarnos por un mismo sueño. Descubrimos que, a pesar de las diferencias, aún existe algo que puede reunirnos, hacernos sonreír, abrazarnos con un desconocido o gritar con la misma intensidad desde distintos rincones del país. Ojalá esa forma de creer no se quede solamente en un Mundial. Ojalá también nos acompañe cuando volvamos a la rutina, cuando abramos nuestro negocio cada mañana, cuando entremos a trabajar, cuando enseñemos a nuestros hijos, cuando ayudemos a alguien o cuando, simplemente, decidamos hacer bien lo que nos corresponde. Porque México no solo se construye en los momentos extraordinarios; también se construye todos los días con el esfuerzo silencioso de millones de personas que, sin esperar aplausos, siguen apostando por este país. Tal vez esa sea la lección más valiosa que nos dejó esta fiesta: entender que la esperanza también se trabaja, que la ilusión también se construye y que, mientras existan personas dispuestas a creer, a intentarlo una vez más y a dar lo mejor de sí, siempre habrá razones para pensar que lo mejor de México no está únicamente en su historia, sino en la gente que, todos los días, sigue escribiéndola.




