Cuando la academia violenta: mujeres, poder y estructuras que perpetúan la desigualdad
Por Eva María López Valerio
Hay violencias que dejan huellas visibles y otras que se esconden detrás de un oficio, una decisión administrativa, una reunión, una evaluación, un cambio de funciones, una exclusión o un silencio. Hay violencias que gritan y otras que se disfrazan de institucionalidad. Y existe una particularmente peligrosa: aquella que ocurre dentro de los espacios donde, paradójicamente, debería enseñarse a construir una sociedad basada en la igualdad, la justicia y el respeto a los derechos humanos.
¿Qué sucede cuando la academia violenta?
La pregunta incomoda porque obliga a mirar hacia dentro. Las universidades no están fuera de la sociedad. Son parte de ella. Por tanto, también reproducen sus desigualdades, sus relaciones de poder y, en ocasiones, sus prácticas de discriminación. Hablar de violencia contra las mujeres en la academia no significa afirmar que todas las instituciones sean violentas ni que todo conflicto tenga una explicación de género. Significa reconocer que existen condiciones estructurales que pueden favorecer que determinadas conductas ocurran, se normalicen o permanezcan impunes. Y precisamente por eso debemos hablar de ellas.
La violencia no siempre tiene el rostro de una agresión
Durante mucho tiempo se pensó que la violencia contra las mujeres debía ser evidente para ser reconocida. Pero en los espacios académicos puede manifestarse de formas mucho más sofisticadas. Puede aparecer como descalificación profesional. Como invisibilización del trabajo. Como exclusión de espacios de decisión. Como cuestionamiento constante de las capacidades. Como asignación desigual de responsabilidades. Como obstaculización del crecimiento profesional. Como hostigamiento laboral. Como represalia frente a una denuncia. Como campañas de desprestigio. Como apropiación de ideas o resultados. Como cuestionamientos relacionados con la vida personal. O como una práctica todavía más silenciosa: hacer sentir a una mujer que su presencia incomoda. Cuando estas conductas se presentan de manera sistemática y están relacionadas con relaciones de poder o con estereotipos de género, dejan de ser simples “diferencias laborales”. Estamos frente a un problema estructural.
El poder también tiene género
En cualquier institución, el poder determina quién puede decidir, quién puede cuestionar y quién puede imponer consecuencias. Por eso, analizar la violencia académica exige mirar las jerarquías. Una relación entre colegas no es igual a una relación entre una persona subordinada y quien tiene facultades para decidir sobre su trabajo. Una mujer que cuestiona una decisión no se encuentra en las mismas condiciones que la autoridad que puede modificar sus funciones, evaluar su desempeño o influir en sus oportunidades. La relación de poder importa. Y cuando esa relación se cruza con prejuicios de género, la desigualdad puede profundizarse.
En este contexto aparece un fenómeno conocido: una mujer que ejerce autoridad puede ser juzgada con parámetros diferentes a los utilizados para evaluar a un hombre. La firmeza puede convertirse en “agresividad”. La defensa de derechos puede convertirse en “conflictividad”. La exigencia de transparencia puede ser interpretada como “desafío a la autoridad”. La denuncia puede ser presentada como “problema personal”. Así se construye una forma de violencia particularmente eficaz: deslegitimar a quien habla para evitar discutir aquello que está denunciando.
La violencia simbólica: cuando el prejuicio parece normal
La violencia simbólica quizá sea una de las formas más difíciles de identificar porque se encuentra profundamente normalizada. Está en las frases que parecen bromas. En los comentarios sobre la apariencia. En la idea de que una mujer “no tiene carácter” para dirigir. En la creencia de que una mujer con responsabilidades familiares tendrá menor compromiso. En la sospecha de que llegó a un cargo por razones distintas a su capacidad. En la idea de que debe demostrar permanentemente que merece estar donde está. Y está también en una práctica que resulta especialmente dañina: exigirle a las mujeres un nivel de perfección que no siempre se exige a los hombres. Una equivocación femenina puede convertirse en argumento para cuestionar toda una trayectoria. Un error masculino puede ser considerado simplemente eso: un error. Estas diferencias aparentemente pequeñas construyen grandes desigualdades.
Cuando la violencia se vuelve institucional
La violencia institucional aparece cuando las estructuras, procedimientos o decisiones de una institución permiten, favorecen o reproducen la vulneración de derechos. Puede manifestarse cuando una denuncia no se atiende oportunamente. Cuando se minimiza lo ocurrido. Cuando no se garantiza confidencialidad. Cuando no existen mecanismos eficaces para evitar represalias. Cuando las investigaciones carecen de independencia. Cuando las autoridades confunden imparcialidad con indiferencia. O cuando se utiliza la burocracia como una barrera para acceder a la justicia. Una institución puede no ejercer directamente la violencia y, sin embargo, contribuir a reproducirla cuando no cuenta con mecanismos adecuados para prevenirla y atenderla. Por eso, la responsabilidad institucional no debe analizarse únicamente a partir de quién realizó determinada conducta.
Continúa (…).





