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Adriana Cordero

Detrás de cada flor

Hay canciones que se quedan con nosotros por razones que a veces no sabemos explicar. A mí siempre me ha gustado aquella que habla de los amantes a la antigua, de los que todavía suelen llevar flores. Quizá me gusta porque tiene algo de una época que se resiste a desaparecer, o porque yo también sigo creyendo en esos pequeños gestos que no necesitan demasiadas explicaciones. Me gusta recibir flores, no voy a negarlo. Me gusta la sorpresa de verlas llegar, quitarles con cuidado la envoltura, buscar un florero, cortar un poco los tallos y decidir en qué lugar de la casa se verán más bonitas. Pero también disfruto regalarlas. Hay algo especial en escoger flores pensando en otra persona, imaginar sus colores favoritos y enviarlas para celebrar un cumpleaños, acompañar una alegría, agradecer algo o simplemente decir “pensé en ti”. Tal vez por eso nunca he entendido del todo cuando alguien dice que regalar flores no tiene sentido porque terminarán marchitándose. Claro que se marchitan. Durante unos días, sin embargo, estuvieron ahí llenando de color una habitación, perfumando un espacio y haciendo sonreír a alguien. No todo lo hermoso tiene que durar para haber valido la pena.
Hace unos días cumplí años y mi casa volvió a llenarse de flores. Había ramos en distintos lugares, colores apareciendo sobre las mesas y ese aroma ligero que se percibe al entrar después de haber estado fuera. Mientras buscaba dónde acomodarlas pensé que probablemente pocas personas que me conocen se equivocan cuando deciden regalarme flores. Saben que las disfruto. Les cambio el agua, retiro alguna hoja que comienza a deteriorarse y trato de prolongarles la vida todo lo posible. Pero mientras hacía todo aquello pensé también que mi relación con las flores comenzó mucho antes de que alguien pudiera enviármelas. Crecí viéndolas. Formaban parte del paisaje cotidiano de mi infancia, de patios y macetas, de plantas que alguien regaba por las mañanas y de colores que aparecían con las temporadas. Quizá por eso, cuando tuve mis propios espacios, casi de manera natural comenzaron a aparecer también mis plantas. No recuerdo haber decidido convertirme en una mujer que tendría flores por todas partes. Simplemente sucedió. Una maceta llevó a otra, después apareció un rincón que necesitaba verde, luego una planta que quise reproducir y, cuando me di cuenta, cuidar de ellas ya formaba parte de mis días.
Hace algún tiempo una amiga, de esas amistades que la vida dejó en alguno de los lugares donde he vivido, vino a visitarme. Hay personas con quienes no hace falta preparar grandes planes para disfrutar el tiempo juntos. Ella fue capaz de acompañarme durante horas en algo que para otros quizá habría resultado insignificante. Estuvimos entre mis plantas. Me ayudó con paciencia a revisarlas, mover algunas macetas, quitar hojas secas y regarlas sin prisa. Hablábamos mientras nuestras manos se llenaban un poco de tierra y el agua desaparecía entre las raíces. Le mostré algunas que habían comenzado conmigo siendo apenas una semilla. Hay una emoción difícil de explicar cuando uno ha visto crecer algo desde el principio. Primero parece que nada sucede: se riega tierra aparentemente vacía durante días confiando en que debajo está ocurriendo algo. Después aparece un punto verde diminuto y comienza una historia silenciosa: una hoja, luego otra, un tallo que se fortalece, nuevas ramas y, después de mucha paciencia, el primer botón.
Mi amiga estuvo conmigo cuando algunas de aquellas plantas finalmente florecieron. Recuerdo que nos acercamos a mirar esa primera flor como si hubiera ocurrido algo extraordinario y, pensándolo bien, quizá sí había ocurrido. Aquello que alguna vez había cabido entre mis dedos convertido en semilla ahora tenía raíces, hojas y una flor abierta buscando la luz. Fue entonces cuando ella me dijo una frase que he llevado conmigo durante años: “En una casa donde hay flores, está Dios.” No recuerdo qué respondí, pero sus palabras se quedaron conmigo. Volvieron muchas veces mientras regaba, cuando encontraba una flor nueva o intentaba recuperar alguna planta que parecía estar perdiéndose. Con el tiempo terminé dándoles mi propia interpretación. No porque quisiera cambiar lo que ella había querido decir, sino porque para mí comenzaron a significar algo más: pensé que en una casa donde hay flores necesariamente debe existir también un poco de amor, porque para que una planta llegue a florecer alguien tuvo que estar ahí mucho antes de que apareciera la flor.
Quizá por eso me gusta tanto tenerlas cerca. Un jardín obliga de alguna manera a detenerse. Mientras afuera todo parece pedir rapidez, una planta crece sin hacer ruido. Nadie escucha abrirse una flor. Una tarde dejamos un botón cerrado y a la mañana siguiente encontramos pétalos donde horas antes no los había. A veces salgo a mi pequeño jardín y descubro esos cambios mínimos que probablemente nadie más notaría: una hoja nueva, una rama buscando el sol, una flor que comienza a despedirse mientras otra apenas está abriendo. Me gusta mirar cómo la tierra cambia de color cuando recibe el agua, ese olor húmedo que se levanta de las macetas y tocar una hoja para comprobar que sigue firme. Hace poco alguien me preguntó, medio en broma, si ya me había convertido en “la señora de las plantas”. Me hizo gracia y respondí casi inmediatamente que no, porque probablemente siempre había sido la señora de las plantas; lo único que había cambiado era la edad de la señora. Después pensé que quizá hay cosas que creemos adquirir con los años cuando, en realidad, han estado acompañándonos desde siempre. Yo crecí entre flores y terminé buscándolas en cada lugar que se convirtió en casa. He cambiado de espacios, rutinas y etapas, pero tarde o temprano siempre aparece una maceta junto a una ventana, como si una casa no estuviera completamente habitada hasta que encuentro un rincón donde poner un poco de vida.
Y es curioso porque algunas de mis plantas tampoco son solamente plantas. En mi jardín cuido unas teresitas de mi madre y también un pequeño descendiente de una planta que mi abuelo le regaló hace muchos años. A veces lo observo y pienso en todo lo que tuvo que suceder para que ese pedacito verde terminara creciendo conmigo. Mi abuelo entregó una planta a su hija sin imaginar que décadas después una parte de ella estaría en el jardín de su nieta. Para alguien más será simplemente una maceta; para mí hay algo de él creciendo ahí. Algo que pasó de unas manos a otras, sobrevivió estaciones, cambios de casa y años enteros hasta llegar al pequeño espacio que hoy cuido. Algunas de mis plantas llegaron de un vivero, otras fueron regalos, algunas nacieron de semillas y otras guardan historias que comenzaron mucho antes que yo. Quizá por eso las miro distinto: entre sus hojas no solamente encuentro vida, también encuentro personas, momentos y afectos que de alguna manera siguen creciendo conmigo.
Y entonces entendí mejor lo que aquella frase de mi amiga significaba para mí. Una flor difícilmente llega a abrirse por casualidad. Antes hubo unas manos que pusieron una semilla en la tierra, alguien que recordó regarla, buscó para ella suficiente luz, retiró una hoja seca y tuvo paciencia durante los días en los que aparentemente no sucedía nada. Detrás de una planta que florece casi siempre existe una historia de constancia que nadie ve. Y quizá el amor se parezca mucho más a eso de lo que alguna vez imaginé. Lo pienso en los hijos. Cuando llegan, recibimos una pequeña vida entre las manos y comenzamos a cuidarla sin saber exactamente todo lo que vendrá después. Alimentamos, protegemos, enseñamos, pasamos noches en vela y aprendemos a reconocer necesidades que a veces ni siquiera pueden expresarse con palabras. Después los vemos crecer y descubrimos algo todavía más difícil: cuidar también significa aprender a soltar. Podemos procurar buenas raíces, acompañarlos mientras crecen y dejar en ellos tiempo, palabras, límites, abrazos y una cantidad de amor imposible de medir, pero llega un momento en que, como las plantas, tendrán que encontrar por sí mismos la dirección de su propia luz.
También sucede en el amor de pareja. Durante mucho tiempo quizá aprendimos a reconocerlo por los grandes momentos: por los detalles que llegan, las palabras bonitas, las celebraciones y las promesas. Con los años uno descubre que una relación se sostiene mucho más en lo cotidiano: preguntar cómo estuvo el día, escuchar, acompañar, respetar los espacios del otro, cuidar las palabras y no dar por hecho que porque ayer todo estaba bien hoy seguirá estándolo. Una planta puede estar preciosa y comenzar a marchitarse si dejamos de mirarla. Los afectos también necesitan presencia. No una que asfixie, porque hasta el exceso de agua puede dañar las raíces, sino esa atención que permite al otro saber que seguimos ahí. Y con la amistad ocurre algo parecido. A veces pasan meses sin que podamos ver a alguien y al reencontrarnos sentimos que todo permanece, pero incluso esas amistades se han alimentado alguna vez de llamadas, mensajes, conversaciones, recuerdos compartidos y del sencillo gesto de preguntar “¿cómo estás?” y detenernos realmente a escuchar la respuesta. Ningún cariño permanece solamente porque alguna vez existió.
Entonces entiendo también por qué me emociona recibir flores. No solamente por su belleza. Un ramo dura poco, pero trae consigo la intención de alguien. Las flores que llegaron por mi cumpleaños me recuerdan que alguien las escogió, que alguien pensó en enviarlas y que hubo unos minutos de la vida de otra persona dedicados a hacerme sonreír. Después los pétalos comenzarán a caer y llegará inevitablemente el momento de despedirlas, pero la emoción que trajeron no se irá con ellas. Tal vez algunas cosas están hechas precisamente para eso: para durar poco y quedarse mucho. Quizá por eso aquella vieja canción sigue gustándome y sigo sonriendo cuando habla de quienes todavía llevan flores. No porque un ramo pueda demostrar por sí solo cuánto nos quiere alguien, sino porque detrás de esas flores existe algo mucho más importante: alguien pensó en nosotros.
Con los años las plantas también me han enseñado a respetar los tiempos. No podemos obligar a una flor a abrir antes, ni hacer crecer una planta más rápido porque tengamos prisa. Algunas temporadas son para florecer y otras simplemente para conservar las raíces. Algo que parece seco puede sorprendernos tiempo después con un brote nuevo y no todas las flores aparecen al mismo tiempo. Quizá por eso me gusta observarlas: porque sin pronunciar una palabra se parecen bastante a nosotros. También atravesamos épocas en las que parecemos llenos de vida y otras en las que apenas hacemos lo necesario para mantenernos firmes. Necesitamos luz, espacio, paciencia y cuidado, y también podemos volver a florecer después de temporadas en las que parecía que ya no quedaba nada.
Quizá mi amiga tenía razón. Tal vez en una casa donde hay flores está Dios; esa fue la manera hermosa en que ella decidió explicarlo. Yo, después de tantos años, prefiero decir que donde hay flores hay amor. Porque antes de cada flor hubo cuidado, paciencia, constancia y entrega, y esas mismas cosas son las que sostienen casi todo lo verdaderamente importante: una familia, los hijos mientras crecen, una amistad que atraviesa los años o dos personas que siguen eligiéndose cuando termina la novedad de los primeros días. Tal vez por eso sigo sembrando, regando y esperando flores. Porque cada vez que una aparece me recuerda que aquello que cuidamos lleva inevitablemente algo de nosotros. Y quizá esa sea la enseñanza más sencilla que me ha regalado mi jardín: el amor, como las flores, no vive solamente de haber sido sembrado; necesita cuidado mientras está vivo. Hay que volver a él, alimentarlo, respetar sus tiempos y seguir cuidándolo incluso cuando todavía no hay una flor a la vista. Porque quizá la verdadera belleza no está solamente en aquello que finalmente florece, sino en todo el amor que alguien fue dejando en el camino para conseguir que floreciera.