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Del gimnasio a la pasarela: la transformación del ejercicio físico en un escenario de imagen, moda, exhibición social y validación.
Mtra. Adriana Bujdud Nassar
Consejera de Imagen Profesional y Personal
En los últimos años, los gimnasios han experimentado una transformación que va más allá del entrenamiento físico. Lo que tradicionalmente era un espacio destinado a mejorar la salud, fortalecer el cuerpo y desarrollar hábitos de disciplina se ha convertido, en determinados ambientes, en un escenario donde la imagen personal, la moda deportiva y la exposición en redes sociales adquieren un protagonismo cada vez mayor. Basta observar algunos gimnasios para advertir que, junto a las pesas, las caminadoras y los aparatos de ejercicio, parece haberse instalado una nueva dinámica: la de convertir la rutina deportiva en una especie de pasarela y de estudio de grabación (que es bastante molesto por cierto) donde la apariencia física y la presentación personal compiten por la atención tanto como el esfuerzo y la constancia.
Uno de los aspectos más visibles de este fenómeno es el cambio en la vestimenta. La ropa deportiva, que originalmente respondía a necesidades de comodidad, flexibilidad, transpiración y libertad de movimiento, se ha convertido en una categoría de moda con diseños cada vez más ajustados, prendas más cortas y conjuntos que buscan destacar determinadas partes del cuerpo. En el caso de algunas mujeres, se observa también una preparación estética que puede incluir maquillaje elaborado, peinados cuidadosamente realizados, accesorios y una selección minuciosa de prendas para acudir a entrenar. Así, el gimnasio deja de ser únicamente un lugar para trabajar el cuerpo y se transforma, en ciertos casos, en un espacio para mostrarlo y grabarlo.
Desde esta perspectiva, el gimnasio se convierte en un escenario de construcción de identidad. La ropa, el cuerpo, el maquillaje y las fotografías comunican mensajes sobre quiénes somos o, al menos, sobre cómo deseamos ser percibidos. El atuendo deportivo puede funcionar como símbolo de disciplina, estatus, atractivo físico o pertenencia a determinado grupo social. La cuestión surge cuando la necesidad de proyectar una imagen comienza a ocupar un lugar más importante que la actividad que supuestamente la justifica.
No obstante, sería injusto atribuir estas conductas exclusivamente a las mujeres. Los hombres también participan en esta cultura de exhibición mediante la búsqueda de una musculatura determinada, el uso de ropa diseñada para resaltar el físico, la publicación de videos y la necesidad de demostrar fuerza o rendimiento. Sin embargo, las mujeres han estado históricamente sometidas a mayores exigencias sociales relacionadas con la belleza, la juventud y la presentación corporal. Por ello, la creciente importancia de la apariencia en los espacios deportivos también invita a reflexionar sobre los estándares estéticos que la sociedad impone y reproduce.
Otro aspecto relevante es la relación entre vestimenta, respeto y convivencia. Un gimnasio es un espacio compartido en el que deben coexistir distintas edades, personalidades, objetivos y sensibilidades y toso eso, debe ser respetado. La libertad individual debe convivir con el respeto a las normas de cada establecimiento, la comodidad de los usuarios y el uso adecuado de las instalaciones. Esto no significa responsabilizar a una mujer por las miradas o comportamientos de otras personas, ni establecer que determinada cantidad de ropa define su dignidad o sus intenciones. Significa reconocer que la convivencia requiere límites razonables, respeto mutuo y una comprensión del propósito del lugar.
En conclusión, el fenómeno de los gimnasios convertidos en pasarelas es un reflejo de una sociedad que concede cada vez más valor a la imagen y a la aprobación externa. No se trata de criticar a las mujeres por vestirse de determinada manera ya que cada una decide cómo quiere hacerlo ya que es un derecho, ni de imponer una única forma de presentarse ante los demás. Se trata de cuestionar si, en medio de la búsqueda de una apariencia ideal, estamos olvidando el propósito esencial del ejercicio físico y de dichos recintos. La verdadera transformación que debería producirse en un gimnasio no es solamente estética, sino también física, emocional y personal. Un cuerpo saludable puede ser motivo de satisfacción, pero su valor no debería depender de cuántas miradas atrae ni de cuántas personas lo admiran. Al final, el gimnasio debería ser un espacio para superarnos a nosotros mismos, no una competencia permanente por demostrar ante los demás quién luce mejor.
Al final, cada cabeza es un mundo y cada persona se conduce por la vida de forma diferente.