Adriana Cordero
Pequeños tesoros guardados en papel
El domingo estaba en casa de mi madre. Era una tarde tranquila, de esas en las que no parece que vaya a ocurrir nada extraordinario. Estábamos platicando como cualquier otro día cuando, de pronto, mi hermana y yo le pedimos que sacara unas fotografías viejas que guarda desde hace años. Sabíamos perfectamente cuáles eran. Las hemos visto muchas veces. Conocemos a las personas que aparecen en ellas, recordamos los lugares, las fechas aproximadas y hasta algunas de las historias que las acompañan. Sin embargo, cada cierto tiempo sentimos la necesidad de volver a verlas. Mi madre se levantó despacio, fue al lugar donde las conserva y regresó con aquel pequeño montón de fotografías que el tiempo ha ido amarilleando apenas en las orillas. Algunas están dentro de sobres, otras entre hojas de álbumes viejos y algunas más permanecen sueltas, como si hubieran escapado de algún lugar para quedarse cerca de ella. Entonces comenzó el ritual que tanto me gusta. Mi madre empezó a mostrarlas una por una mientras las describía a su manera, como si estuviera narrando una película que solo ella conoce por completo. Y aunque las fotografías no habían cambiado desde la última vez que las vi, la historia que las acompañaba siempre parecía distinta.
Mientras la escuchaba, pensé en algo que quizá antes me parecía completamente normal y que hoy considero un verdadero tesoro. Las fotografías impresas. No hablo de las miles de imágenes que guardamos en nuestros teléfonos, ni de las que se quedan olvidadas en una computadora o en una nube digital cuyo nombre apenas recordamos. Hablo de esas fotografías que alguna vez tuvimos entre las manos. Las que podíamos tocar. Las que ocupaban un lugar físico en una casa. Las que pasaban de mano en mano durante una reunión familiar. Las que terminaban guardadas en un cajón o dentro de un álbum que se abría solamente en ocasiones especiales. Durante muchos años no pensamos demasiado en ellas porque formaban parte de la vida cotidiana. Estaban ahí. Eran tan comunes que nadie imaginaba que algún día se convertirían en algo extraordinario.
Quizá por eso me gusta tanto cuando mi madre las saca y las coloca sobre una mesa. Hay algo en ese momento que me resulta difícil explicar. Las fotografías parecen pequeñas ventanas abiertas hacia otros tiempos. De pronto la sala donde estamos sentadas deja de ser solamente la sala de una casa y comienza a llenarse de personas, de lugares y de momentos que ocurrieron muchos años atrás. Mi madre toma una fotografía y la observa unos segundos antes de hablar. A veces sonríe. A veces se queda pensativa. Otras veces señala a alguien con el dedo y comienza a contar una historia que no aparece en la imagen, pero que ella recuerda perfectamente. Entonces la fotografía deja de ser un pedazo de papel para convertirse en una puerta. Ya no estamos viendo únicamente rostros; estamos escuchando voces, recordando conversaciones, imaginando risas y regresando a lugares que quizá ya ni siquiera existen.
Siempre me ha parecido curioso que una fotografía sea capaz de guardar mucho más de lo que muestra. En una imagen podemos ver a una familia reunida alrededor de una mesa, pero mi madre recuerda qué estaban comiendo, quién llegó tarde, quién contó un chiste que hizo reír a todos y quién estaba atravesando un momento difícil aunque en la fotografía aparezca sonriendo. Hay historias completas escondidas detrás de cada imagen. Historias que no alcanzan a verse, pero que siguen viviendo en la memoria de quienes estuvieron ahí. Tal vez por eso disfruto tanto escucharla. Porque mientras ella habla, las fotografías parecen expandirse. Lo que comenzó siendo una simple imagen termina convirtiéndose en una escena completa que puedo imaginar con detalle.
Hay ocasiones en las que nos detenemos varios minutos en una sola fotografía. Nadie tiene prisa. Nadie está esperando pasar a la siguiente imagen. Nos quedamos observando un rostro, una expresión o un detalle perdido en el fondo. Y es entonces cuando aparecen esos pequeños descubrimientos que nunca habíamos notado. Una mirada, una postura, una persona que estaba detrás y a la que casi nadie había prestado atención. De alguna manera, las fotografías impresas nos obligan a mirar despacio. Nos invitan a permanecer un poco más en cada recuerdo. No se deslizan con el dedo ni desaparecen con un movimiento rápido. Permanecen frente a nosotros el tiempo suficiente para que la memoria haga su trabajo.
Y mientras observo a mi madre sostener aquellas fotografías, pienso que quizá el verdadero valor de ellas no está únicamente en lo que conservan, sino en lo que provocan. Porque alrededor de una fotografía siempre termina ocurriendo algo más. Aparece una anécdota olvidada, una carcajada inesperada, una discusión sobre una fecha que nadie recuerda con exactitud o la emoción silenciosa de volver a ver a alguien que ya no está. Y entonces comprendo que esas imágenes han sobrevivido tantos años no solo porque fueron impresas en papel, sino porque siguen teniendo la capacidad de reunir a las personas alrededor de una historia.
Si hablamos de algunas décadas atrás, tomar una fotografía era muy distinto a lo que conocemos hoy. No existía la posibilidad de capturar veinte imágenes para elegir una sola. No podíamos revisar inmediatamente cómo había quedado. No había filtros, ni aplicaciones, ni herramientas para corregir una sonrisa, mejorar la iluminación o eliminar aquello que no nos gustaba. Había una cámara, un momento y un disparo. Nada más. Y precisamente por eso cada fotografía parecía tener más valor. No porque la imagen fuera perfecta, sino porque representaba una decisión. Había que elegir cuándo valía la pena tomarla. Muchas veces se reservaban para cumpleaños, bautizos, graduaciones, reuniones familiares, viajes o celebraciones importantes. Nadie gastaba una fotografía en cualquier cosa porque cada una tenía un costo. Había que comprar el rollo, terminarlo y después llevarlo a revelar.
Todavía recuerdo aquella emoción de esperar. Porque antes las fotografías también enseñaban a esperar. Uno entregaba el rollo y pasaban días antes de poder ver el resultado. Había algo mágico en ese proceso. Era una especie de misterio. Nadie sabía exactamente cómo habían salido las imágenes. Quizá alguien había cerrado los ojos. Tal vez una persona quedó fuera del encuadre. A lo mejor la fotografía salió movida. O quizá, sin saberlo, se había capturado un momento perfecto. Cuando finalmente entregaban el sobre con las fotografías reveladas, era imposible no sentarse a revisarlas una por una. El sonido del papel al deslizarse entre los dedos, el olor característico de las fotografías recién reveladas y la curiosidad por descubrir el resultado formaban parte de una experiencia que hoy prácticamente ha desaparecido. La fotografía no terminaba cuando se tomaba. Apenas comenzaba.
Pienso en todo eso cuando observo las imágenes que guarda mi madre. Ahí están mis hermanos en distintas etapas de sus vidas. Ahí aparecen algunos nietos cuando apenas comenzaban a caminar. Ahí están personas que ya no son las mismas y otras que ya no están. Lo más curioso es que muchas veces no observamos únicamente la fotografía. Observamos todo lo que quedó atrapado dentro de ella. La ropa que estaba de moda en aquellos años. Los muebles de una casa que ya no existe. Las cortinas de una ventana. Un automóvil estacionado al fondo. Los peinados, las expresiones, los gestos espontáneos. Detalles que en aquel momento parecían insignificantes y que con el paso de los años terminan convirtiéndose en valiosos testigos del tiempo.
La tecnología cambió nuestra relación con las imágenes. Hoy llevamos cámaras en el bolsillo durante todo el día. Podemos tomar cientos de fotografías sin preocuparnos por el espacio. Fotografiamos la comida, una lista de compras, un pizarrón para evitar copiar apuntes, una mascota dormida, una planta que nos gustó, una captura de pantalla que probablemente nunca volveremos a revisar. Tomamos tantas fotografías que muchas veces terminamos olvidándolas. Algunas permanecen años enteros dentro de un teléfono sin que volvamos a abrirlas jamás. Paradójicamente, mientras más imágenes tenemos, menos tiempo dedicamos a observarlas. Antes existían pocas fotografías, pero cada una tenía una historia. Hoy existen miles de imágenes, pero muchas veces ninguna historia que las acompañe.
No estoy diciendo que el pasado fuera mejor. Sería injusto afirmar algo así. La tecnología nos ha permitido conservar momentos que de otra manera se habrían perdido. Nos permite compartir recuerdos instantáneamente con personas que se encuentran lejos. Nos ofrece posibilidades que generaciones anteriores jamás imaginaron. Sin embargo, también creo que algo cambió en nuestra forma de relacionarnos con la memoria. Antes las fotografías parecían construidas para durar. Se guardaban pensando en el futuro. Pensando en el día en que alguien volvería a abrir aquel álbum. Pensando en los hijos, los nietos o los años que vendrían después. Hoy muchas imágenes parecen destinadas únicamente al instante. Las tomamos, las compartimos y seguimos adelante.
Quizá por eso disfruto tanto sentarme junto a mi madre a mirar aquellas fotografías impresas. Porque en ese momento no solo estamos viendo imágenes. Estamos visitando lugares a los que ya no podemos regresar. Estamos escuchando historias que corren el riesgo de perderse cuando quienes las recuerdan ya no estén para contarlas. Estamos observando versiones antiguas de nosotros mismos. Y, sobre todo, estamos compartiendo tiempo. Porque mientras mi madre sostiene una fotografía y comienza a describir quién aparece en ella, qué ocurrió aquel día o por qué todos estaban sonriendo, sucede algo que ninguna pantalla ha logrado reemplazar: los recuerdos vuelven a estar vivos.
Tal vez por eso hoy considero aquellas fotografías un tesoro. Porque durante años parecieron algo común. Porque estuvieron ahí sin llamar demasiado la atención. Porque nadie imaginó que algún día viviríamos rodeados de miles de imágenes digitales y que, precisamente por eso, una fotografía impresa sería capaz de emocionarnos tanto. Aquello que parecía normal terminó convirtiéndose en algo extraordinario. Y quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que nos deja el paso del tiempo. Muchas veces los verdaderos tesoros no son las cosas que reconocemos inmediatamente como valiosas. Son aquellas que acompañaron nuestra vida de manera silenciosa, aquellas que estuvieron siempre ahí mientras crecíamos y que solo aprendemos a valorar cuando comprendemos que ya no son tan comunes como antes. Porque al final una fotografía nunca guarda únicamente una imagen. Guarda una historia, una voz, una etapa de la vida y un instante que decidió quedarse con nosotros cuando todo lo demás siguió avanzando.





