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Adriana Cordero

El verano que vive en mí

Hoy volvió a llover y no pude evitar sonreír. No fue una sonrisa de esas que alguien alcanza a notar. Fue una de esas pequeñas, silenciosas, que aparecen sin pedir permiso, como si el corazón reconociera algo mucho antes que la memoria. Me sorprendí mirando por la ventana mientras las primeras gotas golpeaban el cristal. Es curioso cómo, cada vez que llueve, termino haciendo exactamente lo mismo: detenerme unos minutos simplemente para mirar. Entonces me hice una pregunta que nunca antes había intentado responder: ¿por qué la lluvia me hace tan feliz? Hay personas que esperan con ilusión la Navidad, otras cuentan los días para que llegue su cumpleaños, las vacaciones o alguna fecha importante. Yo también espero muchas cosas durante el año, pero hay una que siempre llega acompañada de una emoción difícil de explicar: el comienzo de las lluvias. No vivo esperando ese momento todos los días. La vida sigue con sus pendientes, con el trabajo, con las prisas y las preocupaciones de siempre. Sin embargo, cuando el verano empieza a acercarse y las primeras nubes aparecen en el horizonte, algo cambia dentro de mí. Es como si una parte muy antigua de mi corazón despertara sin hacer ruido y me recordara que hay una felicidad que solo existe en esta época del año.
Siempre he pensado que cada mes tiene algo que contarnos. Hay meses que inevitablemente nos recuerdan a una persona, otros que huelen a cumpleaños, algunos que nos llevan a una despedida y otros que conservan la alegría de un nuevo comienzo. También las estaciones tienen su propia personalidad. La primavera llega llena de colores, el invierno invita a quedarse en casa, el otoño parece enseñarnos que desprenderse también forma parte de la vida. Pero el verano... el verano tiene algo distinto. Al menos para mí. No porque represente vacaciones ni viajes. Lo espero porque sé que, tarde o temprano, el cielo se cubrirá de nubes, el viento cambiará de temperatura y ese olor tan particular volverá a llenar el aire. Hay aromas que no solo se perciben; también despiertan recuerdos. Basta que la tierra reciba las primeras gotas para que algo dentro de mí viaje muchos años atrás, a un lugar donde la vida parecía más sencilla y el tiempo corría mucho más despacio.
Durante mucho tiempo pensé que simplemente me gustaba la lluvia. Nada más. Pero conforme va pasando el tiempo me he dado cuenta de que quizá no amo únicamente verla caer. Lo que realmente amo es todo lo que despierta en mí. Porque apenas comienza a llover, los recuerdos empiezan a llegar sin que tenga que buscarlos. Vuelvo, por un instante, a la niña que fui. Recuerdo esos veranos en los que el reloj parecía no existir, cuando los días eran tan largos que alcanzaban para inventar juegos, ensuciarnos la ropa y regresar a casa con la certeza de que al día siguiente todo volvería a empezar. Recuerdo la cocina de mi madre, el olor de la comida caliente mientras afuera seguía lloviendo, las ventanas empañadas, las voces de la familia reunida y esa tranquilidad que solo se siente cuando uno todavía no conoce el peso de las preocupaciones. Quizá mi felicidad no provenga de la lluvia. Quizá provenga de todo aquello que la lluvia sigue siendo capaz de devolverme.
Con el paso de los años también cambió mi manera de mirar la lluvia. Ya no soy aquella niña que esperaba impaciente a que dejara de llover para salir a descubrir qué había dejado el agua a su paso. Ya no corro buscando los charcos más grandes ni me asomo a la puerta con la misma impaciencia de antes. Sin embargo, la emoción sigue ahí. Solo aprendió a vestirse de otra forma. Ahora, cuando el cielo comienza a oscurecerse y las primeras gotas anuncian que la lluvia está por llegar, mi pensamiento viaja a un lugar distinto. Pienso también en mi pequeño jardín, ese que poco a poco he ido construyendo con la misma paciencia con la que se cuida un sueño. Pienso en mis plantas levantando las hojas como si también ellas hubieran estado esperando ese momento. Ahí crecen las teresitas de mi madre, las mismas que cada temporada vuelven a llenarse de flores y que, de alguna manera, también me hacen sentirla cerca. Hay otra planta que ocupa un lugar muy especial en ese rincón. Es apenas un pequeño retoño, una hija de una planta que mi abuelo le regaló a mi mamá hace más de cuatro décadas. Cada vez que la miro pienso que no es solo una planta; es una pequeña parte de mi historia. Me gusta creer que, de alguna forma, mi abuelo sigue floreciendo en mi jardín, que algo de él permanece vivo entre esas hojas que el tiempo no ha logrado borrar. Quizá por eso disfruto tanto cuidar ese espacio. Porque no solo riego plantas; también riego recuerdos, historias y pequeños fragmentos de las personas que más he amado. Me gusta imaginar cómo la tierra recibe el agua de lluvia, cómo las raíces la absorben lentamente y cómo, unos días después, aparecen hojas nuevas o una flor que parecía no tener prisa por abrirse. He comprobado que ninguna agua les hace tanto bien como la lluvia. Después de una tormenta siempre las encuentro distintas, más verdes, más fuertes, más vivas, como si el cielo hubiera venido a recordarles quiénes son. Y, de alguna manera, siento que conmigo ocurre exactamente lo mismo.
También me descubro imaginando escenas sencillas que, hace algunos años, quizá habrían pasado desapercibidas. Me veo sentada junto a la ventana, rodeada de mis perros, observando cómo las gotas resbalan lentamente por el cristal mientras el jardín cambia de color. Escucho el murmullo constante de la lluvia golpeando el techo, ese sonido que no pide atención y, aun así, logra callar todos los demás pensamientos. Hay algo profundamente tranquilizador en ese arrullo. Es como si el mundo entero decidiera hablar un poco más despacio. El aire comienza a sentirse fresco, la casa adquiere otra temperatura y, sin saber muy bien por qué, aparece el antojo de preparar un café, encender el horno y dejar que el aroma de un pan recién horneado se mezcle con el olor de la tierra mojada. Son momentos pequeños, casi invisibles para cualquiera que los mire desde fuera, pero para mí representan una forma muy sencilla de felicidad. Porque he descubierto que la vida no siempre se transforma con grandes acontecimientos. A veces basta una tarde de lluvia, el sonido de unas gotas cayendo sobre el techo, el verde intenso de unas plantas o la compañía silenciosa de quienes más queremos para recordar que la verdadera abundancia casi siempre habita en las cosas más simples.
Hay algo que también cambió con los años: mi manera de esperar la lluvia. De niña quería que dejara de llover. No porque no me gustara verla caer, sino porque la lluvia interrumpía los juegos. Bastaba que comenzaran a caer las primeras gotas para escuchar la voz de nuestras madres llamándonos desde la puerta. "¡Métanse, se van a enfermar!". Y, aunque muchas veces protestábamos, terminábamos obedeciendo. Nos quedábamos pegados a la ventana mirando cómo el agua formaba pequeños ríos en la calle, contando los minutos para que el cielo volviera a despejarse y poder salir otra vez. En cuanto dejaba de llover, corríamos a descubrir qué había cambiado. Los charcos se convertían en mares imaginarios, las hojas caídas eran barcos y cualquier rincón servía para inventar una nueva aventura. En ese entonces nunca pensamos que aquellas tardes se convertirían en algunos de los recuerdos más entrañables de nuestra vida. Éramos felices sin saber que lo éramos, porque la infancia tiene esa maravillosa costumbre de hacernos vivir el presente sin imaginar que algún día lo vamos a extrañar.
Hoy, curiosamente, deseo exactamente lo contrario. Hoy espero que siga lloviendo. Disfruto la lluvia incluso cuando llega por la noche. Hay algo profundamente reconfortante en acostarme mientras escucho las gotas caer sobre el techo. El aire cambia, la temperatura desciende poco a poco y la casa adquiere una tranquilidad difícil de explicar. Es como si, por unas horas, el mundo entero decidiera bajar el ritmo y recordarnos que no todo tiene que vivirse con prisa. Me gusta abrir un poco la ventana para que entre ese aire fresco que solo aparece después de una tormenta. Me gusta escuchar cómo el viento mueve suavemente las ramas de los árboles y cómo la lluvia crea una melodía distinta en cada rincón de la casa. A veces alguno de mis perros se acomoda cerca de mí mientras afuera sigue lloviendo, y en ese silencio compartido descubro una paz que pocas cosas consiguen regalarme. Son escenas sencillas, casi invisibles para cualquiera, pero que a mí me hacen sentir profundamente en casa.
Antes quería correr bajo la lluvia; hoy me basta con contemplarla. Me gusta verla caer lentamente sobre las plantas, escuchar cómo el agua encuentra su camino entre las hojas y salir al día siguiente para descubrir los pequeños cambios que dejó a su paso. Siempre encuentro algo distinto: una hoja nueva, una flor que decidió abrirse durante la noche, un verde más intenso o esa sensación de que todo respira con más fuerza. La lluvia tiene el extraordinario poder de devolverle vida a la naturaleza, pero también, de alguna manera, parece devolvernos vida a nosotros. Tal vez por eso sigo esperándola con la misma ilusión de cuando era niña. La diferencia es que antes miraba los charcos; hoy miro las flores. Antes el verano significaba vacaciones interminables; hoy significa vida para la tierra, para los árboles, para los jardines y para todos esos pequeños seres que dependen del agua para seguir creciendo. Y creo que eso también habla de la vida. Porque crecer no siempre significa dejar atrás a la niña que fuimos. A veces significa aprender a encontrar la misma felicidad en lugares distintos. La lluvia nunca cambió. Lo que cambió fue mi manera de mirarla. Y qué bonito es descubrir que, con el paso de los años, seguimos siendo capaces de emocionarnos con algo tan sencillo como un cielo gris, el sonido de unas gotas cayendo y el inconfundible olor de la tierra mojada.
Quizá, después de todo, esta historia nunca trató de la lluvia. Tal vez trató de esos pequeños milagros cotidianos que la vida pone frente a nosotros y que, por ir siempre con prisa, dejamos de mirar. Todos tenemos algo capaz de llevarnos de regreso al lugar donde fuimos felices: una canción, el aroma de una comida preparada por nuestra madre, el sonido de un tren, el canto de un pájaro al amanecer, la sombra de un árbol donde alguna vez jugamos o el olor de la tierra mojada después de una tormenta. Son cosas tan sencillas que casi nunca aparecen en una lista de deseos y, sin embargo, terminan siendo las que más abrazan el alma. Ojalá nunca perdamos la capacidad de detenernos unos minutos para mirar el cielo cuando comienza a nublarse, para respirar profundamente después de la lluvia o para escuchar ese silencio tan especial que queda cuando las gotas dejan de caer. Porque quizá la felicidad no siempre llega haciendo ruido. A veces cae despacio, gota a gota, se cuela por la ventana, perfuma la tierra y, sin decir una sola palabra, nos recuerda que la vida sigue siendo inmensamente hermosa cuando aprendemos a emocionarnos con las cosas más simples.