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El campo zacatecano: la tierra que resiste sola
Por: Eva María López Valerio
“El campo no necesita discursos en temporada electoral; requiere políticas públicas reales”.
Hay una frase que se repite cada vez que llega la temporada de lluvias: "si llueve, hay esperanza". En Zacatecas, esa esperanza se ha vuelto cada vez más frágil. El campo, que durante décadas ha sido el sostén económico y social de miles de familias, enfrenta una tormenta perfecta en la que convergen la sequía, el abandono institucional, la inseguridad, el incremento de los costos de producción y la incertidumbre de los mercados.
Zacatecas continúa siendo uno de los principales productores de frijol del país y mantiene una presencia relevante en cultivos como chile seco, ajo, cebada, avena y uva. Sin embargo, las cifras de producción esconden una realidad preocupante: producir cada vez cuesta más y deja menos ganancias. El precio de los fertilizantes, los combustibles, la energía eléctrica y los insumos agrícolas ha reducido los márgenes de rentabilidad, obligando a muchos productores a sembrar con recursos propios o, simplemente, a dejar descansar la tierra porque ya no resulta económicamente viable cultivarla.
La crisis hídrica ha dejado de ser una emergencia temporal para convertirse en una condición permanente. Los ciclos de sequía son más prolongados, las lluvias más irregulares y los acuíferos muestran signos evidentes de sobreexplotación. La agricultura de temporal, de la que dependen miles de productores zacatecanos, vive prácticamente al ritmo de la incertidumbre climática.
El problema no termina ahí. La inseguridad también ha alcanzado al campo. Productores que modifican horarios de trabajo, transportistas que enfrentan riesgos para mover sus cosechas y comunidades rurales que han visto alterada su vida cotidiana reflejan una realidad que pocas veces ocupa los titulares nacionales. Sin seguridad, tampoco existe certeza para invertir, innovar o permanecer en las comunidades.
Mientras tanto, la migración continúa vaciando los ejidos. Los jóvenes observan que el campo ofrece más sacrificios que oportunidades y buscan construir su futuro en otros estados o en Estados Unidos. Con ellos también se marchan conocimientos, proyectos y la posibilidad de renovar el sector agropecuario con nuevas tecnologías y modelos de producción.
Resulta paradójico que un estado con enorme vocación agropecuaria continúe enfrentando problemas estructurales que se han postergado durante décadas. El campo no necesita discursos en temporada electoral; requiere políticas públicas de largo plazo, inversión en infraestructura hidráulica, acceso al crédito, seguros agropecuarios eficaces, asistencia técnica permanente, innovación tecnológica y estrategias que permitan agregar valor a la producción local.
No basta con entregar apoyos aislados. Es indispensable construir una verdadera política de desarrollo rural que considere al productor como un actor estratégico para la economía y no únicamente como beneficiario de programas sociales. La seguridad alimentaria comienza en las parcelas, no en los escritorios.
El futuro de Zacatecas depende, en gran medida, de la capacidad para rescatar su campo. La soberanía alimentaria, la conservación del agua, el desarrollo regional y la estabilidad social tienen una raíz común: la tierra. Ignorar sus problemas es comprometer el bienestar de las próximas generaciones.
Los productores zacatecanos han demostrado una admirable capacidad para resistir. Han soportado sequías, crisis económicas y mercados adversos. Sin embargo, la resistencia no puede convertirse en una política pública. Ningún campo prospera únicamente con el esfuerzo de quienes lo trabajan.
El campo zacatecano no pide privilegios. Exige condiciones para producir, competir y vivir con dignidad. Mientras esa demanda siga sin respuesta, la tierra continuará dando una lección de fortaleza, pero también un llamado de atención que ningún gobierno debería ignorar.