CUIDAR LA MENTE DE UNA GENERACIÓN HIPERCONECTADA.
Nubia Barrios
Vivimos en una época donde el teléfono celular puede abrir la puerta al conocimiento, pero también puede convertirse, al mismo tiempo, en una ventana hacia la ansiedad, la depresión y la soledad.
Las redes sociales han revolucionado la forma en que nos comunicamos, pero también han transformado silenciosamente la manera en que las niñas, los niños y adolescentes construyen su identidad, perciben su valor personal y enfrentan sus emociones.
Por ello, la propuesta impulsada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum para regular el acceso y uso de redes sociales y dispositivos digitales por parte de menores de edad ha abierto un debate que va mucho más allá de la tecnología.
Se trata, en realidad, de proteger la salud mental de una generación que está creciendo conectada al mundo, pero cada vez más desconectada de sí misma.
La cifras que muestra la Organización Mundial de la Salud (OMS) son preocupantes, ya que muestra que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con algún tipo de trastorno de salud mental, pues la ansiedad y la depresión representan las principales causas de enfermedad en este sector de la población, mientras que el suicidio constituye la tercera causa de muerte entre jóvenes de entre 15 y 29 años.
La UNICEF muestra, por otro lado, que alrededor del 13% de los adolescentes en el mundo presenta algún trastorno mental diagnosticable, sin embargo, especialistas coinciden en que la cifra real podría ser mucho mayor debido a que muchos casos nunca llegan a recibir atención profesional.
La evidencia científica también muestra una relación cada vez más consolidada entre el uso excesivo de redes sociales y el deterioro del bienestar emocional. Un estudio publicado en JAMA Psychiatry encontró que los adolescentes que usan redes sociales más de tres horas al día tienen un riesgo considerablemente mayor de desarrollar síntomas de depresión y ansiedad.
No se trata únicamente del tiempo frente a pantalla, el problema radica en los contenidos que consumen, la comparación permanente con vidas aparentemente perfectas, la presión por obtener aceptación mediante “likes”, el miedo a quedarse fuera de las conversaciones “Fomo” y el ciberacoso, fenómenos que afectan profundamente su autoestima y su desarrollo natural.
Las plataformas digitales fueron diseñadas para captar nuestra atención durante el mayor tiempo posible, cada notificación, cada video, cada reel, cada publicación activa mecanismos de recompensa que generan una necesidad de volver a la pantalla y esto, en un cerebro que aún está en desarrollo, como el de un adolescente, puede tener consecuencias más intensas.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad es sencilla: ¿qué estamos permitiendo que sustituya la convivencia familiar, el deporte, la lectura, el descanso, la conversación y el juego?
Ninguna aplicación puede reemplazar ni un abrazo ni una buena plática.
Ninguna red social puede sustituir la mirada de unos padres atentos.
Ningún algoritmo podrá enseñar valores, empatía o resiliencia como lo hace una familia presente o un maestro comprometido.
Y ojo!! Regular el uso de plataformas digitales no significa estar en contra de la tecnología, sino reconocer que cómo todo en la vida, requiere de límites. Prevenir siempre resultará más eficaz que reparar consecuencias, por ello este debate considero no debe centrarse en si los menores deben utilizar o no redes sociales, sino en responsabilizarnos todos, madres, padres, docentes, autoridades a un uso responsable y vigilante.
En estados como Zacatecas, donde miles de jóvenes enfrentan diariamente contextos de violencia, incertidumbre y presión social, cuidar de la salud mental es también una estrategia de prevención del delito.
No podemos seguir normalizando que nuestros hijos pasen más tiempo frente a una pantalla que conversando con su familia, no podemos acostumbrarnos a que el aislamiento sea visto como algo propio de esta generación.
Todavía estamos a tiempo de actuar.




