Adriana Cordero
Amor a primera tecla
Hace algunas semanas, mientras conversaba con una tía, escuché una historia que me hizo pensar en lo mucho que ha cambiado nuestra manera de relacionarnos. Me contaba cómo había comenzado su noviazgo con el hombre que después se convertiría en su esposo y, mientras la escuchaba, hubo un momento en que no pude evitar interrumpirla para asegurarme de haber entendido bien. Resulta que durante todo su noviazgo no se habían visto personalmente. Tampoco habían hablado por teléfono. Su relación había transcurrido a través de cartas que iban y venían, llevando noticias, preguntas, promesas y seguramente muchas cosas que hoy nos parecería extraño confiarle a una hoja de papel. Y así, sin haber compartido una tarde, sin conocerse frente a frente y sin haber escuchado siquiera sus voces, llegó el momento en que él la pidió en matrimonio y su familia aceptó. Yo trataba de imaginar aquella escena, a mi tía recibiendo las cartas, leyendo quizá las mismas líneas más de una vez y construyendo una idea del hombre que las escribía. Me sorprendía pensar que una decisión tan importante pudiera tomarse de aquella manera, aunque también entendía que las costumbres y las circunstancias eran muy diferentes. No todos los noviazgos de entonces sucedían así, por supuesto. Había quienes se conocían desde niños, quienes se encontraban en las fiestas quizá de un pueblo, en la escuela, durante una celebración familiar o simplemente caminando por la plaza. Pero aquella historia tenía algo tan particular que, después de despedirme de mi tía, continué pensando en ella.
Me preguntaba cómo sería enamorarse de alguien a quien nunca se había tenido enfrente. Cómo imaginar una sonrisa sin haberla visto, reconocer el carácter de una persona por la manera en que escribía o esperar durante días una respuesta sin tener la certeza de cuándo llegaría. En aquellos tiempos una carta podía tardar bastante en alcanzar su destino y otro tanto en regresar. Entre una y otra había espacio para preguntarse si la habría recibido, si seguiría pensando lo mismo o si aquella frase significaba tanto como parecía. También pensé en la confianza que debía depositarse en las palabras, porque una carta permitía contar lo que uno deseaba mostrar, pero dejaba fuera tantas cosas que solamente se descubren en la convivencia: el mal humor al despertar, la manera de tratar a los demás, las pequeñas impaciencias o esa forma particular que tenemos de comportarnos cuando algo no sale como esperábamos. Mientras imaginaba todo aquello, me sorprendí pensando que una historia así difícilmente podría repetirse en nuestros días. Y entonces recordé algo que me hizo sonreír: ahora también podemos enamorarnos de alguien a quien nunca hemos visto personalmente. Solo que ya no necesitamos esperar al cartero.
Vivimos en una época extraordinaria si pensamos en la cantidad de cosas que podemos encontrar en internet. Basta tener un teléfono cerca para resolver asuntos que antes nos obligaban a salir de casa, recorrer varias calles o preguntar a distintas personas. Podemos comprar unos zapatos sin probárnoslos, elegir muebles sin entrar a una tienda, pedir comida de un restaurante al que nunca hemos ido y conseguir un libro que quizá no encontraríamos en ninguna librería de nuestra ciudad. Si queremos preparar un platillo desconocido, aparecen decenas de personas dispuestas a enseñarnos, cada una convencida de tener la receta definitiva. Si una planta comienza a ponerse amarilla, buscamos qué le sucede; si escuchamos una palabra desconocida, averiguamos su significado; si necesitamos llegar a una dirección, seguimos una voz que nos indica cuándo dar vuelta y que, cuando nos equivocamos, tiene la paciencia de volver a calcular la ruta sin hacernos ningún reproche. Podemos aprender idiomas, tomar cursos, buscar empleo, consultar el clima de una ciudad lejana y conocer lugares que probablemente nunca visitaremos. A veces me parece divertido pensar que llevamos en el bolsillo algo parecido a una biblioteca, una tienda, una escuela y una agencia de viajes, todo funcionando al mismo tiempo y dispuesto a atendernos a cualquier hora.
No siempre fue así, y basta recordar cómo resolvíamos antes las cosas. Si necesitábamos comprar algo, recorríamos tiendas, preguntábamos precios y, si no lo encontrábamos, regresábamos otro día. Para conocer lugares lejanos consultábamos revistas, mapas o escuchábamos a quienes habían estado allí. Las recetas se aprendían de un cuaderno, de alguna vecina o de nuestra madre, que explicaba las cantidades con un poco de esto y otro poco de aquello, como si todos supiéramos cuánto cabía en un puñito. Para buscar trabajo revisábamos los anuncios del periódico y entregábamos solicitudes personalmente. Y para conocer gente nueva había que salir, aceptar invitaciones o dejar que algún encuentro sucediera por casualidad. Hoy podemos hacer todo eso sin quitarnos las pantuflas: recorrer tiendas desde la cama, buscar empleo desde casa y conversar con alguien que vive a miles de kilómetros mientras esperamos que hierva el agua para el café.
Y entre todas esas posibilidades apareció una que seguramente habría sorprendido a nuestros abuelos: ahora también podemos buscar novio por internet. Me resulta curioso que encontrar pareja pueda comenzar de una manera tan parecida a elegir un restaurante o un destino para las vacaciones. Existen aplicaciones donde indicamos nuestra edad, intereses y lo que buscamos, acompañados de algunas fotografías. Ya no hace falta coincidir en una fiesta, que una amiga nos presente a alguien o encontrarnos por casualidad en una cafetería. Hoy dos personas pueden conocerse mientras una está sentada en su cocina y la otra termina de trabajar en una ciudad lejana. Basta un saludo en la pantalla para iniciar una conversación que, sin haberlo planeado, quizá continúe al día siguiente.
Imagino esas primeras conversaciones, cuando apenas se conoce a la otra persona y cualquier detalle despierta interés. Se habla del trabajo, la familia, los gustos y las experiencias, hasta que comienzan a compartirse anécdotas, fotografías y confidencias que poco a poco convierten a un desconocido en alguien familiar. Sin advertirlo, aparece la costumbre de recibir un mensaje por la mañana, contar lo sucedido durante el día o esperar una respuesta antes de dormir. La distancia sigue siendo la misma, pero esa persona comienza a ocupar un lugar en nuestra rutina. Quizá nunca se ha sentado a nuestra mesa ni sabe cómo tomamos el café, pero ya conoce algunas de nuestras preocupaciones, ocurrencias y recuerdos. Entonces comprendo que, después de todo, aquel noviazgo por correspondencia de mi tía y estas relaciones modernas no son tan diferentes como parecen.
Claro que hay diferencias enormes. Antes una carta exigía sentarse a escribir, elegir las palabras y confiar en que llegaran a su destino. Hoy podemos enviar diez mensajes en menos de un minuto, acompañarlos con fotografías, escuchar una nota de voz y realizar una videollamada que nos permite mirar el rostro de alguien que se encuentra al otro lado del mundo. Hemos eliminado buena parte de la espera, pero hay algo que ni la mejor conexión consigue resolver por completo: conocer verdaderamente a alguien. Porque una cosa es compartir conversaciones agradables y otra muy distinta descubrir cómo se siente estar juntos cuando ya no hay una pantalla de por medio. En los mensajes podemos pensar antes de responder, elegir nuestras mejores fotografías y dejar para otro momento aquello que no tenemos ganas de contar. La convivencia, en cambio, tiene una manera muy particular de mostrarnos tal como somos, incluso cuando no lo teníamos previsto.
Por eso imagino que algunas de estas historias pueden terminar de manera inesperada. Dos personas pasan meses conversando, descubriendo coincidencias y esperando con ilusión el momento de conocerse. Finalmente acuerdan encontrarse en un restaurante y llegan con los nervios propios de una primera cita. Se reconocen, sonríen y comienzan a hablar, pero quizá aparece un silencio que nunca habían experimentado frente al teléfono. Descubren que la conversación no fluye igual y que aquella complicidad de los mensajes no consigue trasladarse a la mesa que ahora comparten. No necesariamente porque alguno haya mentido, sino porque a veces también nos enamoramos de lo que imaginamos, de aquello que nuestra mente completa cuando todavía no conocemos del todo a una persona. Y así, una historia que parecía prometedora puede terminar después de un café y una despedida amable.
Pero también puede ocurrir exactamente lo contrario. Que dos personas que comenzaron hablando sin demasiadas expectativas descubran, al encontrarse, que todo aquello que habían compartido adquiere una dimensión nueva. Que la voz que escuchaban por teléfono les resulte todavía más cercana, que las conversaciones continúen sin esfuerzo y que descubran pequeños gestos que nunca habían imaginado. Quizá la primera cita se prolongue porque ninguno tiene prisa por despedirse, quizá comiencen a buscar la manera de verse nuevamente y terminen aprendiendo los horarios, las calles y las costumbres de una ciudad que antes no tenía ningún significado especial para ellos. Algunas relaciones nacidas en internet se convierten en matrimonios, forman familias o encuentran maneras de sostenerse a pesar de la distancia. Otras duran solamente una temporada y dejan recuerdos o aprendizajes. Supongo que en eso tampoco somos tan distintos de quienes se enamoraban en las fiestas, en la escuela o durante un paseo por la plaza. Siempre han existido encuentros que funcionan y otros que no. La diferencia es que ahora los caminos que pueden llevarnos hasta otra persona son mucho más numerosos.
Mientras pensaba en todo esto, volví a recordar a mi tía y sus cartas. Me pregunté qué habría sentido al encontrarse finalmente con el hombre con quien había compartido tantas palabras y estaba por comenzar una vida. Cuántas cosas habrían resultado distintas de como las imaginaba y cuántas habrían coincidido con sus expectativas. Me quedé con la curiosidad, pero también comprendí que conocer a alguien a través de las palabras no es tan moderno como creemos. Mucho antes de las aplicaciones ya existían personas que compartían confidencias y construían ilusiones sin haberse visto. La tecnología no inventó esa posibilidad, simplemente la hizo más rápida y accesible. Lo que antes requería cartas y paciencia para esperar al cartero, hoy puede comenzar con una simple notificación en el teléfono.
También me resulta curioso que, teniendo a nuestro alcance tantas herramientas para encontrar lo que necesitamos, sigamos enfrentándonos a preguntas que ninguna búsqueda consigue resolver del todo. Internet puede decirnos dónde comprar algo, cómo llegar a cualquier lugar o acercarnos a personas que viven a miles de kilómetros. Pero no puede asegurarnos que alguien será como lo imaginamos, que una relación funcionará o que aquello que hoy nos entusiasma conservará su significado con el tiempo. Y quizá sea bueno que así sea, porque por mucho que cambien las formas de encontrarnos, conocer verdaderamente a alguien sigue necesitando tiempo, comprensión y la disposición de descubrir quién es esa persona más allá de las primeras ilusiones.
Y pensar que todo comenzó porque mi tía me contó que se había casado con un hombre al que no había conocido durante su noviazgo. Escuché aquella historia creyendo que pertenecía a una costumbre desaparecida, sin darme cuenta de que hoy vivimos algo semejante. Encontramos prácticamente todo en internet: objetos, conocimientos, oportunidades y hasta novio. Pero quizá lo interesante no sea cuánto podemos encontrar, sino lo que sucede después. Porque comprar algo termina cuando recibimos el paquete, pero conocer a una persona apenas comienza con el primer saludo. Antes se esperaba una carta y ahora un mensaje, pero seguimos sin saber qué lugar ocupará en nuestra vida quien está del otro lado. Algunos encuentros serán pasajeros, otros se convertirán en historias que recordaremos durante años y unos cuantos terminarán formando parte de nuestra vida. Porque hemos aprendido a buscar casi todo, pero todavía no existe una manera de saber qué encuentros merecerán quedarse.






