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Adriana Cordero

La costumbre de estar bien

El elevador tardaba más de lo normal. O quizá era yo quien tenía prisa por llegar a algún lado, aunque desde hacía varios días no supiera con exactitud a dónde. Miraba cómo cambiaban los números sobre la puerta y escuchaba el zumbido discreto de la maquinaria, mientras sostenía el teléfono en la mano. En la pantalla aparecían mensajes de personas que sabían que yo estaba en otra ciudad, acompañando a mi hija durante su recuperación. Casi todos comenzaban igual: ¿Cómo estás?. Y yo, también casi siempre, contestaba lo mismo: “Bien, gracias”.
No era una respuesta falsa, o al menos no por completo. Podía estar bien porque había dormido unas horas, porque mi hija se sentía mejor esa mañana, porque el café todavía estaba caliente o porque, pese al cansancio, había logrado levantarme y hacer lo necesario. Pero también podía estar preocupada, extrañar mi casa, sentir miedo por lo que todavía no sabíamos o tener ganas de llorar sin encontrar un momento oportuno para hacerlo. Todo eso cabía dentro de un “bien” breve, de esos que no obligan a explicar demasiado y permiten que la conversación siga su curso.
Fue entonces cuando se abrió la puerta en uno de los pisos y entró una mujer con un niño pequeño. Ella llevaba una bolsa colgada del hombro y en la otra mano sostenía una chamarra doblada. El niño caminaba a su lado, con la mirada fija en los botones iluminados. Apenas entraron, él soltó la mano de su mamá y se acercó un poco a la pared. Ella lo miró con esa atención rápida que tienen las madres, capaz de advertir un movimiento pequeño aunque estén pensando en muchas otras cosas.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí —respondió él.
La palabra salió enseguida, como si ya supiera que era la respuesta esperada. Pero después bajó la mirada y apretó los labios. El elevador siguió subiendo. Su mamá no insistió, aunque tampoco apartó los ojos de él. Pasaron unos segundos y el niño, como si necesitara reunir valor, volvió a hablar.
—No, no estoy bien.
La mujer se agachó un poco para quedar más cerca de su altura.
—¿Qué pasó?
—En la mañana me gritaste para que terminara de comer. Y parecías enojada conmigo, pero yo ya no quería comer. Me sentí triste.
No lo dijo llorando ni con enojo. Lo dijo con la seriedad de quien ha estado repasando algo durante horas y, por fin, encuentra el momento para ponerlo en palabras. Su mamá dejó la bolsa en el suelo y le acomodó el cuello de la chamarra. Por un instante pareció no saber qué contestar. Quizá había tenido prisa esa mañana, quizá estaba preocupada por otras cosas, quizá ni siquiera recordaba el tono de su voz. Pero el niño sí lo recordaba. Para él, ese momento seguía ahí, intacto, ocupando un espacio que los adultos tal vez habrían considerado pequeño.
—Perdóname —le dijo ella sintiéndose un tanto apenada—. No quería hacerte sentir así. Me desesperé, pero debí preguntarte si ya no tenías hambre.
El niño asintió, aunque no sonrió enseguida. La disculpa no borró lo ocurrido, pero pareció hacer algo más importante: le confirmó que lo que había sentido merecía ser escuchado. La mamá le tomó la mano otra vez, ahora sin apurarlo. Cuando se abrieron las puertas, ambos salieron juntos y el elevador volvió a cerrarse, llevándose consigo la escena y dejándome a solas con una pregunta que ya no parecía tan sencilla.
¿Cuántas veces alguien nos pregunta cómo estamos y respondemos antes de averiguarlo? “Bien, gracias”. Lo decimos en el teléfono, en la puerta de la casa, al encontrarnos con un conocido, en el pasillo del trabajo. A veces lo decimos porque estamos bien y no hay nada más que agregar. Otras, porque no queremos preocupar a nadie; porque no sabemos por dónde empezar; porque sentimos que explicar lo que nos pasa tomaría más tiempo del que la otra persona tiene. También puede ser que temamos escuchar nuestra propia respuesta si nos detenemos demasiado a pensarla.
Nos enseñaron a seguir adelante. A no hacer demasiado ruido con la tristeza, a no cargar a los demás con nuestras preocupaciones, a no parecer débiles. Aprendimos a sonreír mientras resolvíamos pendientes, a decir que todo estaba bajo control y a guardar para después lo que nos dolía. Tal vez nadie nos lo pidió directamente. Bastó con ver cómo los adultos de nuestra vida atendían sus problemas sin hablar de ellos, cómo cambiaban de tema cuando una conversación se acercaba a algo sensible o cómo respondían “no pasa nada” mientras sus ojos decían otra cosa.
Con los años, uno encuentra maneras distintas de protegerse. Hay quien habla mucho de lo que siente, pero deja fuera aquello que más le importa. Hay quien se queda en silencio para no llorar. Hay quien convierte todo en una broma, como si la risa pudiera cubrir las grietas. Y también estamos quienes respondemos “bien, gracias”, no para engañar, sino porque esa frase nos permite mantenernos de pie mientras decidimos qué parte de la verdad podemos compartir.
Pensé en el niño del elevador. Primero dijo que estaba bien, quizá porque esa era la respuesta rápida, la que no abre ninguna puerta. Después se corrigió. No necesitó explicar toda su vida ni encontrar palabras perfectas; solo tuvo que nombrar una tristeza concreta: “Me sentí mal cuando me gritaste”. En su sinceridad había algo que muchos adultos vamos perdiendo: la posibilidad de decir lo que nos pasa sin justificarlo, sin disculparnos por sentirlo y sin medir de antemano si tenemos derecho a sentirlo.
Tal vez responder con honestidad no siempre significa contarle todo a cualquiera ni encontrar las palabras exactas en el primer intento. A veces basta con admitir que algo nos inquieta, aunque todavía no sepamos explicarlo: “Hoy no sé bien cómo estoy”, “Estoy preocupado, pero prefiero hablarlo después” o “Hay cosas buenas y otras que me pesan”. Son respuestas parciales, pero dejan una pequeña ventana abierta; permiten que lo que sentimos exista sin obligarnos a exponerlo más de lo que queremos. También nos dan tiempo para entender qué nos pasa y decidir con quién compartirlo.
Quizá no todos necesiten conocer los detalles de nuestra vida, y eso está bien. La honestidad también puede consistir en no fingir ante nosotros mismos, en reconocer que una preocupación sigue ahí aunque hayamos podido cumplir con lo necesario durante el día. Podemos decir que necesitamos compañía, pedir un poco de espacio o simplemente aceptar que todavía no encontramos cómo hablar de aquello. No tenemos que convertir cada emoción en una explicación completa para que sea válida. A veces, basta con dejar de taparla con una respuesta automática y permitirnos mirarla con calma. Quizá ese sea un comienzo: dejar de exigirnos estar enteros todo el tiempo y permitirnos atravesar los días tal como vienen, incluso cuando todavía no sabemos cómo nombrarlos.
Al llegar a mi destino, miré de nuevo los mensajes en el teléfono. Había uno que preguntaba: “¿Cómo estás?”. Empecé a escribir “bien, gracias”, como lo había hecho otras veces. Me detuve. No quería fingir que todo estaba mal ni tenía ganas de explicar cada detalle. Así que borré la respuesta y escribí: “Voy paso a paso. Hay momentos en que estoy tranquila y otros en que me preocupo mucho, pero hoy mi hija se siente un poco mejor”.
Lo leí antes de enviarlo. No era una confesión enorme. No pedía que alguien resolviera nada. Era solo una respuesta un poco más mía, una verdad dicha con el tamaño que podía sostener ese día. Pulsé enviar y guardé el teléfono. Afuera, la ciudad seguía con su ruido de motores, pasos apresurados y puertas que se abrían y cerraban. Todo continuaba, como siempre, pero algo dentro de mí se había acomodado apenas un poco.
Desde entonces, cuando alguien me pregunta cómo estoy, a veces todavía respondo “bien, gracias”. No siempre porque quiera esconder algo; hay días en que esa respuesta me representa y otros en que simplemente no tengo ganas de abrir una conversación más profunda. La diferencia es que ahora intento hacer una pausa antes de contestar. A veces ocurre en medio de un pasillo, con el teléfono en la mano o mientras alguien espera mi respuesta al otro lado de la mesa. En ese instante breve, procuro escucharme: ¿qué parte de mí está respondiendo?, ¿la que quiere evitar que los demás se preocupen, la que teme parecer frágil o la que de verdad siente que, pese a todo, está bien? No siempre encuentro una respuesta clara, pero detenerme a preguntar ya cambia algo. Me recuerda que no tengo que contestar por costumbre y que puedo elegir, cada vez, cuánto deseo compartir.
Porque a veces sí estamos bien. Y otras, estamos cansados, preocupados, agradecidos, tristes y esperanzados, todo al mismo tiempo. No siempre existe una sola palabra capaz de explicar cómo llegamos a un día; hay emociones que se mezclan sin pedir permiso y hacen difícil elegir cuál de ellas habla más fuerte. Podemos sentir alivio por una noticia y, a la vez, inquietud por lo que todavía falta; querer seguir adelante y necesitar, por un momento, detenernos. Quizá por eso no tendríamos que conformarnos con ocultarlo ni obligarnos a contarlo todo. Podemos empezar por reconocerlo nosotros mismos, aceptar que lo que sentimos no siempre es sencillo de ordenar y darnos tiempo para entenderlo, sin exigirnos una respuesta clara antes de estar preparados.
Y si un día alguien se atreve a responder: “No, no estoy bien”, quizá lo más importante no sea buscar enseguida una solución ni tratar de convencerlo de que todo va a pasar. A veces basta con detener por un momento lo que estamos haciendo, mirarlo con atención y hacerle espacio para hablar. No apresurarlo, no comparar su tristeza con la de alguien más, no responder con frases como “tienes que ser fuerte” o “no es para tanto”. Solo quedarse ahí, escuchar sin interrumpir y preguntarle con verdadera disposición: “¿Qué te está pasando?” Quizá no podamos resolver aquello que le duele, pero nuestra presencia puede recordarle que no tiene que atravesarlo en soledad. Y si todavía no encuentra las palabras, también podemos respetar su silencio y hacerle saber que estaremos cerca cuando quiera contarlo.