“DOS HOYUELOS SOBRE LA MADERA” - El Nopal
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“DOS HOYUELOS SOBRE LA MADERA”

“DOS HOYUELOS SOBRE LA MADERA”

Por LA MADA (Magdalena Edith Carrillo Mendívil)
www.lamaddalenaedi.blogspot.com

Agradezco que haya acudido tan pronto a mi llamado, la verdad no pensé que le fuese posible hacer un espacio en su agenda tan ocupada, para serle sincera no es un asunto preocupante desde el punto de vista clínico pero si desde el punto de vista personal y que atañe directamente a mi área de confort, usted sabe bien de mi preocupación por mantener intacta y sana esa zona y cuanto me incomoda que las cosas se salgan de su lugar de acomodo, quizás un poco antinatural, pero a fin de cuentas seguro. Procuraré ser muy breve y concisa.
A veces suceden situaciones que hacen que mi mente divague y se hunda en las plácidas aguas del dejarme vivir. Yo sé nadar, no recuerdo si le conté alguna vez que gané un tercer lugar cuando tenía ocho años, el estilo era crol aunque siempre he preferido nadar de muertito y quedarme quietecita esperando que las ondas suaves del agua me lleven… Perdón, me desvié, le agradezco que me recuerde que a veces divago. Le decía que, metafóricamente, me gusta dejarme llevar por las suaves ondas del querer soñar despierto, no se asuste, ya he aprendido a soñar despierta, después de padecer tantas pesadillas en pleno uso de mis facultades una  llega a ser experta en manejar estos sueños tan lejanos de la fase REM (en esta fase del sueño paradójico, únicamente sueño que salgo a bailar en calzones en un escenario de un teatro lleno de espectadores, nada de qué preocuparse, generalmente lo resuelvo bien).
Estos últimos días me deje soñar, eso sí, con los ojos abiertos, muy abiertos como tecolote. Me di cuenta de un efecto interesante, se puede soñar y hasta vivir el momento como si fuese real sin necesidad de caer en el fango apestoso de la ilusión inútil. Pues bien, me sumergí en unos hoyuelos que enmarcaban una enigmática sonrisa, por un momento me sentí Nahuí Olin enfrentándose a un tal Dr. Atl, pero sin volcanes, recostado plácidamente sobre una “cosa” similar a un diván, observando, observándome quizás y yo, con mi habitual cara de boba midiendo su labio inferior, haciendo cálculos y concluyendo que embonaba perfectamente con el mío, ¿sabe usted? mi labio inferior tiene una medida muy especial y no es fácil encontrar unos labios que lo calcen cómodamente, sin embargo, no fallé, el labio inferior de esta alucinación embonó perfectamente. Cerré los ojos y me perdí. Me encontré con unas manos justas para las mías, tan precisas  como esas manos que se prefieren no volver a tocar. Le repito, le temo a la adicción y con mi historial de tantos amores que le han caído de peso a mi aparato digestivo, cuando pruebo algo que realmente es saludable prefiero tomar cantidades mínimas, de esas que se guardan en el organismo y de las que tomas pequeñas porciones cuando cierras los ojos y te permites recordar… y recuerdas una y otra vez esos labios que por algunos instantes embonaron perfectamente con los tuyos y llegaron a tocar delicadamente tu corazón hasta que te despiertas y vuelves otra vez a la realidad, que después de estos momentos es menos cruda.
Le confieso que me sentí en el borde, muy a la orilla del borde y estuve a punto de saltar, pero alguien tocó mi hombro, era Cortázar, ese amigo maravilloso que me rescata de cualquier estupidez. Volteé y vi aquella, su estupenda sombra recargada en esa pared de madera, y cuando sus labios estuvieron a punto de dar un sorbo a su copa de tinto, respiré y recité las palabras de mi querido amigo (Cortázar, ¿si lo mencioné verdad?), las dije pausadamente y por poco, ante la inevitable realidad se me quiebra la voz: “Creo que no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte. Como el guante izquierdo enamorado de la mano derecha”.
Esto era y será en mucho tiempo lo único que quisiera comentarle, le agradezco infinitamente su espacio y el hecho de que mire su reloj me indica que mi tiempo terminó, al menos mi tiempo con usted. Yo, me voy a cerrar los ojos por un momento.

-El señor psiquiatra: Me alegran sus avances, efectivamente, su tiempo terminó. Llamaré al enfermero para que venga por usted.

Final sabor nebbiolo y docena ostiones.

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