LA TIERRA ESTA ENOJADA - El Nopal
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LA TIERRA ESTA ENOJADA

LA TIERRA ESTA ENOJADA
Ricardo Monreal Ávila

No hay lugar en el planeta que esté a salvo de un algún tipo de desastre natural. Algunos son causados por la propia naturaleza (“por los designios de Dios”, dicen algunos) y otros alentados por la mano del hombre.

Estos últimos son los más lamentables, porque pueden evitarse con previsión y conciencia sobre la vulnerabilidad de la existencia humana.

A mediados del siglo pasado se empezó a hablar del “cambio climático” y de otros fenómenos que están causando buena parte de los desastres naturales contemporáneos (huracanes, inundaciones severas, mares devorando tierra firme, lluvia ácida, polos derretidos y extinción acelerada de flora y fauna).

La utilización intensiva y extensiva de combustibles fósiles que trajo consigo la revolución industrial del siglo XIX implicó la emisión a la atmósfera de los llamados “gases de invernadero”, que terminaron por afectar la capa de ozono que protege la vida en la tierra y regula el clima.

No obstante las evidencias científicas y técnicas del cambio climático (la tierra ha subido su temperatura en el último siglo), todavía hay gobiernos y empresas mundiales que dudan de este fenómeno. Reconocen que el clima está cambiando, pero lo atribuyen a otros factores.

Yo sí comparto la tesis de que el cambio climático está provocando huracanes más intensos y frecuentes, así como sismos de mayor magnitud. Por ejemplo, en el último siglo, se ha registrado más actividad volcánica a la par del calentamiento de la tierra, y esto incide en la actividad sísmica.

Lo peor de todo, es que el cambio climático se debe por completo a la actividad del hombre y no a factores de la naturaleza o externos al globo terráqueo (como aconteció cuando la extinción de los dinosaurios, producto de meteoritos que golpearon la tierra).

Por ello, puede afirmarse que los desastres naturales que hemos visto en el último siglo en el planeta se deben en buena parte a que la tierra está enojada con el hombre. La relación del hombre con la naturaleza fue armónica o no conflictiva hasta el siglo XVII. La naturaleza proveía al hombre el alimento, el agua y el aire necesarios para su existencia y desarrollo.

Sin embargo, una visión antropocéntrica del crecimiento económico y la generación de la riqueza concibió a la naturaleza como un objetivo a explotar, dominar y someter a las necesidades económicas del hombre. El vínculo armónico entre la naturaleza y el hombre se rompió y éste procedió a la explotación irracional de los tres elementos básicos de la vida humana: el suelo, el aire y el agua.

Hoy la naturaleza está cobrando a la humanidad los excesos en la explotación económica de estos elementos. Acabar con bosques para dedicar la tierra a la ganadería extensiva, o derribar árboles milenarios para ser usados como leña para cocinar o para adornar salas y bibliotecas privadas, tiene su costo ecológico. Usar ríos y lagunas como tiraderos de residuos químicos o desagües de aguas negreas, tiene un efecto directo en la salud de la naturaleza y de la humanidad. Tirar al aire humo negro, hollín, tizne de carbón y otros venenos que dañan a la atmósfera, terminan revirtiéndose cintra el hombre y el hábitat del planeta.

Creer que la naturaleza está al servicio de la avaricia, la codicia y el afán de lucro y del bienestar material del hombre, es el pecado capital del hombre, del homo economicus de los siglos XX y XXI.

La naturaleza es el hogar de la humanidad, no la hoguera de sus instintos egoístas, posesivos e individualistas a ultranza. Si esto no se entiende, los huracanes, las inundaciones y los sismos seguirán subiendo de tono y devastando al hombre mismo.

Dirán que esta es una explicación romántica, conservadora y nostálgica de un mundo idílico que ya no existe. Sin embargo, si seguimos con el urbanismo depredador y la explotación irracional de la naturaleza, seguiremos sufriendo como humanidad de más desastres naturales, cuyo origen no es la naturaleza por sí, sino la inconsciencia del hombre.

Por lo pronto, para atender la emergencia que los sismos del 7 y del 19 de septiembre acaban de golpear de manera cruenta a la ciudad de México y a otras regiones del país, lo menos que podemos hacer quienes estamos al frente de una responsabilidad de gobierno, es hacer un lado nuestras cortas diferencias políticas e ideológicas, y anteponer una visión de más altura y alcances para atender la tragedia con dos objetivos: rescatar el mayor número de personas con vida y empezar la reconstrucción de la Ciudad con una visión resiliente; es decir, buscar recuperarnos de la tragedia lo más pronto posible y corregir los errores del pasado causados por factores humanos. ¿Cuáles son estos factores? La improvisación, la ineficiencia y la corrupción.

Por lo pronto, en mi calidad de Jefe de Gobierno de la Delegación Cuauhtémoc, considerada ya como la delegación más golpeada por el sismo, estoy enviando una solicitud de reunión urgente con el Presidente Enrique Peña Nieto y el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera Espinosa, para hacer frente a la emergencia, de manera oportuna y coordinada.

Son horas definitivas para el país, donde la solidaridad, la altura y la convergencia de miras debe prevalecer sobre las diferencias de colores, humores y banderas partidistas.

La respuesta solidaria de la sociedad civil, especialmente de los jóvenes de México, son el mejor aliciente para alzar la mirada y ver por un solo México.

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