¿EL FIN DE LA TRANSICION? II parte - El Nopal
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¿EL FIN DE LA TRANSICION? II parte

Dr. José de Jesús Reyes Ruiz

¿EL FIN DE LA TRANSICION?
II parte

Para documentar mi pesimismo… y el de los demás

Hace una semana iniciamos este intento de reflexión sobre el fin de nuestra ya prolongada transición a la democracia,  un periodo de medio siglo de duración  que según nuestra hipótesis se iniciara en 1968 y terminara con el triunfo contundente de la izquierda el 1 de julio del presente año.
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Iniciamos nuestras previas reflexiones aclarando que la fecha del inicio  de este proceso no es de manera alguna arbitrario. Muchos de nuestros expertos en el tema han concordado que 1968 y la revuelta estudiantil que culminó con la masacre de Tlatelolco marcaron un parte aguas en la historia reciente de México y aun y cuando la exigencia de entonces era un alto a la represión violenta provocada por  las fuerzas policiacas, de alguna forma termino en un despertar de la conciencia ciudadana con respecto a la falta de una real democracia sin la que ningún cambio hacia el futuro sería posible.

Había que competir con todo un régimen donde reinaba una “Dictadura perfecta”  (Vargas Llosa dixit) y de un Presidencialismo Imperial como describiera nuestro sistema  Enrique Krause  y vaya que estamos hablando de dos intelectuales de extrema derecha.

La ciudadanía fue testigo del genocidio de cerca de medio millar de jóvenes estudiantes que solamente pedían algunas libertades, la fiesta olímpica no logro borrar de la mente de los mexicanos la violenta represión de los manifestantes que pacíficamente se reunían en la plaza de las tres culturas y mucho menos como fueron masacrados por el ejército como apenas un mes antes lo había anunciado con toda claridad en su informe el genocida  Díaz Ordaz “hemos sido complacientes y permisivos en extremo pero no lo seremos por mucho tiempo más”

Este evento cruel y despiadado en extremo solamente hiso el despertar de las consciencias como medio siglo antes las masacres de  la minera de Cananea  en Sonora y la fábrica textil de Rio Blanco en Veracruz en donde  murieron cintos de mineros  y de obreros solo por exigir una mejoría en sus condiciones precarias de trabajo. En Tlatelolco los jóvenes estudiantes pedían el fin a la represión violenta por parte de las autoridades, pero; en ambos casos la resultante fue el despertar de la conciencia ciudadana ante la falta de libertades y de la más elementar justicia social a principios de siglo y la falta de una verdadera democracia hace 50 años.

Comentamos como la represión se continuo ya con Luis Echeverría en 1971 con el Jueves de Corpus y el halconaso, – evento del que fui testigo en la colonia Santa María de la Rivera y que marco mi vida de ahí en adelante – así como las revoluciones sureñas en la forma de guerra de guerrillas encabezadas en los 70s por los maestros emblemáticos Lucio Cabañas y Genaro Vázquez – ambos maestros egresados de Ayotzinapa – que  fueron severamente reprimidas por las fuerzas del Estado Mexicano.

Los ochentas fueron tiempos paradójicos donde se continuo una actitud populista disfrazada de izquierda que había iniciado Echeverría y que fue continuada a finales de los setentas e inicios de los 80  por López Portillo, fueron los tiempos del boom petrolero y del descubrimiento de los grandes yacimientos, tiempos de administrar la abundancia, tiempos de endeudarse en una forma desmesurada por que al  fin y al cabo había con que pagar y aun con la “tercera ola” donde los países del primer mundo occidental fueron puestos en jaque por personajes como Moamar Kadafy un joven educado en Oxford quien armo toda  una estrategia que solo provocó el despertar de los norteamericanos que se pusieron en alerta máxima y supieron que tenían que intentar hacerse de los recursos del subsuelo de los países latinoamericanos que lo tenían aparentemente en abundancia como México y Venezuela y claro ver la forma de apoderarse también del Medio Oriente.

Y como siempre salieron ganando.

Muy pocos recuerdan esta parte de nuestra historia, olvidan que antes de los ochentas éramos un primer productor de granos a nivel internacional y que prácticamente éramos autosuficientes en cuanto a este tipo de alimentos, pero los créditos para el campo venían de los Estados Unidos y fue entonces cuando uno de los caminos que tomaron los americanos para adueñarse de nuestro oro negro – los veneros heredados del mismísimo diablo como los definiera López Velarde – fue de suspender los créditos agrícolas volvernos dependientes de los cereales sembrados en el medio oeste norteamericano, y  como primero esta comer que ser cristiano siempre podríamos pagarles con los recursos petroleros extraídos de nuestras entrañas.

De muchas formas convencieron a López Portillo de endeudar al país, endeudamiento que ha seguido incrementándose día a día más hasta la fecha en que debemos la friolera de 10 billones de dólares –  y sumando – por que endeudar al vecino es la mejor manera de tenerlo bajo control.

Y por si ello no fuera lo suficientemente grave en el 82 llega al poder un personaje gris en extremo quien fue  poco  poco convencido por su sucesor encargado durante su sexenio de la hacienda pública, un joven brillante proveniente de Harvard, quien traía bajo el brazo las nuevas teorías que cambiarían la faz de la tierra, las doctrinas neoliberales que permitirían que tarde que temprano nuestro país fuera parte del primer mundo.

Los ejes rectores de este nuevo sistema eran los de adelgazar el estado y permitir que el mercado fuera el que decidiera los rumbos que habría que tomar nuestro país convertirse a una nueva religión, la del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y un nuevo Dios el dinero.

La democracia estaba más ausente que nunca, no nos olvidemos que López Portillo fue un candidato único sin tener de frente oposición alguna, ¿democracia? Cual, el PAN solo sabía ser oposición, pero no era un verdadero contrapeso y de muchas formas simpatizaba con esas nuevas formas de la economía entonces de moda.

Y la izquierda seguía luchando por ser escuchada y aun con una prolongada historia dentro del siglo XX mexicano seguía teniendo una actitud marginal en el escenario de la política mexicana de los ochentas.  Había decidido dejar las calles y dar la lucha dentro del plano de las instituciones, instituciones que les habían permitido ocupar espacios limitados y participar marginalmente en los procesos electorales hasta entonces existentes.

En 1988 esta izquierda apenas articulada decidió presentar como candidato al Ingeniero Heberto Castillo un personaje de reconocida trayectoria en la lucha social de aquellos tiempos,  pero las cosas se estaban moviendo dentro del dinosaurio y vetusto partido tricolor. En su interior se daba también la lucha por intentar caminos democráticos para la elección de sus propios candidatos, lo cual es claro para muchos si no es que para todos que era nada más y nada menos que una utopía.

Ellos sabían que la elección del sucesor era decidida a través del dedazo del presidente en turno, durante su historia; a final del sexenio imperial – que era la limitante única de nuestro sistema –  un grupo de los funcionarios cercanos al presidente eran simbólicamente cubiertos por un manto que les definía como los tapados y uno de ellos – el que definiera el monarca presidencial en turno – sería el elegido, no de los dioses sino por el dios único del sexenio en su ocaso, quien magnánimamente definía a su sucesor sin otra consideración que la de su propia conciencia.

Sin embargo por aquellos tiempos un grupo de ilusos liderados por Cuauhtémoc Cárdenas – quien quería ser el candidato del PRI a la presidencia de la república – acompañado por un gran intelectual un poco egocéntrico  Porfirio Muñoz Ledo decidieron hacer algo de presión para que se diera un cambio que sabían no iba a suceder y al corroborarlo decidieron desertar con algunos más que realmente influidos por el espíritu del 68 querían ahora si una verdadera apertura democrática.

Las cosas no han cambiado mucho desde entonces,  existen mil y un ejemplos de personajes que exigen ser postulados por un x partido y que cuando no logran su objetivo por que el Dios en turno a volteado su mirada hacia otra persona, entonces se dan por ofendidos y deciden separarse del partido del que son originarios y buscar a otros partidos menores que les hagan el favor de postularlos a sabiendas que tienen un trabajo preestablecido que puede darles el triunfo.

Fue así como Cuauhtémoc Cárdenas con una postura claramente de ruptura, busco a los partidos de izquierda – obviamente –  negociando su candidatura y logrando la declinación por parte del Ing.  Heberto Castillo siendo postulado para el proceso electoral del 88 por un Frente Único de partidos de aparente izquierda, logrando la simpatía de una gran parte de una ciudadanía harta ya de partido único el poder y de sus mañas – usos y costumbres –

Todos sabemos cómo termina esta historia  con un fraude monumental ampliamente documentado donde el sistema no había previsto unas circunstancias similares.

No olvidemos que no había entonces un Instituto Electoral autónomo – que de cualquier forma nunca ha existido – nos referimos a una autonomía inexistente hasta la fecha – los procesos electorales eran organizados por una Secretaria de Gobernación que de tal forma era juez y parte dentro del proceso y los resultados de esa jornada fueron sorpresivos para los dueños del sistema, la ciudadanía había votado por el cambio, según los expertos y estudiosos de este proceso aseguran que Cuauhtémoc Cárdenas gano con 7 puntos porcentuales por arriba de Carlos Salinas de Gortari pero esto no podía ser aceptado por el gobierno en turno, había que tirar el sistema – la caída atribuida a Manuel Bartlett entonces Secretario de Gobernación – había que cambiar los números y los números cambiaron, más del 50% para Salinas de Gortari al que se le regalaron el 20% de los votos pues se encontraba apenas arriba del 30%, dejando a Cuauhtémoc con un 37%

Esta historia continuara…

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