La MADA

“EL APELLIDO”

By 9 mayo, 2020No Comments

“EL APELLIDO” primera parte

Por LA MADA (Magdalena Edith Carrillo Mendívil)
www.lamaddalenaedi.blogspot.com

Nota inicial: La historia es completamente producto de la imaginación de la Mada, cualquier parecido con la realidad sería una absurda y maravillosa coincidencia.
Esa figura apenas se dibujaba, el Sol de mediodía chocaba con la penumbra del pequeño café. Aun así, ella supo de quien se trataba, hubiese podido ver la figura de ese hombre, aunque estuviera ciega. Estuvo a punto de levantarse y abalanzarse con el tenedor y clavarlos justo en medio de con ese par de ojos tan insípidos, chiquitos como de zorro, que nunca le provocaron confianza, pero respiró profundamente y observó un poco más.
En algún momento, un vendedor de tulipanes se paró enfrente de él para ofrecerle su mercancía, Tadea que ya había educado la visión, venciendo el deslumbramiento inicial, pudo predecir la reacción de él, rechazar de esa forma tan cobarde y grosera, ni siquiera vio al vendedor a los ojos, este, acostumbrado a estas conductas, le importó muy poco y siguió su camino, a Tadea se le pararon los pelos y apretó los dientes, pero respiró y esperó que sucediese lo que tarde o temprano tendría que pasar. Ella tenía que pararse frente a él y tumbarle el juego, que debido a sus malos hábitos, casi la deja en la miseria, una maraña tejida por una “viuda negra”.
El sujeto en cuestión decía llamarse José Pérez, nombre que por ser tan común (pido una disculpa a todos los José Pérez) le pareció extraño, pero dado el momento de su vida en el que se encontraba no dio mucha importancia. Después se enteró que este sujeto usaba muchas más profesiones y nombres mucho más sofisticados, después a ella le molestó que con ella no hubiese usado el de Malcome Moore. Por cuestiones de practicidad y de momento, usaremos el nombre de José Pérez.
Tadea Piñón, era tataranieta de inmigrantes gallegos, cuyos descendientes habían logrado mantener el apellido “Piñón” intacto. Su familia había decidido inmigra a la República X ya que dada su legislatura el padre y la madre podrían decidir que apellido llevaría el hijo como principal, algo así como en Yucatán (Art 253 de Código Familiar ) Ciudad de México ( Art. 58 Del Código Civil) y el Estado de México (art. 2.14 del Código Civil), déjeme decirle que en Zacatecas (Art 46 del Código Familiar ) no dice que sí, pero tampoco dice que no… no sé de leyes y mejor aquí le paro. La familia de inmigrantes gallegos de Tadea se empeñaba en preservar el apellido, no tanto por equidad de género, sino por un interés económico y de abolengo relacionado directamente con el apellido. Ante notario se estableció un contrato donde se obligaba a todos los herederos poner e imponer el apellido Piñón como el primero a todos los herederos, de no ser así la herencia se perdería, había una cláusula al final en letras tan pequeñas y el contrato era tan largo que ya a nadie le interesaba llegar a esa insignificante cláusula. Entonces todos eran Piñón aun y cuando el vástago tuviese que apellidarse Carrillo por ser el padre Carrillo. Por esta razón vivían en la “República X” y no en Durango, Sinaloa o Campeche, por ejemplo, porque ahí el Piñón se hubiese perdido como un plato lleno de piñones pelados en las manos de una servidora.
El tatarabuelo de Tadea, un hombre rico y no muy generoso, vivía, de hecho, sobrevivía, porque la sola idea de perder su fortuna le quitaba el sueño. Hombre de alcurnia y abolengo, había padecido la revocación paulatina de todos los títulos nobiliarios de sus antepasados gracias a su vergonzoso comportamiento y el vicio del juego, Tadea llegó a pensar que por mujeriegos, pero la verdad esta teoría nadie se la creía, ni ella. Se dice que llegaron a gozar de títulos desde el de Duque, Marqués con Grandeza, Conde con Grandeza, Vizconde con Grandeza, Barón con Grandeza, Señor con Grandeza, Grandeza personal, Marqués sin Grandeza, Conde sin Grandeza, Vizconde sin Grandeza, Barón sin Grandeza, Señor sin Grandeza, hasta el de Caballero. Eran de entenderse pues, las estrictas normas implantadas, a perpetuidad, por el tatarabuelo paterno de Tadea, y su miedo a perder ya lo último que le quedaba del linaje de tan encumbrada y noble familia, el apellido. A su tatarabuelo, que vivía en Vigo, le decían “Don Tomé” y ese “Don” le provocaba una gastritis que lo tenía en tratamiento perpetuo.
Tadea se quedó sentada mirando fijamente hacia afuera, en este momento sus pupilas estaban ya tan acostumbradas al reflejo de la luz del Sol sobre las paredes blancas que al tratar de tomar su taza de café equivocó su movimiento y terminó derramándola, esto no fue tan malo, pensó, de alguna manera le ayudó a volver a la realidad y retomó su objetivo, hablar con José Pérez y penetrar con su odio aquellos ojos de zorro, chiquitos e insípidos que la perseguían en sus sueños… mejor dicho en sus pesadillas. Tadea se levantó bruscamente sin fijarse que el café había manchado su siempre inmaculada blusa blanca. El tendero se dio cuenta de ella, se preocupó, la conocía de años y sabía su reacción, sin embargo, esta vez, ni se inmutó.
Salió apresuradamente, era casi un milagro encontrarse con este sujeto, tanto que llegó a dudar de su visión como los sedientos en un desierto, para Tadea la presencia de este personaje era lo más parecido a un oasis… un oasis que aliviaría, sin duda alguna, su desabrida sed de venganza.
Fin de la primera parte esperando con ansia el chisme que me tiene que contar Tadea en susurros y en mis sueños.