Conciencia social y ciencia… 2021 esperanza
Dra. Verónica Arredondo*

Hace un año teníamos noticias de que un evento inédito ocurría en Wuhan, China. No entendíamos qué pasaba ni de qué se trataba ni cómo repercutiría para todos en el transcurso del 2020. Percibíamos que nada podría alterar la realidad y que nada detendría el paso del tiempo, porque vivimos en la era donde casi podemos tocar Marte y tenemos los teléfonos más inteligentes de la historia. Para marzo. México entró al confinamiento que ya dominaba en el plano internacional; naciones de Europa, Latinoamérica, Asia, habían optado por la cuarentena, en distintas escalas y maneras, para tratar de entender al virus y salvar todas las vidas que se pudieran. Estamos en eso en este momento, tratando de desentrañar nuestra relación sistémica con el virus y cómo podremos convivir con el extraño huésped de aquí en adelante sin que se vea afectada la normalidad, la rutina, nuestras costumbres.
Hablamos de conciencia social cuando somos capaces de comprender las necesidades del otro, de la comunidad, de la familia, de un grupo social, la tribu. Cuando somos capaces de generar empatía y encontrar respuestas para solventar las necesidades y enfrentar los problemas. La presencia del coronavirus ha desvelado que carecemos de conciencia social. Si bien el desarrollo de la pandemia resulta impredecible, además de que tiene que seguir un curso natural, hay medidas que se han implementado para paliarla y que la ciudadanía simplemente no obedece. Hablo principalmente de no cuidarse y estar en riesgo todo el tiempo, lo que implica poner en riesgo a los demás. La medida del autocuidado es básica y sencilla de llevar a la práctica, pero basta con asomarse a la ventana para darse cuenta que muchos descuidamos esa medida y nos olvidamos de que estamos en peligro. Usar mascarilla, lavarse las manos, guardar la distancia, no participar de aglomeraciones, salir lo menos posible de casa, cuidarse, es algo que todos podemos hacer, tener la conciencia social de que el individuo forma parte de la comunidad, y que la salud individual está íntimamente relacionada con la salud de la comunidad. Cuidarse significa ganar una batalla contra el virus.
Ahora bien, cuidarse implica gastos. Como ya hemos notado una sociedad, una nación, la comunidad internacional, requiere dirigir más fondos al terreno científico para poder resolver los problemas que aquejan al planeta. Invertir en la ciencia significa cuidarnos a todos. La inversión no solo necesita de los fondos públicos, sino también de la iniciativa privada. Hay otros campos de la vida donde la inversión parece de repente descomunal, por citar alguno, parece que algunos deportes como el futbol son más apoyados que la investigación científica. No hay una correspondencia entre lo que gana un futbolista profesional y un investigador en este país. Como ciudadanos podríamos exigir al Estado y a los organismos privados que destinen más recursos a las ciencias. Pero para eso, ante el estado de la situación presente, debemos cooperar cuidándonos, hacer la parte que nos corresponde, porque si no, no tendríamos la calidad moral para demandar nuestras exigencias.
Quizá la llegada de la vacuna represente la luz al final del túnel, eso parece. Más o menos se nos ha informado el escalonamiento de su aplicación. Ahora tenemos una herramienta para lidiar contra el coronavirus y estamos contando los minutos para levantar la cuarentena, pero eso no significa que tenemos que bajar la guardia. La vacuna es apenas el principio del fin de la pandemia; una pandemia que ha dejado hospitales colapsados, economías cerradas, salud mental hecha trizas. En el mejor de los casos 2021 se presenta como un año de reconstrucción. Nos hemos percatado cuán importantes son los avances científicos y la participación de entes privados y públicos en su desarrollo. Nos hemos percatado que un problema a escala mundial requiere de la implicación de la ciudadanía entera en diferentes niveles. Este aleteo de la mariposa, el coronavirus, ha provocado un tsunami para el que no estábamos preparados y entonces tuvimos que tomar medidas a base de prueba y error. Esperamos estar mejor preparados para los próximos problemas. Mientras tanto, no debemos quitarnos los cubrebocas.
Si el 2020 es el año de la pandemia, el 2021 es el año de la reconstrucción, que de eso no nos quepa la menor duda. Para reconstruir será necesaria la participación de toda la gente. Políticos, ciudadanos de a pie, líderes, gobernantes, médicos, la sociedad tendremos que ponernos a trabajar para levantar lo que ha sido derrumbado. Sería interesante repasar cómo enfrentó el mundo otras pandemias, para rescatar las medidas que funcionaron y descartar las que no, sería un ejercicio muy interesante y educativo. Nosotros podríamos empezar por analizar las catástrofes que de por sí venimos enfrentando desde siempre, como los huracanes y los terremotos, las devaluaciones. Seguro que podríamos encontrar medidas pertinentes y adecuadas. No vamos a empezar de cero y eso es un alivio. Tenemos algunas pistas de cómo reactivar la economía, ahora tenemos la certeza de que nos hacen falta más hospitales y personal médico, sabemos que hay personal indispensable, trabajos que aunque se cayera el mundo tendrían que ser cubiertos. Tenemos la esperanza como una sonrisa marcada en el corazón. Emily Dickinson dijo que “La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta la melodía sin palabras, que nunca cesa”. Estamos escuchando la melodía, preparados para levantar la cabeza y seguir hacia el futuro.
P. D. Todos conocemos a gente que se la ha pasado mal esta cuarentena, ya sea porque se contagió, porque su economía se vio afectada, su salud mental menguó, por diversas razones. Todos los días nos enteramos de gente pública que pierde la batalla contra el coronavirus, gente cercana, familiares, amigos. El autocuidado no solo significa que probablemente no nos contagiemos, sino que es un detalle, un abrazo en memoria de la gente que ya no está; significa también guardar su memoria, respetarlos. Estamos a punto de llegar a la otra orilla, cuidémonos de no ahogarnos ahora que podremos acceder a los salvavidas.

*La autora es profesora-investigadora de la UAZ y directora de Sin Sesgo Consulting S.C., especialista en el área de preferencias, elección social y sistemas electorales.