La desaparición y el encuentro de María Ángela
Por: Claudia Anaya Mota
La desaparición de un familiar, es un duelo enorme, insuperable. La vida pierde brillo, esperanza y optimismo. Se vive entre días de fe, de resignación, de desesperación, a tal grado de que, algunas madres respaldadas por su familia, deciden emprender por ellas mismas su búsqueda. Algunas, logran avances sustanciales, otras no.
Todas ellas nos muestran la fragilidad de un sistema de investigación y de búsqueda de personas aún muy frágil, insuficiente en más de un sentido. Hay una cifra nacional muy sensible que no se reporta ni se habla desde el Palacio Nacional, pese a la aflicción que nos causa como sociedad y sigue creciendo: las personas desaparecidas.
Al 23 de enero, existen 110,180 personas desaparecidas y no localizadas, siendo Jalisco la entidad con mayor número de registros; cabe aclarar que esta cifra suma las desapariciones ocurridas desde 1964. Los datos reflejados muestran que el mayor número de desaparecidos corresponde a hombres con 81 mil 449 casos, mientras que 27 mil 326 han sido mujeres (por 741 casos sin determinar).
En contraste, en este mismo periodo anteriormente señalado, existen 160,556 personas localizadas y de ellas, 11 mil 132 fueron encontradas sin vida y 149,424 con vida. Justo aquí es donde viene la parte más interesante: no hay registro o testimonio que brinde información precisa sobre las condiciones de su desaparición, si se ausentaron por voluntad propia, si fueron víctimas de algún intento de trata, si fueron confundidas por otra persona y fueron puestas en libertad por sus captores. No hay nada.
Esta reflexión surge a partir de la reciente desaparición de María Ángela, una menor de 15 años que vive en el norte de la Alcaldía Gustavo A. Madero de la Ciudad de México. Su caso es representativo de cómo viven muchas adolescentes en el país, que usan el transporte público para ir a la secundaria cada mañana y es acompañada siempre por algún familiar tanto cuando sale de casa, como cuando se calcula que regresará, es siempre esperada a la misma hora y en el mismo lugar.
El día que fue atrapada, salió unos minutos antes de la escuela y llegó más temprano al paradero de autobuses. Ahí, fue tomada por la fuerza sin que nadie a su alrededor hiciera nada por impedirlo, fue drogada y trasladada a un lugar impreciso. Los familiares hicieron la denuncia y las autoridades la declararon como una “persona ausente” porque por sus características de edad y género “seguro se había ido con el novio” (sic).
Posteriormente, unas semanas después, la joven fue abandonada y encontrada en un predio de una colonia del municipio de Nezahualcóyotl, Estado de México, estaba viva, envuelta en una bolsa de plástico, desnuda y desorientada, lo que llamó la atención de los vecinos, quienes decidieron ayudarla y reportar su aparición a la Policía Municipal, que envió a dos mujeres oficiales como primeras respondientes.
Ambas mujeres pudieron darse cuenta que la menor se encontraba bajo los influjos de alguna sustancia tóxica y al iniciar los protocolos de registro, se dieron cuenta de que era la niña que estaban buscando en la Ciudad de México desde días anteriores. Le brindaron atención médica y finalmente, fue devuelta a sus familiares.
La joven pudo relatar que efectivamente fue llevada por la fuerza del paradero de autobuses, que nadie la ayudó, que fue incomunicada en un tiempo que no pudo precisar, que estuvo todo el tiempo drogada y que el lugar donde estuvo, había más mujeres, más menores, más jóvenes. No sabe o no recuerda el motivo porque el cual fue tirada a la calle.
Esta información que ha dado esta víctima, ha servido para que las autoridades hagan uso de las videocámaras y puedan identificar el vehículo usado para el traslado, establecer una ruta e identificar el lugar donde seguro, hay más personas cautivas en contra de su voluntad.
Este caso muestra la necesidad de que como sociedad, nos involucremos, no nos acostumbremos, esto que hoy sucede en Zacatecas y en todo el país, no es normal, no es cotidiano y nunca debe serlo. No permanezcamos ajenos a una realidad que está rondando cada vez más a nuestras familias, a nuestras colonias, a nuestros vecinos.
No olvidemos nuestra esencia humana, esa que nos permite sentir empatía, comprensión o solidaridad con las demás personas. Eso podemos hacer cada uno de nosotros, para empezar.
*Senadora de la República.



