Dr. Ricardo Monreal
La nueva vieja doctrina Monroe
Inevitable el déjà vu: la captura de Manuel Noriega en Panamá, el 3 de enero de 1990, y la de Nicolás Maduro en Venezuela, el 3 de enero de 2026. Ambos acusados de los mismos cargos —narcotráfico ayer, narcoterrorismo hoy—. El silencio de la ONU y la OEA de ayer, con el mutismo institucional de hoy. La indiferencia de las potencias de ayer (Alemania, el Reino Unido y Japón) con la parsimonia diplomática en curso de Rusia y China.
Inevitable, también, no pensar en los posibles acuerdos geopolíticos detrás de esa indiferencia: China mantiene su influencia en Hong Kong, y Rusia se queda con una parte de Ucrania, a cambio de no meterse en América Latina, validando de facto la nueva vieja doctrina Monroe.
Tan solo en América Latina se han registrado no pocos casos del activo intervencionismo histórico de Estados Unidos (EE. UU). Entre los ejemplos destacados, está la mencionada captura de Noriega, llevado a EE. UU., juzgado y condenado por narcotráfico tras la invasión a Panamá (1989-1990) mediante la operación Causa Justa, así como el intervencionismo detrás del golpe en Guatemala (1954), que derivó en el derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz.
Años más tarde, en 1965, ocurrió la invasión a República Dominicana y, entrada la década de 1970, EE. UU. contribuyó a la desestabilización en Chile y apoyó directa e indirectamente al régimen militar de Pinochet, que en 1973 derrocó al gobierno civil y democrático del presidente Salvador Allende.
Durante la década de 1980 se registró un abierto apoyo estadounidense a grupos contrarios al régimen imperante en Nicaragua, como su financiamiento a fuerzas opositoras al gobierno sandinista. Asimismo, con la operación Furia Urgente, ejecutó la invasión de Granada en 1983, para derrocar al gobierno marxista recién instalado en la isla caribeña. Este hecho se enmarcó en el contexto de la Guerra Fría en América Latina y el Caribe, donde EE. UU. intervino para evitar lo que percibía como expansión comunista.
Más tarde, la intervención en Haití (1994-2004), a través de misiones militares y políticas, daría cuenta del doble rasero estadounidense: apoyó a Aristide en 1994, pero llevó a cabo presiones externas para su salida en 2004.
Y no debe soslayarse el bloqueo a Cuba desde 1962, el más prolongado y completo conjunto de sanciones económicas, comerciales y financieras aplicado contra país alguno en la historia moderna y respecto al cual la ONU, la Unión Europea y grupos de derechos humanos han señalado que viola flagrantemente el derecho internacional y afecta principalmente a la población civil.
Las consecuencias de este activo injerencismo o intervencionismo estadounidense en la región han sido del todo funestas. Las incursiones imperialistas o neocolonialistas solo abonaron a la inestabilidad política crónica y al debilitamiento democrático de los países latinoamericanos. Los golpes de Estado y los dictadores apoyados instalaron o respaldaron regímenes autoritarios que cometieron graves violaciones a los derechos humanos.
La doctrina de la seguridad nacional promovida durante la Guerra Fría militarizó a los Estados intervenidos y justificó la represión contra movimientos sociales, izquierdistas o disidentes, bajo el argumento de la “lucha contra el comunismo”. Se instaló, asimismo, una cultura de la injerencia a través de presión económica, manipulación de medios de comunicación masiva, apoyo a grupos opositores o acciones encubiertas, erosionando con ello la soberanía y la libre autodeterminación de los pueblos.
Por si esto no fuera poco, ahora mismo hay también en curso una nueva “guerra fría” ideológica, que va desde el río Bravo hasta la Patagonia: gobiernos de derecha, “amigos” de las libertades económicas, la propiedad privada y el mercado, frente a gobiernos de izquierda promotores de la preeminencia del Estado, la propiedad pública y el nacionalismo económico. Además, un agravante demoledor, que justificaría todo tipo de intervención, injerencia o invasión militar: gobiernos de izquierda narcoterroristas.
Una diferencia sustancial entre el viejo y el nuevo reordenamiento mundial es la justificación bajo la cual actúa el vigilante actual del continente americano. Antes lo hacía “en nombre de la democracia y los derechos humanos”, ocultando las motivaciones económicas imperiales; hoy es todo lo contrario: los intereses económicos dominan de manera abierta y sin recato la intervención, injerencia o invasión. La “sustracción” de Maduro permitirá el manejo directo y la entrega de una de las reservas de petróleo más grandes del planeta a las compañías petroleras de EE. UU.; así se podría disponer de petróleo barato para lograr reducir la inflación en la economía de ese país.
Acceder a fuentes de energía barata y a las llamadas “tierras raras” (vitales por sus elementos químicos para el desarrollo de las tecnologías modernas, desde las baterías de los autos eléctricos hasta los imanes de las turbinas eólicas, pasando por los materiales cruciales de los smartphones, los láseres y equipos médicos) determina las verdaderas coordenadas de las incursiones militares y paramilitares que seguiremos viendo durante la era Trump.
¿Qué hacer en México ante este reacomodo de fuerzas internacionales, en el que la hegemonía estadounidense se contrae en diversas regiones del planeta, pero se concentra y endurece en el continente americano?
En primer lugar, tener conciencia de que, desde la guerra de 1846-1848, México se encuentra en riesgo real de una ocupación mayor por parte de EE. UU.
En segundo término, redoblar con ese país la colaboración en materia de seguridad y comercio, para llegar a la renegociación de este año del T-MEC sin la presión contaminante del tema de los cárteles de la droga y sin perder soberanía territorial, política y jurídica.
En tercer lugar, emprender un cabildeo intenso en el Capitolio, en medios de comunicación estadounidenses y en foros académicos y de opinión pública sobre el esfuerzo sin precedente —en términos de vidas y de costo presupuestal— que realiza el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum en materia de seguridad y combate a los cárteles de la droga.
Dejar bien asentado que México no es un alien, sino un ally en la relación bilateral.
ricardomonreala@yahoo.com.mx<br /> X: @RicardoMonrealA



