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El Baúl de las historias breves

Adriana Cordero

La cocina de los domingos antiguos

Hay cocinas que no fueron solo un lugar, sino una hora repetida con fe. La nuestra, la de la casa que un día fue de mis abuelos y después fue el territorio completo de nuestra infancia, era una cocina grande, ancha de paredes y de recuerdos, donde el tiempo parecía cocinarse a fuego lento igual que los guisos. No era perfecta: las paredes cargaban ese tono de grasa antigua que ninguna pintura termina de borrar del todo, como si los años hubieran dejado ahí su firma de humo; y había una chimenea que parecía el corazón visible de la casa, una boca abierta que respiraba calor y historias. Pero en esa imperfección vivía lo verdadero. La cocina tenía un olor que no se aprende en ninguna tienda de “aromas para el hogar”, porque no era esencia: era vida. Olía a café colado desde temprano, a tortillas que se inflaban como pequeños pulmones sobre el comal, a jabón de trastes mezclado con cebolla recién cortada, a caldo que prometía un abrazo aunque afuera el mundo estuviera de malas. Y también olía a domingo, que es un olor distinto: el olor de la gente llegando sin pedir permiso, el olor del “ya estamos aquí” dicho desde la puerta, el olor de una casa que se prepara sin prisa porque sabe que va a llenarse.
Yo recuerdo esa cocina como se recuerda un patio de juegos, con una mezcla de claridad y de bruma, porque la infancia guarda las cosas con una luz especial, como si todo hubiera sucedido bajo un foco tibio. La mesa grande, o la idea de una mesa grande, porque a veces eran mesas pegadas, sillas agregadas, un acomodo improvisado, era el centro del universo. Ahí se juntaban mis padres con esa naturalidad de quienes sostienen el mundo sin que nadie lo note, ahí nos juntábamos nosotros, los hermanos, como si el domingo fuera una cuerda invisible que siempre nos jalara al mismo punto; y ahí, cuando mis hermanos se casaron, llegaron también las esposas, los nuevos lenguajes, las nuevas risas, los “en mi casa lo hacemos así” que terminaban convirtiéndose, con el tiempo, en un “aquí también”. Y luego llegaron mis sobrinos, que eran como chispas brincando sobre el piso, corriendo de un lado a otro, inventando travesuras con la inocencia de quien todavía no sabe que el ruido un día se extraña. Los veía jugar y era como ver el futuro practicando: pequeñas voces ensayando el mundo, pequeños pies apurando el aire. Había regaños suaves, amenazas de “si no se sientan no hay postre”, carcajadas que explotaban sin aviso, y esa armonía caótica que solo existe cuando hay familia y nadie está actuando.
La cocina era grande, sí, pero lo que la hacía inmensa no eran los metros: era el murmullo. Un murmullo que se construía con cosas pequeñas: el choque de las cucharas contra el plato, el “pásame la sal” que cruzaba la mesa como una pelota, el sonido de la tapa de una olla, el aceite cantando en el sartén, el agua corriendo, el pan crujiente rompiéndose, las sillas arrastrándose, las puertas abriéndose y cerrándose como si la casa también respirara. La chimenea guardaba un calor que se sentía hasta en la piel, pero el verdadero calor venía de otra parte: de esa manera en que todos hablaban al mismo tiempo y, aun así, se entendían; de esa forma en que una anécdota soltaba otra y luego otra, como si las historias estuvieran amarradas por un hilo y solo bastara tirar un poco para que se vinieran todas. Se hablaba de lo de antes, de lo de ahora, de lo que se quería hacer, de lo que no se pudo. Se reían de cosas mínimas, de chistes repetidos, de apodos viejos que nadie se atrevía a dejar morir. La cocina se llenaba de adultos: mis padres, mis hermanos, sus esposas; y sin darte cuenta, entre una risa y un “sírvete más”, el mundo parecía estar en orden.
Yo me acuerdo especialmente de la sobremesa. Esa palabra que, cuando la dices, trae un sillón invisible a la memoria. Porque no era solo “después de comer”, era otro ritual: el café que salía cuando ya nadie tenía hambre pero todos tenían ganas de quedarse; la charla que se alargaba y se volvía más íntima; las tazas golpeando suavemente el plato, el olor del café mezclado con el último rastro del guiso, el pan dulce apareciendo como una promesa. A veces alguien abría una ventana y entraba el aire de la tarde, ese aire que ya trae un poco de nostalgia aunque todavía sea temprano. Los niños, cansados de correr, se quedaban quietos un momento, como si el cansancio también fuera parte del domingo. Y nosotros, los que crecimos ahí, no entendíamos que eso era un tesoro. Lo vivíamos como se vive el agua: sin pensar en la sed.
Esa cocina vieja tenía una calidez que no venía de comodidades. No había porcelanatos brillantes ni climatización en cada habitación. Había, más bien, ese tipo de belleza que nace del uso: lo gastado por las manos, lo que ya conoce tu forma de llegar, lo que no te exige “cuidado” porque ya te ha perdonado mil veces. La casa era grande, sí, y quizá por eso el sonido se expandía y rebotaba con gracia. Había espacio para que la vida hiciera eco. Y aun cuando la cocina tuviera paredes más “gruesas”, más cargadas, más marcadas por el humo y el tiempo, a mí me parecía que esas paredes eran como brazos: sostenían el ruido, lo abrazaban, no lo dejaban caer. Eran paredes que habían visto generaciones. Paredes que escucharon secretos, pleitos, reconciliaciones, cumpleaños improvisados. Paredes que podían estar manchadas, sí, pero eran paredes testigo. Y en las casas testigo, una aprende que el amor no siempre es limpio, pero casi siempre es real.
Luego pasó lo que pasa en todas las historias sin que nadie lo escriba: nos cambiamos. Mis padres como se cambia de piel una vida— se fueron a una casa más moderna. Más pequeña, sí, pero más cómoda. Con clima en las habitaciones, con porcelanatos bonitos, con una estética más nueva que parece decir “aquí ya no cabe el pasado en el piso”. Una casa mejor acondicionada para quien cocina: menos calor, menos humo, menos grasa pegándose en las paredes, menos esfuerzo. Y a mí me parece justo. Porque también el cuerpo cambia, y el cuerpo pide tregua. La modernidad, en ese sentido, es una mano que alivia. Pero hay algo que la modernidad no sabe fabricar: ese calor de hogar que no viene del clima, sino de la gente.
La cocina nueva es más pequeña, más práctica, más silenciosa. Es una cocina que hace bien su trabajo. Todo está en su lugar. Los acabados son bonitos, la luz es más clara, el piso no guarda la historia, la guarda en la limpieza. Y sin embargo, a veces me siento ahí y siento frío. No porque el aire acondicionado esté encendido, sino porque la casa está vacía. Porque ya no existe el murmullo como costumbre. Ya no se llena de adultos hablando al mismo tiempo. Ya no hay niños corriendo, no hay esa travesura que a ratos desespera pero luego te salva del silencio. Ahora, de vez en cuando, llega uno que otro. Una visita breve. Un “pasé a saludar”. Un “traigo prisa”. Y se va. Y la casa se queda con esa quietud perfecta que en las fotos se ve hermosa, pero en el corazón pesa. A veces el café sí se hace, pero ya no tiene el mismo sabor de antes porque no tiene la misma compañía. A veces hay comida, pero no hay sobremesa. Ya no hay entremesa de risas que se alarguen hasta que la tarde se vuelva noche sin que nadie lo note. Ya no hay pláticas interminables porque ahora todos tienen un reloj en la garganta.
Y es que no solo cambió la casa. Cambió el ritmo de todos. Cambió esa manera de vivir que permitía que el domingo fuera un territorio sagrado. Ahora se vive con prisa, con pendientes, con agendas, con mensajes que llegan incluso cuando estás sentado a la mesa. Ya nadie llega “sin plan”. Ahora se avisa, se confirma, se vuelve cita lo que antes era costumbre. Se mide el tiempo como si estuviera en peligro de acabarse. Y claro que el tiempo se acaba, pero lo que duele no es que se acabe: lo que duele es ver cómo dejamos de habitarlo. Antes, el domingo era una casa entera. Hoy el domingo a veces es una hora libre que se defiende como quien defiende un pedacito de aire. Y en esa defensa se nos va la posibilidad de quedarnos. De quedarnos de verdad.
A veces me sorprendo pensando que el calor de aquella cocina vieja estaba hecho de cosas que parecían pequeñas: el ruido, el desorden, los platos de más, el sudor en la frente de quien cocinaba, el humo que se metía en la ropa, las paredes manchadas. Y ahora, en la cocina nueva, hay menos de todo eso y más “comodidad”, pero también hay menos risa. Menos anécdota. Menos voces al mismo tiempo. Menos niños. Menos “quédate tantito”. La comodidad le ganó terreno al caos, pero el caos era el idioma del amor. No el amor perfecto, sino el amor que se sienta sin pedir permiso, el amor que no necesita excusas para existir.
La cocina de los domingos antiguos no era solo un lugar donde se comía. Era un escenario donde la familia se reconocía. Donde cada quien volvía a ser parte de algo más grande que su semana, más grande que sus problemas. Era el sitio donde mis padres, sin decirlo, nos daban una certeza: aquí está tu casa, aquí hay un plato para ti, aquí puedes llegar aunque el mundo te haya cansado. Y pienso que eso es lo que más extraño: esa certeza compartida. Porque una casa puede ser moderna, hermosa, funcional, y aun así no sentirse hogar si no está habitada por la vida de los otros. El hogar no es el piso brillante ni el clima que enfría el aire. El hogar es el murmullo. Es esa conversación que no tiene finalidad, esa risa que no está programada, ese café que se sirve aunque nadie lo haya pedido.
Hoy, cuando entro a la cocina nueva, a veces cierro los ojos y trato de traer de vuelta la antigua. No la arquitectura, sino el ambiente. Trato de escuchar el eco de voces que ya no están, como si la memoria fuera una radio que sintoniza estaciones viejas. Recuerdo el olor a comida que se quedaba en la casa incluso después de lavar los trastes. Recuerdo a mis sobrinos jugando y la manera en que el tiempo parecía interminable. Y me doy cuenta de que lo que extraño no es solo un lugar: extraño una forma de vivir. Una forma de estar juntos sin la urgencia de irse. Extraño la sensación de que el domingo era un puente y no un descanso rápido antes de volver a correr.
Y entonces aparece la reflexión, inevitable, como aparece el último trago de café: quizá la vida no nos quita esas cocinas; quizá nosotros, sin darnos cuenta, dejamos de construirlas. Porque la cocina antigua no era mágica por sí sola: era el resultado de una decisión repetida. La decisión de ir. De quedarse. De alargar la sobremesa aunque hubiera cosas que hacer. La decisión de escuchar historias ya conocidas y reírse como si fueran nuevas. La decisión de permitir que la casa se ensuciara un poco para que el alma estuviera más limpia. Hoy vivimos convencidos de que la comodidad es lo más importante, y sí, es un alivio, pero no puede ser el centro. Porque una vida cómoda y vacía es como una cocina impecable donde nunca hierve nada: bonita, pero sin perfume.
Tal vez, pienso, no se trata de volver a la casa antigua porque los regresos a veces son imposiblessino de volver a encender lo que esa casa encendía. Recuperar, aunque sea en miniatura, la costumbre de juntarnos. Hacer espacio en una cocina pequeña para una risa grande. Resistir la prisa como quien resiste una tormenta: con paciencia, con terquedad, con amor. Volver a poner café después de la comida aunque el plan diga que “ya nos vamos”. Volver a decir “quédate tantito” como una oración. Volver a aceptar que el hogar no se mide en metros ni en comodidades, sino en presencia.
Porque al final, la cocina de los domingos antiguos fue un recordatorio de algo simple: lo que calienta no es el clima, es el vínculo. Lo que hace hogar no es la modernidad, es la gente. Y quizá la nostalgia no viene a castigarnos, sino a enseñarnos el camino de regreso a lo esencial. A mí, por lo menos, me lo enseña así: cada vez que extraño esa cocina grande de paredes marcadas y chimenea viva, entiendo que lo que realmente estoy buscando es el murmullo. Ese murmullo que decía “aquí perteneces”. Ese murmullo que, si nos atrevemos, todavía podemos volver a crear… aunque sea en una mesa más pequeña, en una casa más moderna, en un domingo más corto, pero con el mismo amor sirviéndose en silencio, como café recién colado.

Fin