El Baúl de las historias breves
Adriana Cordero
El 14 de febrero nunca fue como en las películas
El 14 de febrero nunca ha sido como en las películas, y no lo digo desde el desencanto ni desde la queja, sino desde la claridad que llega con los años, cuando una empieza a ordenar los recuerdos sin necesidad de embellecerlos ni de darles un sentido distinto al que realmente tuvieron. Cuando pienso en San Valentín, no aparecen escenas exageradamente románticas ni momentos perfectamente coreografiados; aparecen días comunes, marcados apenas por la intención de que no pasaran desapercibidos, pero que en el fondo se parecían mucho a cualquier otro día del año, como si la fecha solo cambiara el número en el calendario, pero no la forma de vivirla ni el ritmo con el que transcurría. No hay en mi memoria grandes expectativas, ni preparativos especiales, ni esa sensación de anticipación que suele acompañar a los relatos románticos; hay, más bien, una continuidad tranquila, una manera de atravesar el día sin rupturas, sin sobresaltos, sin algo que lo separara con claridad del resto de los días, como si el tiempo siguiera su curso habitual sin detenerse en la fecha. Todo ocurría de forma sencilla, casi automática, con pequeños gestos que cumplían la función de reconocer el día, detalles mínimos que señalaban que no se trataba de una jornada cualquiera, pero que tampoco lograban transformarla realmente en un momento distinto. La celebración, si se le puede llamar así, se diluía en lo cotidiano, se mezclaba con la rutina, con los horarios, con las costumbres ya establecidas, y quizá por eso nunca quedó asociada a una emoción específica ni a una imagen precisa, sino a una sensación general de normalidad, de estabilidad silenciosa, que hoy, vista a la distancia, se revela simplemente como parte natural de la historia tal como fue vivida, sin artificios, sin escenas memorables y sin la necesidad de haber sido otra cosa. Si hago memoria, solo han sido tres parejas las que realmente han significado algo en mi vida, y a veces me pregunto si ese significado tiene que ver con el tiempo que duré con ellas, con la convivencia prolongada, o con el hecho de que conforme pasan los años una se va volviendo más genuina, más fiel a lo que es, menos preocupada por agradar y más dispuesta a mostrarse sin filtros. Quizá es ahí donde las relaciones se vuelven más reales, pero también menos espectaculares. Con la primera de esas parejas, quien después se convirtió en mi esposo, existía un intento claro por hacer del 14 de febrero un día especial. Salíamos a cenar, elegíamos un restaurante, nos sentábamos a la mesa como si estuviéramos cumpliendo con una fecha importante, y sin embargo, algo no terminaba de encajar. No recuerdo conversaciones largas, ni risas profundas, ni recuerdos compartidos que se reconstruyeran con palabras. Para mí, amar siempre ha tenido que ver con hablar, con platicar, con decir y escuchar, y con él eso nunca fue natural. Las cenas eran solo eso: sentarse, comer, estar juntos físicamente, pero no emocionalmente. Era un festejo que se quedaba en la superficie, una celebración correcta, pero vacía de lo que para mí da sentido a una cita.
El matrimonio terminó, como terminan muchas cosas que no logran sostenerse en lo profundo, y con el paso del tiempo llegó otra pareja, casi sin anunciarse, casi sin hacer ruido, como suelen llegar algunas personas a la vida cuando una ya ha aprendido a no esperar demasiado. No hace tantos años de eso, y aun así, cuando intento recordar cómo eran mis días de San Valentín con él, la memoria se me nubla de una manera persistente, extraña, como si los recuerdos existieran pero se resistieran a tomar forma, como si estuvieran ahí pero cubiertos por una capa que impide verlos con claridad. Sé que había flores, sé que había cenas, sé que existía una intención romántica más clara, porque lo recuerdo de manera general, como se recuerdan las cosas que se repitieron más de una vez, pero no logro traer a mi mente una escena específica, un momento que se sienta vivo, completo, reconocible, uno de esos instantes que se fijan en la memoria y permanecen intactos a pesar del paso del tiempo. Todo aparece fragmentado, disperso, como imágenes sueltas que no alcanzan a formar una secuencia continua, y por más que intento ordenarlas, no terminan de acomodarse en algo concreto, como si faltara siempre una pieza que le diera sentido al conjunto. Recuerdo la idea de la cita, la certeza de que hubo gestos, la sensación de que se cumplía con lo esperado, pero no recuerdo el tono de la conversación, ni las palabras, ni la emoción precisa que acompañaba esos encuentros, y esa ausencia de detalles es lo que más llama mi atención ahora que intento reconstruirlos. Es como si esos días se hubieran ido borrando poco a poco, perdiendo intensidad, volumen y peso emocional con el paso del tiempo, diluyéndose hasta quedar reducidos a una noción general de lo que fue, sin imágenes claras que los sostengan. Y eso también me ha llevado a pensar que quizá no todo lo que vivimos deja huella, aunque en su momento creamos que sí, aunque mientras sucede parezca importante, significativo o suficiente. A veces las relaciones pasan por nuestra vida de una manera casi silenciosa, sin anclarse del todo, sin volverse parte de lo que somos, sin instalarse con firmeza en la memoria, y no porque hayan sido falsas, sino porque no alcanzaron a integrarse a nuestra historia emocional de una forma profunda. No se quedan como un punto de referencia al que se vuelve una y otra vez, no reclaman un espacio definido dentro del recuerdo, simplemente permanecen en un lugar impreciso, como algo que ocurrió pero que no terminó de marcar un antes y un después. Tal vez por eso el 14 de febrero con él no ocupa un lugar claro en mi historia emocional, no aparece como una fecha reconocible ni como una emoción puntual, sino como una sensación difusa, difícil de delimitar, presente solo como la certeza de que existió, sin escenas que la definan ni recuerdos nítidos a los que aferrarse cuando intento volver ahí.
La tercera pareja tampoco vino a cambiar esa narrativa. Incluso hemos llegado a viajar para estar juntos, y aun así el 14 de febrero no se transformó en un día distinto, en uno de esos días que se esperan con ilusión y se anticipan con una expectativa clara. A veces no hubo cena, a veces no hubo una cita que se pareciera a una cita, a veces solo estuvimos juntos, sin más, compartiendo el tiempo de una forma simple, sin marcarlo como algo especial, como cualquier otro día del año que transcurre sin detenerse. No había planes definidos ni preparativos que indicaran que la fecha merecía una pausa, y cuando intentábamos hacer algo diferente, esa diferencia se diluía rápidamente en la dinámica habitual. Y cuando hubo comida, muchas veces fue acompañados de alguien más, sin arreglarnos especialmente, sin esa intención consciente de separar el momento del resto de la rutina, como si la presencia de otros terminara de borrar cualquier intento de intimidad que pudiera distinguir al día.
Era lo cotidiano, lo simple, lo funcional, una forma de estar juntos que no necesitaba grandes gestos, pero que tampoco se detenía a construir un recuerdo. Todo ocurría con naturalidad, sin tensión, sin la sensación de que algo faltaba en el momento, aunque visto a la distancia se percibe una ausencia difícil de nombrar. El día pasaba sin sobresaltos, sin escenas memorables, sin conversaciones que se quedaran resonando, y al final se mezclaba con el resto de los días, perdiendo identidad propia. No había un antes y un después marcado por la fecha, no había una emoción que la definiera, solo la continuidad de una relación que se vivía desde la cercanía y la costumbre, más que desde la celebración.
Así, sin grandes diferencias, han transcurrido mis 14 de febrero, repitiéndose con variaciones mínimas, como si cada año confirmara la misma forma de vivirlos. Y al observar ese patrón, sin dramatizarlo, sin juzgarlo, aparece inevitablemente la duda, una duda silenciosa que no se impone pero que acompaña: ¿es así como se viven realmente estos días?, ¿es esta la manera más común de atravesarlos, sin hacerlos distintos?, ¿o soy yo quien no sabe apreciarlos como se supone que debería, quien no logra darles el valor que socialmente se les asigna? La pregunta no busca una respuesta inmediata, solo permanece ahí, suspendida, acompañando el recuerdo, sin resolverse, dejando espacio para que lo que sigue encuentre su lugar dentro de la historia.
Porque también es cierto que, de una u otra forma, ninguno de ellos dejó que el día pasara completamente desapercibido. hubo intentos, hubo detalles, hubo gestos que buscaban separar esa fecha del resto del calendario, y entonces la pregunta se vuelve más personal, más incómoda. ¿Será que soy yo la que no sabe recibir?, ¿la que no sabe valorar esos esfuerzos?, ¿o simplemente la que no conecta con la idea de que el amor deba concentrarse en un solo día? He pensado mucho en eso, sobre todo cuando veo cómo el 14 de febrero se vive afuera, en las vitrinas, en las redes sociales, en la mercadotecnia que insiste en decirnos cómo debería sentirse el amor: globos rojos, rosas, chocolates, desayunos con amigas celebrando la amistad, outfits con corazones, fotos planeadas para demostrar que el día fue especial. Todo parece empujarnos a una sola versión del amor, y cuando la nuestra no se parece, comenzamos a dudar de nosotros mismos.
Tal vez el problema nunca fue que mis 14 de febrero no fueran como en las películas, sino haber creído que debían serlo, haber asumido que el amor necesitaba parecerse a una escena conocida para sentirse real. Tal vez el amor no siempre llega con palabras bonitas ni con planes elaborados, sino con presencia, con compañía, con una cotidianidad que no hace ruido, pero que se instala y permanece. A veces el amor no se arregla para salir, no porque no importe, sino porque ya no necesita demostrarse, porque se vive desde un lugar donde la cercanía parece suficiente.
Y aun así, la duda permanece, porque una parte de mí sigue preguntándose si en algún momento no supe detenerme a valorar lo que sí había, si estaba tan ocupada esperando otra forma de amar que no vi la que tenía enfrente. No es un reproche, sino una inquietud que aparece con el tiempo, cuando una mira hacia atrás con más calma y menos expectativas. Tal vez confundí la falta de espectáculo con la falta de profundidad, sin considerar que hay amores que se expresan de manera silenciosa, y que solo se comprenden cuando ya han pasado.
Hoy, al mirar hacia atrás, no juzgo mis historias ni a las personas que formaron parte de ellas. Tampoco las idealizo. Las reconozco como fueron, con sus intentos, sus silencios y sus límites. Y reconozco algo más: que mi manera de amar siempre ha estado ligada a la conversación, a la conexión verbal, a sentirme escuchada y vista. Tal vez por eso algunos días no me parecieron suficientes, no porque faltara amor, sino porque no hablaba el mismo idioma que yo. Quizá el amor nunca fue como en las películas, pero sí fue real, imperfecto y humano. Y quizá no soy la única que ha sentido que el 14 de febrero no se parece a lo que nos vendieron, pero aun así forma parte de nuestra historia, de esa que no necesita luces ni música de fondo para haber sido verdadera.



