Julieta del Río
La Constitución Mexicana: conmemoración, discurso y la urgencia de respetarla
Cada 5 de febrero conmemoramos la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, nuestra Carta Magna, el documento fundamental que establece los derechos, las libertades y las obligaciones de todas y todos los mexicanos, así como la organización y límites del poder público. Promulgada en 1917, la Constitución ha sido el pilar del Estado mexicano y el reflejo de las luchas sociales que dieron forma a nuestra nación.
A lo largo de más de un siglo, la Constitución ha sufrido múltiples reformas. La actualización del marco constitucional no es, por sí misma, negativa; al contrario, es necesaria para responder a los cambios sociales, económicos y políticos del país. Sin embargo, resulta preocupante que, particularmente desde 2024 a la fecha, se haya registrado un número inusualmente elevado de modificaciones constitucionales, superando incluso etapas históricas completas desde su creación.
Estas reformas han incluido la eliminación de órganos constitucionales autónomos, así como la creación, modificación y abrogación de diversos artículos que, en los hechos, han ampliado de manera significativa las facultades del Poder Ejecutivo. Asimismo, se han impulsado cambios profundos en materias sensibles como salud, justicia y seguridad, muchas veces sin el análisis jurídico, normativo y constitucional que tales decisiones exigen.
Hoy vemos con frecuencia cómo senadoras y senadores, diputadas y diputados, suben a la tribuna a proponer reformas constitucionales que no han sido debidamente estudiadas ni discutidas en un contexto técnico y legal serio. Algunas iniciativas parecen ocurrencias; otras resultan francamente peligrosas para el equilibrio de poderes y el Estado de derecho. Puede haber reformas necesarias y bien intencionadas, pero se ha vuelto costumbre reformar la Constitución una y otra vez, debilitando su estabilidad y su carácter de norma suprema.
Durante el reciente evento conmemorativo realizado en el estado de Querétaro, cuna del constitucionalismo moderno mexicano, se habló extensamente en los discursos oficiales sobre soberanía y democracia. Coincido en que México es un país libre y soberano, como lo establece nuestra Constitución, y que ante cualquier amenaza externa debemos defender nuestra independencia. Sin embargo, la soberanía no se agota en el discurso, ni la democracia se limita a elecciones.
La democracia existe plenamente cuando se respetan los derechos humanos, cuando se garantiza la división de poderes y, sobre todo, cuando se respeta la Constitución. Hablar de respeto constitucional implica honrarla, acatarla y cumplirla, no interpretarla de forma discrecional ni violentarla desde el poder, mucho menos bajo el amparo de la impunidad.
Hoy más que nunca es necesario reflexionar sobre la distancia que existe entre el discurso y el cumplimiento efectivo de la Constitución. Defenderla no significa reformarla sin límites, sino preservarla como el marco que protege a la ciudadanía frente a los excesos del poder. Conmemorar la Constitución debe ser un acto de responsabilidad, no solo de palabras, sino de hechos que fortalezcan el Estado de derecho y la democracia en México.
Porque entre el decir y el hacer, entre el discurso y el respeto real a la ley, todavía hay mucho camino por recorrer.



