Juntos por la justicia de género
Eva María López Valerio
En un contexto donde las diferencias suelen amplificarse, hablar de feminismo como un punto de encuentro puede parecer, para algunos, contradictorio. Sin embargo, el feminismo, en su esencia más profunda, no fragmenta: convoca. Nos reúne en una causa común que trasciende ideologías, generaciones y experiencias: la construcción de una sociedad con justicia de género.
La justicia de género va más allá de la igualdad formal. No se limita a reconocer que mujeres y hombres deben tener los mismos derechos, sino que exige crear las condiciones reales para que esos derechos puedan ejercerse plenamente. Esto implica mirar de frente las desigualdades históricas, las brechas persistentes y las violencias estructurales que han limitado el desarrollo de millones de mujeres (ONU Mujeres, 2020).
El feminismo ha sido una herramienta clave para evidenciar estas desigualdades. Desde distintas voces y corrientes, ha cuestionado las estructuras que normalizan la exclusión y ha impulsado transformaciones legales, sociales y culturales (Lagarde, 2005). Pero su alcance no se agota en la denuncia: también propone caminos. Caminos donde la equidad se convierte en un principio rector, entendida como la capacidad de reconocer las diferencias para corregir las desventajas (Rawls, 1971).
En México y en regiones como Zacatecas, la justicia de género sigue siendo una tarea pendiente. Las cifras de violencia contra las mujeres, las limitaciones en el acceso a oportunidades laborales dignas y la sobrecarga de trabajo no remunerado son reflejo de una realidad que no puede ignorarse (CEPAL, 2021). Frente a ello, el feminismo no sólo visibiliza, sino que articula esfuerzos colectivos para exigir cambios concretos.
Pero hablar de justicia de género no es hablar únicamente de instituciones o políticas públicas. Es también hablar de lo cotidiano. Está en la forma en que se distribuyen las responsabilidades en el hogar, en las oportunidades que se brindan en las aulas, en el respeto que se construye en los espacios laborales. La transformación no ocurre únicamente en las leyes, sino en la vida diaria (hooks, 2000).
Es importante subrayar que el feminismo no es una idea única ni rígida. Su diversidad es reflejo de las múltiples realidades que busca transformar. Lejos de debilitarlo, esta pluralidad lo fortalece, porque permite construir respuestas más completas y sensibles a distintos contextos (Fraser, 2013).
“Juntos por la justicia de género” no es sólo un título: es una invitación. Una invitación a entender que este esfuerzo no corresponde únicamente a las mujeres, sino a toda la sociedad. Porque la justicia no es un beneficio sectorial, es un principio que fortalece el tejido social en su conjunto.
Sumarse a esta causa no implica renunciar a identidades o posturas, sino reconocer que una sociedad más justa es posible cuando se construye desde la corresponsabilidad. El feminismo, lejos de dividir, abre la puerta a un diálogo necesario y urgente.
Al final, la justicia de género no es una meta lejana, sino una tarea compartida. Y en esa tarea, el verdadero cambio comienza cuando entendemos que no se trata de avanzar por separado, sino de caminar, decididamente, juntos.


