Dr. Pablo Quezada
Mundial 2026: el escaparate de un México entre el orgullo y la crisis
El Mundial de 2026 llegará a México con una paradoja enorme: un país que será visto por millones de personas como una nación de cultura, futbol y hospitalidad, pero que también carga con una de sus heridas más profundas: la violencia ligada al crimen organizado y la desconfianza hacia sus instituciones. México será una de las sedes del torneo junto con Estados Unidos y Canadá; tendrá partidos en ciudades como Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
La fiesta del futbol puede ser una oportunidad para mostrar lo mejor del país: su gente, su historia, su gastronomía y su pasión por el deporte. Pero también pondrá bajo los reflectores las contradicciones nacionales. Mientras en los estadios habrá cámaras del mundo entero, fuera de ellos seguirá la exigencia de seguridad, justicia y gobiernos capaces de enfrentar a los grupos criminales.
En el debate público mexicano existe una fuerte crítica hacia la relación entre política y crimen organizado. Algunos sectores han acusado a distintos gobiernos y funcionarios de permitir la infiltración del narcotráfico en instituciones; otros señalan que esas acusaciones deben probarse caso por caso y no convertirse en afirmaciones generales sin evidencia. Lo cierto es que la violencia criminal y la impunidad son problemas reales que han marcado la vida de muchas comunidades.
El Mundial no puede convertirse en una cortina de humo. Un torneo deportivo dura semanas, pero los problemas de seguridad, corrupción y desigualdad permanecen durante años. La verdadera victoria para México no sería solamente organizar buenos partidos, sino demostrar que puede proteger a su población, fortalecer sus instituciones y recuperar la confianza ciudadana.
El balón rodará en 2026, pero la pregunta de fondo será otra: ¿qué imagen de México verá el mundo cuando termine el último partido? ¿La del país de la fiesta y el futbol, o la de un país que sigue luchando contra los poderes que lo han debilitado?



