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Adriana Cordero
Un día común también termina siendo un recuerdo

Hubo una época de mi vida en la que pensaba que los recuerdos importantes llegarían después. Después de terminar un proyecto. Después de alcanzar una meta. Después de resolver algún problema. Después de que las cosas estuvieran en orden. Como muchas personas, pasé años imaginando el futuro. Pensando que cuando llegara cierto momento sería más feliz, tendría más tiempo, más tranquilidad o más certezas. Lo curioso es que mientras mi atención estaba puesta en lo que venía, la vida seguía sucediendo silenciosamente frente a mí.
Hace más de una década regresé a la ciudad donde crecí después de haber vivido muchos años fuera. Cuando llegué, la ciudad me resultaba familiar y extraña al mismo tiempo. Conocía sus calles, sus plazas y sus rincones, pero ya no era la misma persona que se había ido. El tiempo hace su trabajo aunque no nos demos cuenta. Uno cambia costumbres, adquiere experiencias, pierde algunas certezas y gana otras. Regresé con una versión distinta de mí misma y con la sensación de estar comenzando nuevamente en muchos aspectos. Mis amistades estaban en aquella otra ciudad donde había vivido durante tantos años. Eran las personas con quienes había compartido una etapa importante de mi vida. Aquí, en cambio, sentía que debía empezar de nuevo.
Y así fue como poco a poco comenzaron a aparecer nuevas personas. Primero llegaron las amigas del gimnasio. Después las mamás del colegio de mis hijos. Más tarde las compañeras de inglés, las de francés, las conocidas que con el tiempo dejaron de ser solamente conocidas. Sin planearlo, mi vida comenzó a llenarse de pequeños grupos de amigas. Había amigas para el café, para el desayuno, para compartir preocupaciones, para celebrar cumpleaños, para reírnos de cosas que a nadie más le parecían graciosas. Y entre todos esos encuentros también reaparecieron mis compañeras de preparatoria.
Y entre todos esos grupos de amigas también aparecieron las que conocí en la preparatoria. Llegaron en una etapa muy particular de nuestras vidas. Aunque seguíamos teniendo sueños, proyectos y muchas ganas de disfrutar lo que la vida nos pusiera enfrente, ninguna llegaba con las manos vacías. Todas traíamos una historia detrás, experiencias que nos habían transformado y caminos muy distintos que nos habían llevado hasta ese mismo lugar.
Algunas atravesaban separaciones, otras estaban comenzando de nuevo y otras intentaban reconstruir partes de su vida que en algún momento creyeron seguras y permanentes. Sin embargo, lejos de encontrarnos desde la tristeza, nos encontramos desde las ganas de seguir adelante. Había en todas nosotras una mezcla de fortaleza, esperanza y deseo de disfrutar el presente, aun cuando la vida no siempre hubiera resultado como la imaginamos años atrás.
Tal vez por eso conectamos tan bien. Porque cada una entendía, desde su propia experiencia, que crecer también significa aprender a reinventarse. Sin saberlo, comenzábamos a construir amistades que con el tiempo se convertirían en parte importante de nuestras historias y en recuerdos que muchos años después seguirían haciéndonos sonreír.
Hoy, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que tuve la fortuna de pertenecer a muchos grupos de amigas. Algunos permanecieron intactos, otros cambiaron con el tiempo y algunos se fueron reduciendo poco a poco. Así ocurre con la vida. No todas las personas están destinadas a acompañarnos para siempre, pero muchas dejan huellas profundas aunque los caminos terminen tomando direcciones distintas. Sin embargo, hay un grupo muy especial que ha permanecido cerca de mi corazón. Mi grupo de amigas de preparatoria. Aquel grupo numeroso de otros tiempos se redujo con los años hasta quedar solamente tres. Y aunque somos menos, siento que nuestra amistad se volvió más grande.
Hay algo muy especial en las amistades que sobreviven al paso del tiempo. Ya no es necesario explicar demasiado. Nos conocemos tanto que a veces basta una mirada para saber que algo sucede. Podemos intentar decir que estamos bien cuando no lo estamos, pero la otra siempre termina descubriéndolo. Conocemos nuestras historias, nuestras fortalezas, nuestras heridas y nuestras manías. Hemos visto las distintas versiones de cada una y, de alguna manera, seguimos aquí.
Lo que más me gusta es que nuestras reuniones continúan siendo tan naturales como siempre. Coincidimos casi todos los días en el gimnasio. A veces terminamos sentadas en el piso conversando mientras el tiempo avanza sin pedir permiso. En ocasiones una tiene una gran historia que contar. Otras veces somos dos. Y algunos días simplemente compartimos anécdotas pequeñas que, sin saber cómo, terminan convirtiéndose en conversaciones profundas. Después llegan los desayunos, los cafés y esos momentos en los que siempre parece faltar tiempo porque todavía quedan muchas cosas por decir.
Y es precisamente en esos desayunos donde ocurre algo que me encanta. Siempre aparece algún recuerdo. Basta una fotografía enviada al grupo, una anécdota mencionada al azar o una frase que alguien pronuncia para que de pronto viajemos años atrás. Entonces comenzamos a recordar lugares, personas, situaciones y ocurrencias que creíamos olvidadas. Lo curioso es que muchas veces una recuerda detalles que las otras habían borrado por completo. Entre todas reconstruimos escenas que parecían perdidas. Y mientras hablamos, inevitablemente aparece esa sonrisa que surge cuando uno recuerda algo que le hizo bien al alma.
Hace unos días escuché a alguien decir que muchas personas pasan la vida añorando el futuro. Pensando que serán felices cuando se gradúen, cuando encuentren pareja, cuando compren una casa, cuando tengan hijos, cuando logren cierta estabilidad o cuando alcancen alguna meta específica. Y mientras esperan ese momento ideal, el presente pasa casi desapercibido. Aquella reflexión se quedó conmigo porque me hizo pensar en todas esas conversaciones con mis amigas. Cuando éramos más jóvenes también imaginábamos el futuro. Hacíamos planes. Soñábamos. Creíamos que la felicidad estaba en algún lugar hacia adelante. Ninguna de nosotras podía saber exactamente dónde estaría años después ni cómo sería realmente su vida.
Y, sin embargo, mientras soñábamos con el futuro ya estábamos viviendo momentos extraordinarios disfrazados de días comunes. Las risas de aquellos encuentros, los desayunos improvisados, las llamadas inesperadas, las fotografías tomadas sin intención de volverse importantes, los abrazos, los proyectos, los tropiezos y hasta las lágrimas terminaron convirtiéndose en parte de las historias que hoy seguimos recordando.
Quizá por eso cada vez estoy más convencida de que la vida no ocurre mañana. No ocurre cuando tengamos más dinero, cuando llegue la casa soñada, cuando desaparezcan los problemas o cuando sintamos que por fin estamos preparados. La vida ocurre ahora. Mientras tomamos café con una amiga. Mientras escuchamos una historia que ya nos han contado varias veces. Mientras reímos por algo que solamente entiende nuestro grupo. Mientras acompañamos a alguien que queremos. Mientras compartimos tiempo con las personas que forman parte de nuestro presente.
Porque un día, sin darnos cuenta, alguien enviará una fotografía de este momento. Tal vez aparezca en el teléfono una imagen olvidada entre miles de archivos o quizá una conversación rescate un recuerdo que parecía perdido. Y entonces volveremos aquí. A estos desayunos, a estas conversaciones, a estas risas y a estas historias que hoy forman parte de nuestra rutina. Las veremos con otros ojos, igual que hoy miramos aquellos años que parecían tan normales mientras los estábamos viviendo.
Y quizá sea entonces cuando comprendamos algo que el tiempo intenta enseñarnos una y otra vez. Que la vida rara vez ocurre en los momentos que imaginamos. No sucede únicamente cuando alcanzamos una meta, cuando compramos la casa soñada, cuando llega el trabajo ideal o cuando finalmente logramos aquello que llevábamos años esperando. La vida ocurre mucho antes de todo eso. Ocurre mientras vamos en camino. Mientras compartimos un café, mientras escuchamos una historia que ya hemos oído varias veces, mientras acompañamos a alguien que queremos o mientras reímos hasta que nos duela el estómago por algo que dentro de unos años ni siquiera recordaremos con exactitud.
Pasamos gran parte de nuestra existencia mirando hacia adelante. Pensando que cuando llegue cierta etapa seremos más felices, más libres o estaremos más completos. Nos convencemos de que la felicidad vive unos pasos más adelante y, sin darnos cuenta, dejamos pasar momentos que algún día daríamos cualquier cosa por volver a vivir una vez más. Porque la verdad es que casi nunca sabemos que estamos viviendo un recuerdo mientras sucede. Lo descubrimos mucho tiempo después, cuando ya forma parte de nuestra historia.
Quizá por eso me gusta tanto escuchar las conversaciones que comienzan con un simple “¿te acuerdas?”. Porque detrás de esas dos palabras suelen esconderse los momentos más valiosos de nuestra vida. Instantes que parecían pequeños, comunes e incluso insignificantes cuando ocurrieron, pero que con los años se llenaron de significado. Una comida compartida. Una tarde cualquiera. Una amistad que nació sin hacer ruido. Una fotografía tomada sin intención. Un abrazo. Una conversación que parecía una más entre tantas.
Y entonces entendemos que aquello que hoy llamamos recuerdos alguna vez fue simplemente un día común. Un día como este. Un día que nadie pensó que sería importante. Un día que pasó desapercibido mientras todos estaban ocupados viviendo.
Tal vez por eso la vida nos pide tan poco y al mismo tiempo tanto: estar presentes. Habitar los momentos cuando suceden. Disfrutar a las personas mientras están. Decir lo que sentimos. Reír sin prisas. Compartir el tiempo sin esperar una ocasión especial. Porque los años terminan enseñándonos que las historias más bonitas no siempre nacen de los grandes acontecimientos. Muchas veces nacen en la sencillez de lo cotidiano, en esos momentos que parecen pequeños mientras ocurren y que, sin embargo, terminan ocupando un lugar inmenso en nuestra memoria.
Y si algo me han enseñado los años y las amistades que han acompañado distintos capítulos de mi vida, es que quizá el secreto no está en perseguir constantemente el siguiente momento importante, sino en reconocer que este también lo es. Que la vida no está esperando más adelante. La vida está aquí. En este café, en esta conversación, en esta risa, en este abrazo, en este instante que hoy parece común y que algún día, cuando lo recordemos, entenderemos que fue extraordinario.