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Es usted lo más grande.

Verónica Arredondo, hija de Don Manuel Arredondo Miranda

Papá, su muerte ha sido un gran golpe para todas y todos nosotros, su familia, sus amigos, sus compañeros. A veces parece un mal sueño, una pesadilla, que tenemos que aceptar porque no nos queda otro recurso. Hemos tenido la fortuna de compartirlo, de tenerlo en nuestras vidas, de conocerlo y aprender de usted y con usted; nos contagiamos de usted y es de las mejores cosas que nos pudo suceder. Hubiéramos preferido que siguiera vivo, una nunca se sacia de compartir y amar a los seres humanos bonitos, como usted, sin embargo entendemos los ciclos. Sabemos que en donde se encuentre estará bien, porque para las almas bonitas estoy segura que siempre existe un lugar hermoso. Su compañía nos hizo más fácil la existencia. No tenerlo es un nuevo desafío. Intentaremos rendir homenaje a lo que nos enseñó y nos dio. Nada será en vano. Es usted lo más grande y nos llena de dicha que fuera nuestro padre, esposo, amigo, compañero, vecino. Siempre fue, es y será mi gran orgullo, papá. Gracias por darnos tanto amor, por imprimir tanta fuerza, gracias por tanto, papá.
No puedo decirlo de otra forma, pero mi padre, Manuel Arredondo, fue un adelantado a su tiempo. Solamente puedo explicarlo de una forma: el me crió y me formó. Soy una muestra de lo que él como ser humano, persona, hombre, pensaba y hacía. No recibí una educación tradicional porque para él hombres y mujeres valían lo mismo y merecían las mismas oportunidades. Eso puedo decir sobre él y agradecerle para toda la eternidad que lo haya intentado y conseguido. Sí lamento no tenerlo, pero lo entiendo y acepto. Estoy aturdida por el hecho, no encuentro consuelo, quisiera, pero no lo encuentro. Sé que los que lo tuvimos cerca todavía no podemos soportar su ausencia. Sé que hay momentos en que nos sentimos arruinados por su partida, pero también sé que hemos sido privilegiados.
Su cariño, su sapiencia, sus consejos, nunca tuvieron un precio. Su hacer como padre fue extraordinario porque no fue un padre común. Creo que se construyó diferente por las ideas que lo atravesaron. Y es que reconozco que recibí una formación que podría venir desde el feminsmo si habláramos de una mujer, pero mi padre era un hombre y aun así me instruccionó para empoderarme y reclamar y luchar por mis derechos y no ceder en una sociedad machista y patriarcal. Luego, supongo, es una razón para haberme vuelto científica y matemática, porque siempre he buscado caminar los caminos vedados para las mujeres para que otras mujeres tengan más opciones de crecimiento y desarrollo. Se lo debo en mucho a él, a mi gran raíz, mi sombra más amable, mi padre, a Don Manuel.
Queridas y queridos lectores, discúlpenme si lo reitero, pero es que he sido privilegiada por tener un padre como el que tuve. Él quiso conformar una familia que no era precisamente la familia común. Eso ocasionó que nos desarrolláramos con un pensamiento más crítico y más abierto, considerando nuestro entorno. La razón la desconozco, el porqué él pensó que debería de intentarlo como lo hizo. Encontró a la compañera adecuada, adecuó su contexto, lo logró. Sus hijas e hijos somos el resultado, pero no el único. Porque quienes lo conocieron como amigos, alumnos, colegas, puede dar constancia de lo que inculcó y construyó en su alrededor.
Vamos a sufrir su ausencia, vamos a necesitar de él como no imaginamos. Pero estoy segura que lo que nos enseñó no lo olvidaremos y lo tendremos presente. Llevaremos como estandarte sus palabras. Tenemos su voz y sus sonrisas, sus abrazos y su calma. Tenemos un sinfín de gestos de él. Tenemos sus tratos, su fuego, sus latidos, sus maneras. Tenemos ese su don que contenía luz y esperanza. Tenemos todo de él, nos queda él en él, aunque haya muerto porque quizá en otro lado, en otra dimensión y lugar lo reclamaban y necesitaban y lo comprendemos. Lo quiero tanto papá, como toda la vida, como siempre.