El Baúl de las historias breves
Adriana Cordero
Un café para cada versión que fui
Hay aromas que no piden permiso; entran como si conocieran el camino de memoria y, cuando menos lo esperas, ya te están moviendo los muebles por dentro. El café es uno de esos. No necesito beberlo para sentir cómo me cambia el clima de la cabeza: basta con que empiece a levantarse el vapor desde una cafetera y el aire se vuelva más espeso, más tibio, como si de pronto la casa recordara algo que yo había guardado en un cajón sin etiqueta. Me pasa sobre todo en los días fríos, cuando la mañana trae un silencio que parece recién trapeado, cuando la luz se cuela en diagonal por la ventana y todo suena más despacio; entonces el café no es una bebida, es una invitación a sentarse. Hay algo en ese olor que te obliga a hacer pausa, aunque por dentro traigas prisa, aunque jures que ya no te afecta, aunque tu boca prefiera otras cosas. Y yo, que no me considero adicta, que incluso he aprendido a tenerle respeto por lo que me provoca, me descubro obedeciendo al aroma como quien obedece a una voz antigua: me acerco, abro el frasco, huelo sin vergüenza y dejo que esa fragancia me diga que aquí, en esta cocina de ahora, también caben las cocinas de antes.
Cuando era niña, o de esa edad en la que una todavía cree que el mundo cabe en una mesa, el café no era un tema de adultos intocables ni una advertencia en voz seria. En mi casa se tomaba café y punto, como se toma agua, como se enciende una radio, como se conversa. Siempre vivió con nosotros una tía que tomaba café, y en mi memoria ella es una presencia hecha de pequeños rituales: una taza en la mano, una cucharita golpeando la orilla con un sonido claro, el azúcar cayendo como lluvia mínima, el gesto de soplar porque todo recién servido parece demasiado caliente para el corazón. No era esa época de “a los niños no se les da café”; o quizá sí lo era, pero en mi casa las reglas se doblaban cuando se trataba de cariño. Mi tía me daba café, y yo lo aceptaba con esa solemnidad con la que uno acepta pertenecer. Eso sí: era mi café, preparado a mi medida, casi una promesa de café. Muy ligero, tan ligero que el color apenas se asomaba, como si el café estuviera aprendiendo a ser café dentro del agua; dulce, porque yo no soportaba el sabor fuerte. Recuerdo que lo cargaba de azúcar sin culpa, como se cargan los días de infancia de cosas fáciles, y me gustaba más el consuelo que el sabor: me gustaba sentir la taza tibia entre las manos, el vapor pegándome en la nariz, el permiso de estar ahí, en la mesa de los grandes, escuchando sin entender del todo pero sintiéndome parte. Ese café era un puente; no importaba si lo tomaba por gusto o por juego, lo importante era lo que significaba: que alguien me lo servía, que alguien se acordaba de mí al preparar la jarra, que el mundo podía tener amarguras y aun así uno podía endulzarlas.
Con los años, uno se va volviendo su propia casa, pero no siempre sabe dónde guardar los aromas. Yo crecí y llegó ese momento inevitable en el que hay que irse: dejar la casa de los padres, salir con una vida por estrenar, aprender a pagar cuentas, a elegir compras, a sostenerse el día sin que nadie te lo acomode. En esa transición, el café seguía existiendo como una especie de prueba de continuidad: en casa había café; en la vida adulta también había café. Yo lo compraba, lo tenía, lo veía en la alacena como quien ve una fotografía familiar: estaba ahí, pero no era necesariamente algo de todos los días. Nunca fui la típica que toma café con pan como si fuera un mandato; yo no necesitaba ese complemento para sentirme completa. Pero sí era la típica que salía a tomar café con sus amistades, porque el café, en mi vida, fue más conversación que bebida, más pretexto que costumbre. Era sentarse en una mesa de algún lugar con el ruido de tazas alrededor, y ver cómo el tiempo se volvía más amable mientras alguien contaba su semana, mientras una reía, mientras otra se desahogaba, mientras el mundo afuera seguía sin nosotras por un rato. Y si me preguntas por efectos secundarios en ese entonces, no los tengo presentes; tal vez porque la juventud tiene esa arrogancia de creer que nada la sacude o porque el cuerpo, generoso, a veces se guarda el cobro para después. En mi recuerdo, el café de esos años se parece a las sobremesas: está ahí, acompaña, pero no exige protagonismo.
Pero hubo un punto, hace unas dos décadas, calculo, en el que el café dejó de ser solo símbolo y empezó a ser sustancia. Yo acostumbraba ir a desayunar a un lugar específico en esos tiempos, un sitio que se volvió repetición por comodidad, por costumbre o por esa falsa seguridad que da saber qué pedir sin pensar. Pedía mi desayuno y pedía tazas de café, como quien pide lo de siempre, y fue ahí donde empecé a notar algo que antes no había querido ver: que el café me alteraba. No era una alteración romántica de película, no era “qué energía tan bonita”, era una aceleración que me hacía sentir como si mi cuerpo estuviera caminando más rápido que mi mente, como si el corazón hubiera decidido hacer su propio horario. En esos días, el apetito se me iba como si alguien lo apagara; me sentía inquieta, un poco temblorosa, con esa sensación rara de tener demasiada luz por dentro. Y lo más curioso es que la pista estaba clara: me pasaba los días que desayunaba ahí. Me pregunté si servían el café fuerte, si era la cantidad, si era la forma, si era mi cuerpo cambiando; y en esa pregunta comencé a conocer algo de mí que no se enseña en la infancia: que hay placeres que a veces cobran caro, que el cuerpo también tiene memoria, que no todo lo que huele rico le hace bien a una. No fue un drama; no fue un “nunca más”. Fue una negociación con la vida adulta: me di cuenta, ajusté, cambié el hábito. Y entonces empecé a pedir café descafeinado cuando volvía a esos lugares, no porque quisiera renunciar al ritual, sino porque quería conservarlo sin pagar el precio completo.
Desde entonces, mi relación con el café se volvió esa mezcla extraña de amor y distancia, como ciertas personas que quisiste mucho pero de lejos funcionan mejor. No soy adicta; si un día no hay café, no me pasa nada. Si hay, tampoco me vuelvo dependiente. Pero el aroma… el aroma es otra historia. Puedo entrar a un lugar y no pedir una sola taza, y aun así sentir que mi día cambia solo por haber respirado ese olor. Hay cafeterías que te invitan desde la puerta, no por el menú, sino por esa nube de café que se cuelga en el aire y te empuja suavemente a sentarte. Y ahí me descubro recordando: la taza ligera de mi infancia, el azúcar como consuelo, la tía que me daba café sin preguntarse si era “adecuado”, las mesas con amigas, los desayunos que me aceleraban, mi propio intento de ser adulta y cuidar mi cuerpo sin dejar de ser yo. A veces el café me funciona como un álbum de fotografías que no necesita papel; a veces es una puerta hacia personas que ya no están en la mesa pero siguen existiendo en el recuerdo con una claridad casi dolorosa. ¿A quién no le ha pasado que un olor lo regresa a una casa que ya no existe o a una conversación que ya no se repite? El café tiene esa capacidad: no solo huele a café; huele a mañanas, a lluvia, a domingos, a decisiones, a una vida vivida por etapas.
Con el tiempo empecé a tomar más té, quizá porque el cuerpo me lo pedía, quizá porque el té no me acelera, quizá porque se parece al café en la ceremonia sin parecerse en el efecto. El té también calienta, también acompaña, también te da algo que sostener mientras piensas. Pero el café siguió siendo el lenguaje universal de las pláticas largas. Hay algo en ofrecer café que dice “quédate tantito”, que dice “vamos a conversar”, que dice “siéntete en casa aunque no sea tu casa”. En mi casa hay una cafetera que prepara un café fuerte, fuerte de verdad, de esos que con dos tragos te dejan despierta hasta los pensamientos. Yo no lo puedo tomar; mi cuerpo no lo perdona. Y aun así me gusta tenerlo, me gusta prepararlo cuando tengo visitas, me gusta ofrecerlo con una sonrisa, porque el café, aunque no sea mío para beber, sí es mío para compartir. Me encanta el aroma mientras se prepara, el sonido de la máquina, el momento en que la cocina se llena de esa promesa. He visto cómo la gente se relaja al recibir una taza, cómo baja los hombros, cómo empieza a hablar distinto, como si el café abriera una compuerta y de pronto la conversación pudiera ser más honesta. Y a mí me pasa algo igual: aunque no lo tome, aunque elija té, el café me hace sentir que estoy sosteniendo un puente entre lo que fui y lo que soy, entre la niña que se endulzaba la vida con azúcar y la adulta que aprendió a cuidarse.
A veces me pregunto si el café me gusta por sí mismo o por lo que simboliza. Porque si soy completamente sincera, a mí no me enamora el sabor fuerte. Nunca me gustó lo amargo como bandera. Lo que amo es el aroma, el momento, la atmósfera. Amo llegar a un lugar donde el café “se siente”, donde las mesas tienen historias y el aire está tibio aunque afuera haya frío. Amo esa idea de que hay cosas que se comparten sin necesidad de explicarlas: alguien te sirve café y tú entiendes que te están ofreciendo compañía. Y también amo el recuerdo de mi tía, no tanto por la bebida, sino por lo que ella hacía con ese gesto simple: me incluía. Me daba un lugar. Me decía con una taza ligera que yo también podía estar en la mesa grande. Y si hoy miro hacia atrás, pienso que esa fue una de las primeras veces que entendí el cariño en forma de rutina: no eran grandes discursos, eran pequeñas cosas repetidas. Era preparar mi café “suave”, casi transparente, como si mi tía supiera que a mí lo que me gustaba era el abrazo de la taza, no el golpe del sabor. Hay enseñanzas que llegan así, sin letreros, y se quedan para siempre: que puedes ajustar la intensidad de la vida, que no tienes que tragar amarguras completas para pertenecer, que puedes endulzar sin culpa cuando estás aprendiendo.
Por eso este título me queda cerca: “Un café para cada versión que fui”. Porque, si lo pienso bien, mi vida también ha sido una serie de tazas con distinta fuerza. La niña que tomaba café dulce con casi nada de café era una versión que necesitaba suavidad; no se le podía dar lo fuerte, lo áspero, lo que te sacude. La joven que salía a tomar café con amistades necesitaba conversación y compañía; el café era apenas un idioma común, un punto de encuentro. La adulta que descubrió que el café la alteraba tuvo que hacerse responsable de su cuerpo, tuvo que aprender a escuchar señales, tuvo que dejar de romantizar lo que la lastimaba aunque se viera bonito en la mesa. Y la mujer de ahora, que elige té pero ama el aroma, es una versión que entiende que no se trata de renunciar, sino de elegir con amor; que se puede conservar lo que te conecta sin obligarte a soportar lo que te hace daño. “Un café para cada versión que fui” es eso: una forma de decirme que valoro a esa niña, a esa joven, a esa adulta confundida; que les agradezco; que no las juzgo por lo que no sabían. Es sentarme con ellas, aunque sea en silencio, y darles un gesto simbólico: aquí está tu taza, aquí está lo que te gustaba, aquí está el aroma que te hacía sentir segura.
Y quizá el cierre no tenga que ser una gran frase moral, ni una lección escrita en piedra; tal vez la reflexión es más suave, más humana, como el café ligero de mi infancia. Hoy, por ejemplo, podría preparar café para quien viene a visitarme, y mientras la casa se llena de olor, yo podría servirme un té. Podría poner dos tazas sobre la mesa: una taza fuerte para el presente, para la conversación que va a ocurrir aquí y ahora, y otra taza ligera, imaginaria, pero real en el corazón, para esa versión mía que se sentaba al lado de mi tía, con azúcar de sobra y ojos curiosos. Podría dedicarle ese olor, como quien dedica una canción: “mira, aquí sigues; no te perdí”. Y entonces entender que el tiempo no siempre se mide en años, a veces se mide en aromas; que hay días que te regresan a quien fuiste sin necesidad de viajar; que el cuerpo aprende y cambia y eso también es una forma de crecer; que lo importante no es ser la persona que toma café fuerte o la persona que no lo toma, sino ser la persona que se conoce lo suficiente como para elegir su intensidad. Si el café me hace retroceder en el tiempo, que sea para abrazar mi historia, no para quedarme atrapada en ella; que sea para agradecerle a mi tía la mesa, la taza, la ternura, y para decirme a mí misma, a todas mis versiones, que todavía tengo derecho a endulzar la vida cuando lo necesite, y que también tengo derecho a cuidarme cuando algo me acelera. Al final, el café quizá no es lo que bebo; es lo que recuerdo. Y con eso, con el simple hecho de que un aroma pueda sostenerme, ya me basta para sentir que no me he ido del todo de casa, porque la casa, a veces, también se construye con un olor que te dice: siéntate, aquí estás.
Fin



