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En nuestras diferencias, las coincidencias: la sororidad como complicidad entre mujeres
Eva María López Valerio
Durante mucho tiempo se nos enseñó que las diferencias entre mujeres eran motivo de distancia: pensar distinto, vivir distinto o elegir distinto parecía colocarnos en bandos opuestos. Sin embargo, en medio de esa diversidad, comienza a emerger una idea poderosa: es precisamente en nuestras diferencias donde podemos encontrar coincidencias. Ahí es donde la sororidad cobra sentido, no como uniformidad, sino como una forma de complicidad consciente entre mujeres.
La sororidad, concepto desarrollado desde el feminismo contemporáneo, implica una alianza ética, política y afectiva entre mujeres para hacer frente a las desigualdades estructurales que las atraviesan (Lagarde, 2006). No se trata de pensar igual, sino de reconocerse en la otra, incluso cuando sus experiencias o decisiones no coinciden con las propias. Es un ejercicio de empatía que rompe con la lógica histórica de competencia y fragmentación.
Hablar de complicidad entre mujeres puede resultar incómodo en ciertos contextos, porque durante años se ha asociado la palabra “complicidad” con algo negativo o encubridor. Sin embargo, en el marco de la sororidad, la complicidad adquiere otro significado: es acompañamiento, respaldo y presencia. Es saber que, aun en la diferencia, existe una red que sostiene, que escucha y que no juzga desde la superioridad moral.
Las diferencias entre mujeres son inevitables y, más aún, necesarias. No es lo mismo ser mujer en un contexto rural que en uno urbano; no es lo mismo atravesar la vida desde el privilegio que desde la precariedad; no es igual la experiencia de una joven que la de una mujer adulta. Estas múltiples realidades no debilitan la sororidad, la enriquecen. Como señala hooks (2000), el feminismo solo puede ser transformador sí reconoce las intersecciones de opresión y construye desde la diversidad.
El problema no radica en las diferencias, sino en cómo se gestionan. Cuando se convierten en juicios, exclusiones o descalificaciones, reproducen las mismas dinámicas que históricamente han limitado a las mujeres. Pero cuando se transforman en puntos de encuentro, permiten construir una sororidad más madura, más crítica y más realista.
En la vida cotidiana, esta complicidad se expresa en gestos concretos: escuchar sin minimizar, apoyar sin condiciones, reconocer el trabajo de otras mujeres, abrir espacios y no cerrarlos. También implica cuestionar prácticas que, aunque normalizadas, perpetúan la desigualdad entre mujeres, como la competencia desleal o la invalidación de trayectorias distintas.
No obstante, es necesario reconocer que la sororidad no siempre se da de manera automática. Requiere voluntad, conciencia y, en ocasiones, incomodidad. Implica revisar prejuicios propios y entender que no todas las mujeres parten del mismo lugar. Como advierte Lagarde (2006), la sororidad es una construcción política que exige compromiso, no solo afinidad.
En contextos marcados por la violencia de género y la desigualdad, la sororidad se convierte en una herramienta de resistencia. Es en la complicidad entre mujeres donde se tejen redes de apoyo, se comparten estrategias de sobrevivencia y se construyen espacios más seguros. No es un ideal abstracto, sino una práctica concreta que tiene efectos reales en la vida de las mujeres.
Reconocer que en nuestras diferencias podemos encontrar coincidencias no es un acto ingenuo, es una postura política. Es decidir que, a pesar de lo que nos separa, hay algo más profundo que nos une: la búsqueda de dignidad, justicia y reconocimiento.
Porque la sororidad no elimina las diferencias, pero sí nos enseña a habitarlas sin destruirnos.