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YO NO QUIERO SER LA MUJER MARAVILLA

Mtra. Adriana Bujdud Nassar
Consejera en Imagen Profesional
En muchos hogares mexicanos todavía existe una idea silenciosa, pero profundamente arraigada: que las mujeres “pueden con todo”. Y aunque a simple vista pareciera un reconocimiento a nuestra capacidad, en realidad muchas veces es una carga disfrazada de virtud.
Desde niñas, a muchas mujeres se nos enseña que debemos ser responsables de casi todo lo que sucede dentro y fuera del hogar. Nos educan para cuidar, resolver, atender, organizar y sostener emocionalmente a quienes nos rodean. Se espera que podamos trabajar, estudiar, criar hijos, mantener la casa limpia, cocinar, comprar los víveres, lavar la ropa, planchar, atender a la pareja y, además, hacerlo con buena actitud, paciencia y sin quejarnos demasiado.
El problema no es que las mujeres tengamos la capacidad de realizar múltiples tareas. El problema es que la sociedad ha normalizado que debamos hacerlo todo, casi siempre solas y muchas veces sin reconocimiento.
En México, millones de mujeres viven una doble o incluso triple jornada. Cumplen horarios laborales exigentes, compiten profesionalmente en espacios donde constantemente deben demostrar su capacidad, y al llegar a casa continúa otra lista interminable de responsabilidades domésticas y familiares. Mientras tanto, todavía persiste la idea de que esas tareas son “naturales” en la mujer, como si hubiéramos nacido programadas para servir, cuidar y resolver la vida de todos.
Para las mujeres profesionistas, esta realidad puede ser especialmente agotadora. No basta con destacar en el ámbito laboral; también parece existir una presión permanente por ser madres perfectas, esposas presentes, hijas atentas y administradoras impecables del hogar. La exigencia es tan alta que muchas terminan viviendo con culpa constante: culpa por trabajar demasiado, culpa por no pasar suficiente tiempo con los hijos, culpa por descansar, culpa incluso por pensar en sí mismas.
Y aunque se habla mucho de empoderamiento femenino, pocas veces se habla del cansancio femenino. Del desgaste físico de una mujer que duerme poco porque debe cumplir con todo. Del agotamiento emocional de sostener hogares enteros mientras también intenta crecer profesionalmente. Del peso mental de recordar pendientes, resolver problemas y anticiparse a las necesidades de todos. La sociedad suele admirar a la mujer multitareas, pero rara vez se pregunta cuánto le cuesta serlo.
No se trata de victimizar a las mujeres ni de negar nuestras capacidades. Se trata de reconocer que durante años se ha construido una expectativa injusta alrededor de nosotras: la de ser infalibles. Y nadie debería vivir bajo la obligación permanente de poder con todo.
Tal vez ha llegado el momento de replantear muchas ideas que siguen profundamente normalizadas. Compartir responsabilidades no debería ser visto como una ayuda “extra” hacia la mujer, sino como un acto básico de justicia y corresponsabilidad. Porque detrás de muchas mujeres fuertes, organizadas y aparentemente “perfectas”, existe también cansancio, presión, renuncias personales y una enorme carga emocional que pocas veces se ve. Entonces así lo vuelvo a decir: YO NO QUIERO SER LA MUJER MARAVILLA.