Adriana Cordero
Llegamos tarde a la vida de casi todos
Hace algunos meses me encontré con una persona a la que no veía desde hacía muchos años. No podría decir que se tratara de un reencuentro, porque para reencontrarse quizá primero hay que haberse encontrado de verdad, y nosotros nunca lo hicimos. Nos conocíamos, sí, pero de esa manera en que uno conoce a tantas personas que aparecen durante determinada etapa de la vida: sabemos quiénes son, recordamos su rostro, conocemos a alguien de su familia o compartimos algunos lugares, pero no existe realmente una historia entre nosotros. Él había sido eso para mí: un conocido más entre muchas personas que formaron parte del escenario de aquellos años. Por eso, cuando lo tuve nuevamente frente a mí, mi primera pregunta fue casi una comprobación. Le pregunté si era hermano de alguien cuyo nombre todavía recordaba y él respondió que sí. Después intentamos precisar de dónde nos conocíamos, qué lugares habíamos frecuentado y quiénes estaban alrededor entonces. Fue extraño comprobar que compartíamos muchos recuerdos sin haberlos compartido realmente entre nosotros.
Una persona llevaba inevitablemente a otra. Yo mencionaba un nombre y él lo recordaba; él hablaba de algún lugar y yo podía verlo perfectamente en mi memoria. Aparecieron situaciones que parecían olvidadas y pequeños detalles que habían permanecido guardados durante años. Nos sorprendía descubrir que habíamos estado tantas veces cerca sin haber coincidido de verdad. Habíamos frecuentado lugares semejantes, conocido a la misma gente y transitado por una misma época, pero mientras todo aquello ocurría cada uno estaba ocupado viviendo su propia vida. Yo tenía mis asuntos, mis preocupaciones y mis planes. Él tendría los suyos. De eso no hablamos demasiado. Hay conversaciones que no necesitan recorrer todos los caminos; a veces basta con detenerse en uno para que después nos quedemos pensando en los demás.
A partir de aquel encuentro surgió una amistad sencilla, de esas que permiten retomar conversaciones que muchos años atrás nunca se dieron. En alguna conversación apareció una pregunta que terminó quedándose conmigo: ¿por qué no te conocí antes? Quizá nació de la curiosidad de descubrir que habíamos coincidido tantas veces sin llegar a conocernos realmente. Yo tampoco tenía una respuesta. Algunas veces parecía preguntármelo a mí y otras daba la impresión de estar preguntándoselo a sí mismo. Yo tampoco tenía una respuesta. Podía decirle que simplemente no ocurrió, que quizá nunca hubo oportunidad o que estábamos demasiado ocupados con nuestras respectivas vidas. Probablemente todas esas explicaciones habrían sido ciertas. Sin embargo, aquella pregunta se quedó conmigo después de que terminó la conversación, porque me hizo pensar en algo mucho más amplio: casi siempre conocemos a las personas cuando su historia ya comenzó.
Llegamos tarde. Llegamos cuando ya han ocurrido cosas que nunca veremos, cuando existen personas cuyos nombres desconocemos, lugares donde jamás estuvimos, decisiones en las que no participamos y recuerdos que solamente podremos conocer si algún día deciden contárnoslos. Cuando conocemos a alguien a los treinta, cuarenta o sesenta años no estamos frente a una página en blanco. Esa persona ya se enamoró, se equivocó, perdió algo, cambió de opinión, tuvo miedo, abandonó sueños y quizá comenzó de nuevo varias veces. Nosotros conocemos la versión que llegó hasta nuestro presente, pero detrás de ella existen muchas otras que jamás vimos.
Y curiosamente esto también sucede con nuestra propia familia. Llegamos tarde incluso a nuestros padres. Cuando somos niños creemos, de alguna manera, que comenzaron a existir cuando nosotros llegamos. Mamá siempre fue mamá y papá siempre fue papá. Nos cuesta imaginarlos jóvenes, enamorados, inseguros, tomando decisiones sin saber si eran correctas. Conocemos algunas historias porque las escuchamos durante años y existen fotografías que nos permiten asomarnos a aquella vida, pero hubo amigos cuyos nombres nunca supimos, conversaciones en las que no estuvimos, sueños anteriores a nosotros y preocupaciones que probablemente jamás nos contaron. Incluso de las personas que creemos conocer desde siempre existen versiones que nunca conoceremos.
Con nuestros hijos parece suceder exactamente lo contrario. Ellos llegan a nosotros prácticamente con todas las páginas en blanco. Los vemos abrir los ojos al mundo, aprender a caminar, decir sus primeras palabras, desarrollar gustos, miedos y pequeñas manías. Durante algunos años creemos saber absolutamente todo de ellos. Sabemos qué los hace llorar, qué les gusta, qué necesitan y hasta podemos anticipar algunas de sus reacciones. Creemos conocerlos porque estuvimos desde la primera página. Pero después crecen y poco a poco comienzan a escribir sin nosotros. Aparecen pensamientos que desconocemos, conversaciones de las que no formamos parte, decisiones que toman sin preguntarnos y personas que ocupan espacios de su vida a los que ya no tenemos acceso. Van formando un carácter que unas veces reconocemos y otras nos sorprende. He escuchado a padres decir sobre sus propios hijos: “Lo desconozco.” Siempre me ha parecido una frase muy fuerte, porque demuestra que ni siquiera haber estado desde el principio garantiza conocer el resto de la historia.
Entonces pensé que quizá el tiempo no determina cuánto conocemos a una persona. Hay gente que lleva décadas en nuestra vida y nunca nos ha preguntado qué pensamos realmente sobre ciertas cosas. Y hay personas que aparecen mucho después y sienten curiosidad por saber de dónde venimos, qué hemos vivido, qué nos hizo cambiar o por qué pensamos como pensamos. Preguntan. Escuchan. Recuerdan algo que les contamos y lo relacionan con otra historia. Poco a poco comienzan a conocer versiones nuestras que nunca presenciaron, pero que de alguna manera llegan a comprender.
Tal vez eso fue lo que aquella pregunta consiguió dejarme. ¿Por qué no te conocí antes? Quizá porque no tenía que ser antes. La vida no organiza los encuentros siguiendo un calendario perfecto. Nos cruzamos con algunas personas demasiado jóvenes para comprenderlas; con otras coincidimos durante años sin mirarlas realmente; algunas aparecen cuando estamos ocupados mirando hacia otro lado y otras llegan cuando ya tenemos suficiente historia para poder sentarnos a contarla. No sé si existe un momento correcto para conocer a alguien.
Además, conocer antes tampoco garantiza permanecer. Hay personas que estuvieron en nuestros primeros años y desaparecieron mucho antes de llegar a los actuales. Otras aparecieron durante poco tiempo y dejaron algo que todavía conservamos. Algunas siguen ahí desde el principio y también existen quienes llegan cuando creíamos que nuestra vida estaba bastante definida y, sin necesidad de transformarla, simplemente nos muestran una conversación nueva, otra manera de mirar alguna cosa o incluso una versión de nosotros mismos que no habíamos observado demasiado.
Quizá por eso llegar tarde no significa necesariamente haberse perdido lo importante. Nunca podremos regresar a determinada edad de alguien ni estar presentes en las escenas que ocurrieron antes de conocerlo. Podemos escuchar cómo fueron, imaginar los lugares, aprender nombres y reconstruir acontecimientos, pero nunca será exactamente lo mismo que haber estado ahí. Sin embargo, hay algo hermoso en que una persona quiera conocer aquello que no presenció, en que pregunte por una historia antigua y escuche la respuesta como si también tuviera importancia para ella.
Porque quizá conocer a alguien no consiste en acumular años a su lado, sino en prestar atención. En tener curiosidad. En comprender que la persona que tenemos enfrente no comenzó el día que nosotros la conocimos. Todos llevamos detrás distintas versiones de nosotros mismos: fuimos niños que alguien más conoció, adolescentes que hicieron cosas que ahora nos causarían risa, jóvenes convencidos de verdades que después cambiaron y adultos que tomaron decisiones con la información que tenían entonces. Algunas de esas versiones permanecen dentro de nosotros; otras quedaron tan lejos que incluso nosotros tenemos dificultades para reconocernos en ellas.
Aquella persona y yo seguimos recordando durante un rato nombres, lugares y situaciones. A veces alguno decía algo y el otro respondía sorprendido porque también había estado cerca. Resultaba curioso comprobar cuántas veces nuestras historias habían transitado por calles paralelas sin llegar a coincidir. No encontré una explicación especial para ello. Probablemente no la haya. Éramos simplemente dos personas ocupadas viviendo sus respectivas vidas.
Pero su pregunta consiguió quedarse conmigo.
¿Por qué no nos conocimos antes?
Ahora creo que respondería algo distinto: porque llegamos tarde a la vida de casi todos. Llegamos cuando nuestros padres ya tienen una historia, cuando nuestros amigos han vivido cosas que desconocemos, cuando una pareja trae consigo años que no nos pertenecen y cuando cualquier desconocido que se sienta frente a nosotros guarda experiencias de las que apenas conocemos una pequeña parte. Incluso quienes estuvieron desde nuestro principio terminarán viviendo capítulos lejos de nuestra mirada.
Y quizá no haya nada triste en eso. Cuando conocemos a alguien siempre existen páginas escritas, personajes que no conocimos, lugares donde nunca estuvimos y versiones suyas que jamás veremos. No podemos regresar al principio de cada persona que llega a nuestra vida ni acompañarla en todo lo que ocurrió antes de nosotros.
Pero tal vez conocer a alguien nunca consistió en haber estado desde la primera página. A veces llegamos a mitad de la historia y quizá lo verdaderamente importante sea tener suficiente interés por saber cómo empezó. Porque no siempre importa cuánto tiempo hemos estado en la vida de alguien, sino la atención con la que decidimos estar cuando llegamos. Hay historias a las que nos incorporamos tarde y que, aun así, despiertan en nosotros el deseo de conocer sus capítulos anteriores, de entender un poco más a quien tenemos enfrente y descubrir todo aquello que ocurrió antes de que nuestros caminos coincidieran. Tal vez llegar tarde no sea llegar fuera de tiempo; quizá sea simplemente llegar cuando la historia ya tiene algo que contarnos.





