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Las mujeres mexicanas también están liderando el cambio del campo

Por Eva María López Valerio
Durante décadas, cuando se hablaba del campo mexicano, la imagen predominante era la de un hombre trabajando la tierra. Sin embargo, esa representación resulta incompleta. En parcelas, ejidos, comunidades rurales, organizaciones productivas y universidades existe una presencia femenina fundamental. Las mujeres mexicanas también están liderando el cambio del campo.
Las mujeres producen alimentos, administran unidades familiares, comercializan productos, conservan semillas, cuidan animales y transmiten conocimientos tradicionales. También estudian agronomía, investigan, emprenden e incorporan nuevas tecnologías a la producción agropecuaria.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura reconoce la importancia de las mujeres para los sistemas agroalimentarios y, al mismo tiempo, señala las desigualdades que enfrentan en el acceso a recursos, oportunidades económicas, tecnología y espacios de decisión (FAO, 2023).
En México, uno de los grandes desafíos continúa siendo el acceso a la tierra. Históricamente, los derechos agrarios estuvieron asociados principalmente a los hombres debido a patrones de propiedad, herencia y representación familiar. Aunque la participación de las mujeres como titulares de derechos agrarios ha avanzado, todavía existen condiciones que limitan la igualdad sustantiva (Registro Agrario Nacional [RAN], s. f.). La propiedad y la certeza jurídica de la tierra son especialmente importantes porque no representan únicamente patrimonio. Para una mujer rural pueden significar autonomía económica, acceso a programas productivos y capacidad para participar en las decisiones de su núcleo agrario.
Mujeres que innovan y transforman
El campo mexicano enfrenta problemas como cambio climático, degradación de los suelos, disponibilidad de agua, elevados costos de producción, dificultades de comercialización, migración y falta de relevo generacional. Frente a estos desafíos, las mujeres no deben ser consideradas solamente beneficiarias de programas sociales, sino actoras fundamentales del desarrollo rural.
Hoy encontramos mujeres profesionistas en agronomía, veterinaria, zootecnia, biología, administración e investigación. Su participación demuestra que el campo no solamente requiere trabajo físico: también necesita conocimiento, innovación, administración y tecnología.
Las nuevas generaciones pueden combinar herramientas como sistemas eficientes de riego, agricultura regenerativa, análisis de suelos y comercialización digital con conocimientos tradicionales relacionados con semillas, biodiversidad y conservación de los recursos naturales. Este papel adquiere mayor importancia ante los desafíos ambientales. La Agenda 2030 reconoce la igualdad de género, la seguridad alimentaria, la producción sostenible y la protección de los ecosistemas como componentes del desarrollo sostenible (Naciones Unidas, 2015).
Igualdad para transformar el campo
Reconocer el liderazgo femenino también obliga a identificar los obstáculos. Muchas mujeres rurales combinan actividades productivas con trabajo doméstico y de cuidados, lo que puede reducir sus oportunidades de capacitación, organización y participación. A ello se suman dificultades relacionadas con financiamiento, asistencia técnica, tecnología y acceso a recursos productivos. Por ello, una política rural con perspectiva de género debe ir más allá de programas dirigidos exclusivamente a mujeres. Es necesario garantizar condiciones reales para acceder a tierra, agua, crédito, capacitación, tecnología, comercialización y espacios de toma de decisiones.
También debemos mirar hacia las jóvenes rurales. Una estudiante de agronomía que regresa a su comunidad con conocimientos sobre agricultura regenerativa, manejo eficiente del agua, tecnología o administración agropecuaria puede convertirse en un importante agente de transformación.
México no puede plantearse la recuperación del campo dejando fuera a las mujeres. Esto tampoco significa desplazar a los hombres, sino construir condiciones donde mujeres y hombres puedan participar en igualdad de oportunidades.
El cambio ya está ocurriendo: está en la productora que modifica sus prácticas agrícolas; en la ejidataria que participa en una asamblea; en la investigadora que busca alternativas frente a la sequía; en la estudiante de agronomía que propone nuevas formas de producción; y en la emprendedora que transforma una cosecha para generar valor agregado.
Durante demasiado tiempo, gran parte del trabajo de las mujeres rurales permaneció invisible. Reconocerlo no es una concesión, sino aceptar una realidad productiva, económica y social. El campo mexicano necesita inversión, tecnología, infraestructura, certeza jurídica y políticas públicas de largo plazo, pero también necesita igualdad de oportunidades. Porque cuando una mujer accede a la tierra, al conocimiento, al financiamiento y a la toma de decisiones, aumenta su capacidad de transformar su entorno.
Las mujeres mexicanas no están esperando a que llegue el cambio al campo: ellas también lo están sembrando, cultivando y liderando.