Adriana Cordero
A veces extraño versiones mías que ya no existen
Hay versiones de nosotros que desaparecen tan lentamente… que a veces ni siquiera alcanzamos a notar el momento exacto en el que dejaron de existir. No sucede de golpe. No es como apagar una luz o cerrar una puerta. Más bien ocurre despacio, casi en silencio, mientras la vida avanza, mientras las personas llegan, mientras otras decepcionan, mientras aprendemos cosas que quizá nunca hubiéramos querido aprender. Un día simplemente te descubres reaccionando distinto a como lo hacías antes y entonces entiendes que algo cambió dentro de ti. Ya no hablas igual, ya no confías igual, ya no entregas tan fácilmente ciertas partes de ti que antes parecían tan sencillas de ofrecer. Y es extraño, porque a veces uno extraña personas, lugares o momentos… pero hay ocasiones en las que lo que más extrañamos son versiones nuestras que ya no volvieron. Versiones que miraban la vida con más calma, más ilusión o incluso más ingenuidad. Y quizá la palabra ingenuidad suele sonar negativa cuando uno crece, pero sinceramente creo que algunas de las etapas más felices de nuestra vida las vivimos precisamente desde ahí, desde no saber demasiado, desde no analizar tanto, desde todavía no conocer ciertas decepciones que más adelante nos enseñarían a mirar todo con más cuidado.
De niña, por ejemplo, la vida parecía mucho más sencilla. No porque realmente lo fuera, sino porque alguien más se encargaba de hacernos sentir seguros. Había algo profundamente tranquilizador en creer que los adultos siempre tenían razón, que podían arreglarlo todo, que sabían exactamente qué hacer para calmarnos. Recuerdo cuando bastaba caerse, rasparse las rodillas y escuchar a alguien decir “sana sana colita de rana” para sentir que el dolor de verdad disminuía. Y ahora que lo pienso, quizá no era la frase lo que curaba, sino la confianza absoluta que teníamos en las personas que nos cuidaban. Creíamos tanto en ellas que sus palabras se convertían en refugio. Qué bonito era vivir así. Qué bonito era poder descansar en la idea de que alguien más tenía el control de las cosas difíciles mientras nosotros solamente nos dedicábamos a vivir. A emocionarnos por cosas pequeñas. A esperar con ilusión los recreos en la escuela, las caricaturas de la tarde, una salida los domingos o simplemente llegar a casa y sentir el olor de la comida recién hecha. En aquella etapa uno no se cuestionaba quién mentía, quién fingía o quién podía traicionarte. Uno simplemente quería a la gente. Confiaba. Y esa facilidad para confiar hacía también que la vida se sintiera más ligera.
Con el tiempo todo cambia. La vida comienza a mostrarte que no todas las personas hablan desde la honestidad, que no todo el que sonríe tiene buenas intenciones y que muchas veces las palabras pueden decir una cosa mientras las acciones cuentan una historia completamente diferente. Entonces empiezas a analizar más. Ya no escuchas solamente lo que alguien dice, ahora observas cómo actúa, cómo responde, cómo desaparece, cómo cambia. Antes bastaba una promesa para tranquilizarte; ahora incluso las promesas bonitas pueden despertar dudas. Y no porque uno quiera vivir desconfiando, sino porque las experiencias te van enseñando a protegerte. A veces pienso que crecer también significa desarrollar una especie de caparazón emocional. No uno que nos vuelva fríos, sino uno que intenta evitar que ciertas heridas vuelvan a repetirse. Porque después de ciertas decepciones ya no vuelves a acercarte a las personas de la misma manera. Es como si algo dentro de ti hiciera cálculos silenciosos todo el tiempo. Antes conocías a alguien y comenzabas desde el cien por ciento de confianza; ahora pareciera que todos empiezan desde mucho menos y tienen que ir ganándose poco a poco aquello que antes entregabas naturalmente.
Y quizá eso también termina afectando la manera en que vivimos las relaciones. Las amistades, el amor, incluso el compañerismo. Recuerdo que antes uno podía emocionarse más fácilmente por las personas. Bastaba sentir conexión para abrirles espacio en tu vida. Ahora no. Ahora analizamos demasiado. Nos hacemos preguntas que antes ni siquiera existían en nuestra mente. “¿Será sincero?”, “¿realmente le importo?”, “¿qué intención tendrá?”, “¿por qué actúa así?”. Y aunque muchas veces ese análisis nace como una forma de protección, también es cierto que le roba cierta magia a las relaciones humanas. Porque cuando uno todavía no conoce ciertas decepciones, ama de una manera mucho más libre. Se entrega sin tantas reservas. Cree más. Espera más. Sueña más. Quizá por eso muchas relaciones suelen sentirse más intensas y bonitas al principio, porque todavía vivimos desde el desconocimiento. Porque todavía queremos creer. Porque aún no aparecen todos esos focos rojos que después empiezan a modificar nuestra manera de mirar a la otra persona. Y es curioso cómo las decepciones funcionan casi como pequeñas restas emocionales. Comienzas confiando completamente y cada mentira, cada desilusión, cada incoherencia va disminuyendo algo. Un diez por ciento menos aquí, otro poco allá… hasta que un día descubres que ya no amas igual, ya no esperas igual o ya no te emocionas de la misma forma.
Pero no solamente cambian nuestras relaciones. Cambiamos nosotros en cosas tan pequeñas que a veces ni siquiera las notamos. Antes, por ejemplo, yo sentía que podía acercarme a las personas con más naturalidad. Creía más fácilmente en la bondad de la gente. Pensaba que quien sonreía bonito seguramente también tenía un corazón bonito. Ahora ya no. Ahora observo mucho más. Escucho distinto. Analizo silencios, actitudes, contradicciones. Y aunque agradezco haber aprendido a cuidarme, también extraño un poco a esa versión mía que todavía veía la vida con menos miedo. Porque hay algo cansado en vivir pensando demasiado. Hay algo triste en sentir que debes estar alerta todo el tiempo para evitar salir herido. A veces creo que uno no extraña exactamente la inocencia, sino la paz mental que venía con ella.
Incluso en las cosas más cotidianas se nota el cambio. Antes una amistad nacía con facilidad. Bastaban conversaciones largas, coincidencias simples o reírse juntos un par de veces para sentir cercanía. Ahora no. Ahora uno tarda más en abrirse porque ya aprendió que no todas las personas llegan para quedarse y que algunas solamente pasan dejando confusión, desgaste o decepción. Antes uno compartía partes de su vida sin pensar demasiado; ahora hay cosas que guardamos incluso cuando queremos hablarlas. Porque ya aprendimos que no todo el mundo sabe cuidar lo que uno confía. Y quizá eso es lo más duro de crecer: descubrir que no todas las personas aman, cuidan o sienten desde el mismo lugar desde donde lo hacemos nosotros.
A veces también extraño la versión mía que podía emocionarse por cosas simples sin pensar inmediatamente en todo lo malo que podría pasar después. Porque cuando eres niño o incluso cuando todavía no has vivido ciertas decepciones, las ilusiones llegan limpias, sin miedo. Crees en lo que te dicen porque tu corazón todavía no sabe lo que es desconfiar. Y aunque la vida inevitablemente nos enseña a mirar con más cautela, creo que hay algo profundamente valioso en recordar a esas versiones nuestras que vivían con el corazón más abierto. No para volvernos ingenuos otra vez, sino para no endurecernos completamente. Porque una cosa es aprender y otra muy distinta es dejar de sentir.
Hace tiempo escuché una frase que decía que nadie se baña dos veces en el mismo río porque ni el río ni la persona vuelven a ser los mismos. Y creo que eso describe perfectamente lo que vivimos. Nunca volvemos a amar exactamente igual. Nunca volvemos a confiar de la misma manera. Cada experiencia nos modifica un poco. Cada pérdida, cada alegría, cada decepción y cada persona que pasa por nuestra vida deja algo dentro de nosotros. Incluso con la misma persona las relaciones cambian constantemente, porque nosotros también cambiamos. Y aunque a veces eso puede dar nostalgia, también creo que ahí está una parte importante de la vida. En entender que cada versión nuestra tuvo una razón de existir. La niña que confiaba ciegamente. La adolescente que soñaba demasiado. La mujer que aprendió a protegerse. Todas ellas siguen siendo parte de nosotros, aunque ya no reaccionen igual ante el mundo.
Y quizá al final crecer no se trata de dejar de creer en las personas, sino de aprender a hacerlo de una manera más consciente. Tal vez no se trata de perder sensibilidad, sino de aprender a cuidar el corazón sin cerrarlo por completo. Porque, aunque la vida nos cambie, aunque algunas experiencias nos vuelvan más cautelosos y aunque ciertas decepciones nos hagan extrañar versiones nuestras que ya no existen, también es verdad que cada etapa nos deja algo valioso. Incluso las heridas. Incluso las despedidas. Incluso aquello que en su momento dolió. Porque gracias a todo eso hoy entendemos mejor lo que merecemos, lo que queremos y la manera en que deseamos ser queridos.
Y aun así, muy en el fondo, sigo pensando que las versiones más bonitas de nosotros son aquellas que alguna vez se atrevieron a amar, confiar y sentir sin miedo. Aunque después la vida las haya cambiado un poco. Porque esas versiones fueron reales. Fueron sinceras. Y aunque ya no existan exactamente igual… qué bonito haberlas vivido. Qué bonito haber tenido alguna vez el corazón tan limpio como para emocionarnos sin medida, para creer en las personas sin necesidad de buscar segundas intenciones y para entregarnos a ciertos momentos sin pensar todo el tiempo en cómo podrían terminar. Hay una ternura enorme en esas versiones nuestras que todavía no sabían protegerse tanto, porque vivían más ocupadas en sentir que en defenderse. Y aunque crecer nos enseña a poner límites, a observar más y a cuidar lo que sentimos, creo que jamás deberíamos avergonzarnos de haber sido personas nobles, sensibles o profundamente entregadas. Porque al final esas versiones no hablan de debilidad, hablan de la capacidad tan humana de vivir con el corazón abierto. Y quizá, aunque la vida nos transforme una y otra vez, siempre habrá una parte de nosotros que mire hacia atrás con cariño, recordando a quien fuimos antes de aprender ciertas cosas, antes de volvernos más cautelosos, antes de entender que no todo el mundo sabe cuidar aquello que uno ofrece desde el alma.


