Adriana Cordero
La vida también tiene camerinos
Hace unos días tuve una de esas conversaciones que empiezan sin demasiadas pretensiones y terminan llevándonos por lugares que no habíamos pensado visitar. Hablamos de muchas cosas, aunque creo que terminé hablando bastante de mí. De lo que me gusta, de algunas cosas que hago, de otras que pienso y de esas pequeñas particularidades que uno va mencionando sin detenerse demasiado a considerar si dicen algo importante sobre nosotros. No fue una conversación solemne ni de esas en las que alguien anuncia que está a punto de revelar algo trascendental. Fue simplemente una charla que fue encontrando sus propios caminos. Una cosa llevaba a otra, una pregunta abría un tema distinto y, cuando terminamos, me quedé con esa sensación que algunas conversaciones dejan cuando terminan: la de haber hablado bastante y, sin embargo, seguir conversando a solas con uno mismo.
Me sucede con frecuencia. Hay cosas que alguien me dice o hace preguntas aparentemente sencillas que después se quedan dando vueltas en mi cabeza mucho más tiempo del necesario. No porque me preocupen especialmente ni porque piense que hice o dije algo incorrecto, sino porque tengo cierta costumbre de observarme después. Me pregunto por qué respondí de determinada manera, si realmente pienso lo que dije, si he cambiado respecto a lo que habría contestado algunos años atrás o si existe alguna parte de mí que los demás ven con más claridad de la que yo misma alcanzo a reconocer. A veces pienso que debería dejar de analizar tanto las cosas y permitir que una conversación termine exactamente cuando uno se despide. Pero no siempre puedo. Algunas continúan después, mientras hago cualquier otra cosa, y de pronto una frase vuelve a aparecer como si hubiera olvidado despedirse.
En aquella conversación, por ejemplo, apareció mi sentido del humor. Tengo uno que no siempre resulta fácil de clasificar y que, en ocasiones, puede acercarse bastante al humor negro. Nunca lo he pensado como algo particularmente importante de mi personalidad; simplemente está ahí. Puedo encontrar el lado gracioso de situaciones en las que quizá otra persona no lo buscaría, hacer algún comentario inesperado o reírme de cosas que, contadas fuera de contexto, probablemente necesitarían una explicación bastante larga. Sin embargo, jamás lo utilizo con intención de lastimar a alguien. Al contrario. Creo que buena parte de mi humor nace precisamente de querer hacer más ligero un momento, provocar una sonrisa o conseguir que un día demasiado serio tenga por lo menos unos minutos menos solemnes. Me gusta hacer reír a la gente que quiero. Me gusta cuando una ocurrencia cambia el ánimo de una mesa y cuando alguien entiende perfectamente una broma sin necesidad de que yo tenga que explicar después que aquello era una broma.
Pero mientras pensaba en eso descubrí algo: no todo el mundo conoce esa parte de mí. No porque intente esconderla, sino porque simplemente no aparece en todos los lugares ni frente a todas las personas. Hay bromas que puedo hacer con alguien que me conoce desde hace años y que jamás haría con una persona a la que acaban de presentarme. Con quienes conocen mi intención no necesito calcular demasiado las palabras porque saben desde dónde las estoy diciendo. Con alguien nuevo, en cambio, probablemente mi humor sea más prudente. Y entonces pensé en todas las otras cosas que hacemos exactamente igual. No contamos las mismas historias a todo el mundo, no hablamos con el mismo tono, no mostramos las mismas inseguridades ni nos permitimos las mismas tonterías. Hay lugares en los que somos más serios, otros en los que parecemos capaces de hablar durante horas y algunos en los que preferimos observar. Incluso nuestro silencio cambia dependiendo de quién esté sentado frente a nosotros.
No creo que eso nos convierta en personas falsas. Durante mucho tiempo se ha repetido que debemos ser exactamente los mismos en cualquier circunstancia, como si modificar nuestra manera de comportarnos dependiendo del lugar fuera una especie de traición a nuestra autenticidad. Pero pensándolo bien, nadie vive así. No hablamos con nuestros hijos exactamente como hablamos con nuestros amigos. No nos comportamos en una reunión de trabajo como durante una sobremesa familiar. No reaccionamos frente a un desconocido como frente a alguien que ha presenciado veinte años de nuestra vida. Hay personas que conocen nuestra parte responsable y otras que podrían presentar pruebas suficientes para demostrar que esa responsabilidad tiene algunas excepciones. Algunas nos han visto resolver problemas con una seguridad sorprendente y otras saben perfectamente cuántas veces hemos dicho “no tengo idea de qué estoy haciendo” antes de resolverlos.
Quizá por eso empecé a imaginar la vida como una enorme sucesión de escenarios. No necesariamente escenarios con reflectores y público, sino esos pequeños espacios en los que transcurre nuestra vida cotidiana. La oficina puede ser uno. Nuestra casa, otro. Una comida familiar, una reunión de amigos, una llamada telefónica o incluso una conversación con alguien que todavía estamos conociendo pueden convertirse durante un rato en lugares donde aparece determinada versión de nosotros. Y todas son verdaderas. La persona seria que resuelve un problema también puede ser la misma que cinco minutos después hace una broma absurda. La mujer que parece tener muy claro lo que quiere puede llegar a casa y preguntarse si tomó la decisión correcta. Quien escucha y da buenos consejos puede encontrarse después haciendo exactamente aquello que había recomendado no hacer. Somos contradictorios porque somos humanos, y quizá pretender ser perfectamente coherentes todo el tiempo sería una actuación mucho más grande que permitirnos cambiar dependiendo del momento.
Pero si la vida tiene escenarios, pensé, también debe tener camerinos.
El camerino es ese lugar al que uno entra cuando ya no necesita preguntarse cómo está siendo visto. No necesariamente es nuestra casa ni tiene cuatro paredes. A veces el camerino puede ser una persona. Alguien frente a quien podemos decir que estamos cansados sin sentir la obligación de añadir inmediatamente que todo está bien. Alguien con quien podemos hacer una broma poco prudente porque conoce suficientemente bien nuestra intención. Una persona ante la cual podemos reconocer que algo nos dio miedo, que cambiamos de opinión, que no entendimos algo o que simplemente hoy no tenemos ganas de hablar demasiado. No significa contarle todos nuestros secretos ni entregarle cada parte de nuestra historia. Significa algo mucho más sencillo: no estar permanentemente pendientes de cuál de nuestras versiones deberíamos mostrar.
Hay personas que nos conocen únicamente desde un escenario y quizá así permanecerán siempre. El compañero de trabajo que está convencido de que somos extremadamente formales posiblemente se sorprendería al escucharnos durante una reunión familiar. Alguien que solamente conoce nuestra parte divertida quizá no imaginaría las cosas que nos preocupan cuando estamos solos. Incluso nuestros propios hijos conocen versiones nuestras distintas de las que conocieron nuestros padres. Y eso me parece fascinante: una sola persona puede existir de maneras ligeramente diferentes en la memoria de todos los que la conocen. Si reuniéramos algún día a todas esas personas y les pidiéramos que nos describieran, probablemente escucharíamos retratos distintos y, aun así, ninguno tendría por qué estar equivocado.
También hay quienes, con el tiempo, van conociendo más de un escenario. Primero conocen nuestra parte educada, después la divertida; algún día aparece la preocupada, la impaciente, la sensible o esa que se ríe de cosas que quizá no debería. Y cuando alguien consigue conocer varias de esas versiones ocurre algo curioso: dejamos de sentir la necesidad de escoger una. Podemos pasar de una conversación seria a una tontería en cuestión de segundos. Podemos estar de acuerdo y después discutir una idea sin sentir que algo se ha roto. Podemos decir “no sé” sin necesidad de inventar una respuesta y hasta quedarnos en silencio sin pensar desesperadamente en algo que decir. Tal vez esa sea una de las formas más sencillas de reconocer la confianza: cuando dejamos de preocuparnos por mantener siempre el mismo personaje frente a alguien.
Pensándolo así, incluso mi humor negro encontró su lugar en aquella conversación. No como una característica que necesite justificar ni como algo que deba mostrarle a todo el mundo, sino como una de tantas partes que forman mi manera de ser. Está la que escribe y piensa demasiado las palabras; la que puede pasar mucho tiempo analizando una conversación; la que escucha; la que aconseja aunque después no siempre siga sus propios consejos; la que puede emocionarse con algo aparentemente insignificante y también la que encuentra un chiste en el momento menos esperado. Ninguna contradice a la otra. Todas viven dentro de la misma persona y aparecen dependiendo del lugar, del momento y, sobre todo, de quién esté enfrente.
Tal vez por eso conocer realmente a alguien sea mucho más complicado de lo que pensamos. No basta con saber dónde nació, a qué se dedica, qué música escucha o cuáles son las cosas que le gustan. Conocer a alguien requiere tiempo suficiente para verlo cambiar de escenario. Descubrir cómo piensa cuando está tranquilo y cómo reacciona cuando algo sale mal; qué cosas lo hacen reír de verdad, qué temas evita, qué recuerdos cuenta una y otra vez y cuáles aparecen solamente cuando se siente cómodo. Y aun después de todo eso seguramente quedarán habitaciones cerradas, porque nadie conoce completamente a otra persona. Quizá ni siquiera nosotros terminamos de conocernos del todo.
La conversación de aquella semana no resolvió ninguna de estas preguntas. Probablemente ni siquiera pretendía provocarlas. Terminó como terminan tantas conversaciones: con una despedida, algunas cosas dichas y muchas otras que no tuvieron necesidad de aparecer. Pero después me dejó pensando que quizá pasamos buena parte de nuestra vida conociendo a las personas desde alguno de sus escenarios y creyendo que eso es todo lo que son. Nos sorprendemos cuando alguien serio hace una tontería, cuando una persona fuerte reconoce que tiene miedo o cuando quien parecía reservado termina contándonos una historia que jamás imaginamos escuchar.
Y quizá ahí esté parte de la magia de conocer a alguien: descubrir, de vez en cuando, una faceta que todavía no había salido a escena.
Creo que nadie es una sola versión de sí mismo. Somos también aquello que solamente conocen nuestros hijos, lo que saben nuestros amigos, lo que mostramos en el trabajo, lo que alguna persona consiguió descubrir en una conversación y todo aquello que todavía reservamos para nosotros. Y puede que la verdadera cercanía no consista en conocer cada una de esas partes, sino en saber que frente a determinadas personas no necesitamos decidir cuál debemos ser.
Al final, la vida puede tener muchos escenarios y nosotros podemos aprender perfectamente cómo movernos en cada uno de ellos. Pero también necesitamos camerinos. Lugares y personas donde podamos descansar un poco de nuestra propia vigilancia, equivocarnos, contradecirnos, reírnos demasiado fuerte, reconocer que no sabemos algo o simplemente guardar silencio. Pienso que quizá ser nosotros mismos no significa comportarnos igual frente a todo el mundo. Tal vez significa algo mucho más sencillo: sentir que, cuando cae el telón, hay alguien frente a quien no necesitamos preparar la siguiente escena.





