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La UAZ como el motor indiscutible del desarrollo en Zacatecas contrasta con la persistente crisis financiera.

Dra. Verónica Arredondo

Lectoras, lectores, estamos en la celebración de la FENAZA, de entrar en el último cuatrimestre del año y acabamos de comenzar otro ciclo escolar en la UAZ. Varios eventos comienzan alrededor de septiembre en nuestra bella tierra, incluyendo Las Morismas de Bracho y el aniversario de la fundación de Zacatecas. en este espacio quiero hablar de lo que significa la universidad como institución y, en particular, de la Universidad Autónoma de Zacatecas “Francisco García Salinas”.
Aunque idealmente las universidades se conciben como motores de movilidad social y pensamiento crítico, en la práctica enfrentan serias contradicciones estructurales. Con frecuencia, la promesa de la equidad se ve limitada por barreras de acceso socioeconómico que perpetúan la desigualdad en lugar de erradicarla. Asimismo, la presión por responder a las demandas inmediatas del mercado laboral corre el riesgo de subordinar la investigación científica y la producción cultural a intereses puramente comerciales, reduciendo la formación cívica y humanista a un discurso secundario. Más que un motor ético garantizado, la universidad contemporánea opera como un campo de tensión constante entre la responsabilidad pública y las exigencias de la competitividad económica.
En Zacatecas contamos con una universidad desde hace casi 200 años, si nos atenemos a los antecedentes que existen. El Colegio de Jerez fue fundado el 5 de noviembre de 1832 por el gobernador Francisco García Salinas, posteriormente, esta institución se transformó en el Instituto Literario y el Instituto de Ciencias Autónomo para que, por decreto, el 6 de septiembre de 1968, finalmente, evolucionara en la UAZ. En la página de la UAZ, hay una reseña histórica y cronológica para que los lectores interesados en el tema consulten y se recreen con los sucesos y cambios que dieron origen a nuestra universidad.
La narrativa que posiciona a la UAZ como el motor indiscutible del desarrollo en Zacatecas contrasta con la persistente crisis financiera y los desafíos estructurales que la aquejan. Si bien es innegable el impacto de sus egresados en la vida pública y económica del estado, apelar únicamente a la gratitud histórica resulta insuficiente para justificar el incremento de sus recursos. Exigir un presupuesto adecuado no debe entenderse como un acto de deferencia hacia la institución, sino como una exigencia ciudadana que requiere, en contrapartida, un compromiso transparente de rendición de cuentas, eficiencia en la gestión y un verdadero impacto en los sectores más vulnerables de la sociedad.
La Universidad, y lo que ello significa y conlleva, ha sido transformada y renovada década tras década. La UAZ ha crecido, atendiendo la demanda educativa de estudios universitarios en Zacatecas. Sin embargo, el presupuesto real asignado a la UAZ, no lo ha hecho en la misma medida. Y por otro lado, la comunidad ha luchado y ganado derechos que hoy se perciben más como dádivas y permisos que otra cosa. Eso es realmente injusto. Las autoridades tienden a ignorar día sí y día también, las distintas problemáticas que ocurren en instalaciones, aulas y demás ecosistema que conforma la UAZ. Hasta parece chiste que año con año, semestre con semestre, surjan movimientos estudiantiles, académico y sindical, en protesta por la inconformidad que existe respecto a políticas y actos. La universidad le pertenece a quien ocupa espacios e instalaciones para prosperar. Las tomas de sus unidades e institutos se hace necesaria cuando no está sucediendo lo que corresponde.
Yo creo que la UAZ no puede ser abandonada ni ignorada. Los gobiernos estatal y federal deben de atender las necesidades académicas, laborales, estudiantiles, administrativas, que se presentan semestre con semestre, periodo con periodo, para que quienes formamos parte del universo universitario podamos llevar a buen puerto la labor que se nos ha encomendado. Yo creo eso, la universidad aporta, genera, la gente contribuye, pero, a veces, las condiciones pueden ser mejorables y eso no depende precisamente de nosotros, sino que precisamos del Estado, de quienes sí pueden tomar las decisiones administrativas para que se nos dote de recursos.
Concebir a la universidad pública como una «inversión» social exige superar el mero discurso de exigencia presupuestaria. Si la UAZ se financia con los impuestos de la ciudadanía, su legitimidad no deriva de una autoridad moral inherente, sino de su capacidad real para devolver ese esfuerzo en forma de soluciones tangibles a las problemáticas locales. Exigir recursos públicos bajo la promesa abstracta de «formar a los profesionistas del futuro» resulta incompleto si no se acompaña de una revisión crítica sobre qué tipo de ciencia y tecnología se está generando, a qué intereses responde la cultura que se difunde y si realmente se está democratizando el bienestar o solo acreditando títulos para un mercado laboral saturado. En definitiva, el quehacer universitario se proyecta como un motor de cambio constante que eleva el bienestar colectivo y guía el porvenir de la comunidad. Por ello es más que pertinente la reforma universitaria que actualmente se trabaja en la UAZ.
Necesitamos a la UAZ, necesitamos que la educación universitaria trascienda en el desarrollo de la sociedad, y, sí, más universidades son bienvenidas, públicas, privadas, porque tenemos el capital humano suficiente para sus aulas y para que continuemos avanzando. Necesitamos erradicar la discriminación, el acoso laboral y sexual, la violencia institucional y demás vicios que nos impiden progresar. Además, tenemos que confiar en las estructuras que funciona y que se han y están creando donde participa el personal académico, principalmente. Tarde que temprano tendremos que reforzar los cimientos de la UAZ, tendremos que revisar sus estructuras y echarle una mano y reconstruirlas. Hay que pensar en el presente y futuro y es mejor comenzar hoy, día con día, una cosa a la vez. La UAZ demanda recursos, y resulta obvio que la sociedad debe y puede concederlos.