Dr. Pablo Quezada
¡Viva México!… ¿Y viva el gobierno?
Por Pablo Quezada
Otra vez septiembre.
Otra vez las banderas.
Otra vez los adornos tricolores.
Otra vez los políticos preparándose para la fotografía más patriótica del año.
Y otra vez Zacatecas será escenario de una ceremonia en la que el poder se subirá al balcón para gritar que México es libre.
Qué ironía.
Porque mientras el funcionario levanta la bandera y toca la campana, abajo está el ciudadano que lleva meses, años, esperando que el gobierno le resuelva problemas mucho más concretos que un discurso.
Pero eso no importa durante la ceremonia.
Durante el Grito todo es perfecto.
El político sonríe.
La plaza se llena.
La banda toca.
Los fuegos artificiales iluminan el cielo.
Las cámaras transmiten.
Y las redes sociales hacen el resto.
Al día siguiente, la fiesta termina.
Y comienza la realidad.
Ahí es donde se acaba el patriotismo de utilería.
Porque gobernar no es gritar “¡Viva México!” frente a miles de personas.
Gobernar es responder cuando el ciudadano pregunta dónde están los resultados.
Gobernar es explicar dónde se gastó el dinero.
Gobernar es enfrentar los problemas, no esconderlos detrás de discursos.
Gobernar es rendir cuentas.
Y ésa es precisamente la parte que rara vez aparece en la fotografía oficial.
El balcón del poder
Hay algo profundamente simbólico en el Grito moderno.
El político está arriba.
La ciudadanía está abajo.
El funcionario sostiene la bandera y tiene el micrófono.
El pueblo escucha y responde.
Es una imagen poderosa.
Pero también puede convertirse en una metáfora peligrosa de la política mexicana: los de arriba hablan y los de abajo escuchan.
¿No debería ser al revés?
¿No tendría que ser el gobierno el que escuchara más y hablara menos?
Quizá hemos confundido demasiado tiempo la política con el espectáculo.
Un escenario.
Un templete.
Un discurso.
Una multitud.
Una bandera.
Y listo: ya tenemos gobierno.
No.
Eso es propaganda.
El gobierno se demuestra cuando termina el espectáculo.
Hidalgo no fue propaganda
Hidalgo no levantó la voz para conseguir likes.
Morelos no luchó para aparecer en una fotografía oficial.
Allende no arriesgó la vida para que los políticos utilizaran la Independencia como decoración de sus actos.
La Independencia fue una confrontación con el poder.
Fue una exigencia de libertad.
Fue una ruptura.
Por eso resulta casi absurdo que, dos siglos después, algunos gobernantes utilicen a los héroes de la Independencia para adornar sus propios discursos de legitimidad.
Los héroes no necesitan que los políticos los reivindiquen.
Los políticos necesitan recordar lo que los héroes hicieron.
Y lo que hicieron fue enfrentarse al poder.
El grito que falta
Este 15 de septiembre escucharemos muchos “¡Viva!”.
Pero hay gritos que difícilmente subirán al balcón.
“¡Viva la seguridad!”
“¡Viva la justicia!”
“¡Viva la libertad de expresión!”
“¡Viva la transparencia!”
“¡Viva la rendición de cuentas!”
“¡Viva el ciudadano que exige!”
Ésos sí serían gritos verdaderamente revolucionarios en nuestros tiempos.
Porque hoy la independencia no consiste en expulsar a una corona extranjera.
Consiste en impedir que cualquier gobierno se crea dueño de la voluntad ciudadana.
Y eso incluye a todos.
A los de antes.
A los de ahora.
Y a los que vendrán.
Porque cambiar de partido no significa cambiar la naturaleza del poder.
Si el político sustituye la rendición de cuentas por propaganda, el problema sigue siendo el mismo.
Si cambia el discurso pero no cambia la realidad, la transformación es solamente escenografía.
Si promete libertad pero no tolera la crítica, el “¡Viva México!” se queda en espectáculo.
La verdadera plaza pública
Por eso, este 15 de septiembre habrá que mirar más allá del balcón.
Mirar a la gente.
A los trabajadores.
A los jóvenes.
A los comerciantes.
A las familias.
A quienes todos los días hacen funcionar Zacatecas sin necesitar un templete ni una bandera para demostrar su patriotismo.
Ellos son México.
No el funcionario que durante cinco minutos sostiene la bandera.
No el partido político.
No el gobierno en turno.
La gente.
Y quizá sea hora de devolverle el Grito a quien realmente pertenece.
A los ciudadanos.
Que griten.
Que cuestionen.
Que exijan.
Que voten.
Que no se dejen comprar.
Que no acepten que una fotografía sustituya un resultado.
Que no permitan que el espectáculo tape la realidad.
Porque un pueblo verdaderamente independiente no es el que aplaude al poder.
Es el que no le tiene miedo.
Así que sí: este 15 de septiembre que suenen las campanas.
Que ondeen las banderas.
Que se cante el Himno Nacional.
Que viva México.
Pero cuando termine el último cohete y se apaguen las luces del escenario, que quede algo más que basura en la plaza y fotografías en las redes.
Que quede una pregunta flotando en el aire:
¿Y después del Grito, qué?
Porque México no necesita políticos que sepan gritar.
Necesita ciudadanos que sepan despertar.





