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Adriana Cordero
La Soledad tenía ocho hermanos

Hablaba de lo extraños que resultan algunos nombres de antes y decía que llamar a una niña Dolores, Socorro, Soledad o Remedios era casi como si hoy decidiéramos ponerles a nuestros hijos Ansiedad, Depresión, Estrés, Trauma o Pánico. Debo reconocer que la comparación tenía su gracia. Me imaginé a una madre Hace unos días me topé con una publicación en internet que me hizo reír más de lo que esperaba. asomándose por la ventana para llamar a sus hijos: ¡Ansiedad, deja en paz a tu hermano! ¡Estrés, termina la tarea! ¡Pánico, bájate de ahí!. Y pensé que probablemente en la escuela habría que tener mucho cuidado al pasar lista, porque bastaría que la maestra preguntara por Depresión para que más de alguno levantara la mano por equivocación. Sin embargo, después de sonreír un rato, comencé a recordar los nombres de algunas mujeres de mi familia. Mi abuela tuvo hijas llamadas Consuelo, Esperanza, Soledad y Luz. Y entonces aquello que había comenzado como una simple ocurrencia dejó de parecerme solamente divertido. Me pregunté por qué habrían elegido precisamente esos nombres, qué significaban para quienes los pronunciaron por primera vez y si alguna vez nos hemos detenido a pensar en todas las historias que pueden esconderse detrás de una palabra con la que llamamos a alguien durante toda su vida.
Porque si uno comienza a hacer memoria, descubre que hubo generaciones enteras de mujeres que llevaron nombres capaces de describir un sentimiento, una necesidad o una circunstancia humana. Dolores, Angustias, Socorro, Consuelo, Esperanza, Soledad, Remedios, Refugio, Amparo, Paz, Mercedes, Piedad, Rosario, Concepción, Encarnación, Asunción y tantas otras que seguramente aparecieron en nuestras familias. Algunas se convirtieron en doña Lola, otras en Chole, Conchita, Meche, Pita, Chayo o Cuquita, porque también teníamos la maravillosa costumbre de poner un nombre solemne en el acta de nacimiento y después pasar toda la vida llamando a la persona de una manera completamente distinta. Había nombres que parecían demasiado grandes para una niña recién nacida. Me cuesta imaginar a una pequeña Angustias dando sus primeros pasos por el patio o a una bebé llamada Dolores riéndose a carcajadas mientras su madre intentaba ponerle los zapatos. Y, sin embargo, seguramente existieron miles de niñas con esos nombres que fueron traviesas, alegres, enamoradizas, temperamentales o incapaces de quedarse quietas. Mujeres que quizá nunca se parecieron al significado literal de la palabra que llevaban escrita en sus documentos.
Fue entonces cuando comencé a preguntarme si aquellos nombres decían algo de las familias que los elegían. Pensé en Esperanza, por ejemplo, y me imaginé a una madre sosteniendo a su hija recién nacida mientras deseaba que su llegada anunciara tiempos mejores. Quizá esperaba que la cosecha fuera buena, que el padre encontrara trabajo, que terminara una enfermedad o que la vida comenzara a tratar a la familia con un poco más de generosidad. Después pensé en Consuelo y me pregunté si alguna mujer habría elegido ese nombre porque necesitaba precisamente eso: algo que aliviara una tristeza, una compañía para los días difíciles o una razón para volver a sonreír. Y qué decir de Refugio, una palabra que parece tener paredes, techo y una puerta que se abre cuando afuera todo resulta demasiado complicado. O de Socorro, que pronunciada en voz alta parece una petición de ayuda, pero convertida en nombre puede recordarnos la protección que alguien esperaba recibir. Claro que no tengo manera de saber si mis antepasados pensaban así. Tal vez eligieron esos nombres por tradición familiar, por devoción religiosa, por el santoral o simplemente porque les parecían bonitos. Pero me gusta imaginar que, en algunos casos, un nombre también pudo guardar un deseo que sus padres no sabían expresar de otra manera.
Después descubrí que muchos de aquellos nombres tenían una explicación que iba mucho más allá de su significado cotidiano. Dolores, Soledad, Angustias, Socorro, Remedios, Refugio y Consuelo, por ejemplo, están relacionados con distintas advocaciones de la Virgen María. Para muchas familias, llamar así a una hija era una expresión de fe, una manera de honrar una devoción o de poner a la niña bajo una protección espiritual. Otros nombres, como Esperanza o Paz, evocaban virtudes que también tenían un profundo sentido religioso. Eso me hizo comprender que sería injusto imaginar que nuestros abuelos repartían tristezas entre sus hijas al momento de bautizarlas. No estaban necesariamente llamando a una niña por el sufrimiento que deseaban evitar, sino por aquello en lo que creían y por la protección que esperaban para ella. Aun así, me sigue pareciendo fascinante que tantas palabras relacionadas con las emociones humanas hayan terminado convertidas en nombres propios. Porque una cosa es decir que necesitamos consuelo y otra muy distinta es llamar a Consuelo para que venga a comer. Una cosa es desear paz y otra tener a Paz sentada frente a nosotros, contando alguna travesura mientras se termina una taza de chocolate.
También pensé en las épocas que les tocó vivir a quienes eligieron aquellos nombres. No todas pertenecieron a una misma generación ni atravesaron las mismas circunstancias, pero muchas familias conocieron tiempos en los que la vida podía ser considerablemente más dura de lo que imaginamos al mirar una fotografía antigua. Hubo guerras, epidemias, enfermedades para las que todavía no existían tratamientos eficaces, temporadas de escasez, trabajos agotadores y largos periodos de incertidumbre. Pienso en las mujeres que criaban familias numerosas, preparaban la comida con lo que había disponible, remendaban la ropa para que pudiera utilizarse otro año y esperaban noticias de algún hijo que había salido a trabajar lejos. En aquellas casas también debieron existir preocupaciones que hoy reconoceríamos fácilmente, aunque quizá nadie las llamara ansiedad o estrés. Seguramente hubo noches de insomnio, miedo por el futuro, tristeza por una pérdida y cansancio acumulado después de jornadas interminables. Las emociones humanas no comenzaron cuando aprendimos a nombrarlas con términos modernos. Nuestros antepasados también tuvieron días en los que el mundo parecía demasiado pesado, aunque al amanecer se levantaran para encender el fogón, atender a los animales, abrir un negocio o preparar a los niños para ir a la escuela.
Imagino una casa de aquellos años, con ropa secándose en el patio, una familia numerosa alrededor de la mesa y una madre intentando organizar la mañana. Esperanza busca sus zapatos, Consuelo ayuda con el desayuno, Soledad discute con sus hermanos y Luz corre porque se le hace tarde. Me gusta imaginar esa escena porque detrás de cada nombre había una persona con su propio carácter y una vida que no podía resumirse en una palabra. Quizá Soledad era la más sociable, Dolores tenía una risa que se escuchaba desde la calle y Paz era la primera en discutir ante una injusticia. Tal vez Consuelo, a pesar de su nombre, también necesitaba que alguien la consolara. Me divierte pensar en esas contradicciones y en cómo cada persona terminó dándole a su nombre un significado mucho más amplio que el del diccionario.
Siempre he tenido la impresión de que nuestro nombre influye de alguna manera en la imagen que los demás construyen de nosotros. No digo que determine nuestro destino ni que una persona llamada Esperanza esté condenada a ser optimista, pero creo que todos asociamos ciertos nombres con rostros, edades y personalidades. Si alguien me dice que conoce a un señor llamado Paz, inevitablemente imagino a alguna persona que he conocido con ese nombre, su manera de hablar, su aspecto y hasta su carácter. Lo mismo me sucede con nombres que relaciono con alguna maestra, una vecina, una compañera de escuela o una mujer de mi familia. Después conozco a otra persona que se llama igual y descubro que no se parece en absolutamente nada a la que yo había imaginado. Supongo que es una costumbre de nuestra memoria: utilizar lo conocido para darle forma a lo desconocido. También me pregunto cuántas veces escuchamos nuestro nombre a lo largo de la vida y de cuántas maneras distintas puede pronunciarse. No suena igual cuando lo dice nuestra madre para llamarnos a comer que cuando lo pronuncia molesta porque hicimos alguna travesura. Tampoco cuando aparece escrito en un documento, cuando alguien lo dice con cariño o cuando lo escuchamos en boca de una persona a la que queremos. Una misma palabra puede acompañarnos durante décadas y reunir tantos recuerdos que termina siendo mucho más que una manera de identificarnos.
Los nombres también cambian con las modas y las épocas. Hubo tiempos en que casi todas las familias tenían alguna María, José, Guadalupe o Carmen. Después llegaron nombres inspirados en cantantes, películas y personajes de televisión, además de combinaciones que seguramente provocaron más de una discusión familiar. Hoy encontramos nombres extranjeros, inventados y otros tan particulares que sus dueños tendrán que deletrearlos toda la vida. Cada generación cree ser original al elegirlos, aunque probablemente nuestros nietos también se reirán de algunos que hoy nos parecen normales. Quizá algún día una abuela tenga que explicar que aquel nombre pertenecía al protagonista de una serie o simplemente estaba de moda. Porque los nombres también guardan las preferencias, las creencias y las ilusiones de cada época.
Pero hay algo que me sigue dando vueltas desde que vi aquella publicación. Si conociéramos las historias de esas mujeres llamadas Dolores, Socorro, Angustias, Soledad o Esperanza, descubriríamos vidas tan distintas como las nuestras. Algunas habrán conocido la abundancia y otras las carencias; unas habrán tenido matrimonios felices y otras habrán tenido que comenzar de nuevo. Seguramente hubo Remedios que no encontraron solución a sus problemas, Soledades que nunca estuvieron solas y Esperanzas que alguna vez perdieron la suya, pero lograron recuperarla. Porque un nombre puede representar un deseo, una creencia o una tradición, pero no determina nuestro destino. La vida termina escribiendo su propia historia, muchas veces sin consultar los planes de quienes nos dieron aquel nombre.
Ahora pienso de otra manera en los nombres de mi familia. Me gustaría saber por qué mi abuela eligió llamar a sus hijas Consuelo, Esperanza, Soledad y Luz. Si respondían a alguna promesa, una devoción, una tradición familiar o simplemente a nombres que le gustaban. Qué significaban para ella y qué esperaba de la vida de cada una. Sé que nunca llegaré a saberlo, pero ahora comprendo que podemos pasar años pronunciando nombres familiares sin preguntarnos qué historia hay detrás de ellos. Conocemos sus apodos, sus voces y sus costumbres, pero ignoramos por qué comenzaron a llamarse así. Y pensar que bastó una publicación humorística para hacerme mirar de otra manera algo que siempre había estado frente a mí.
Quizá por eso, la próxima vez que escuche nombres como Dolores, Consuelo, Socorro o Esperanza, pensaré en las familias que los eligieron y en las historias que pudieron acompañarlos durante generaciones. Comprenderé que detrás de cada nombre hay una vida que no puede resumirse en su significado. Tal vez nuestros abuelos no eran tan distintos de nosotros; también conocieron el miedo, las preocupaciones y el deseo de que llegaran tiempos mejores, aunque utilizaran otras palabras para expresarlo. Y quién sabe, quizá algún día nuestros nietos también se sorprendan de los nombres que elegimos hoy. Mientras tanto, me quedo pensando en cuántas historias familiares habremos dejado de conocer por hacer siempre la misma pregunta: cómo se llama alguien, cuando quizá lo verdaderamente interesante habría sido preguntar por qué le pusieron ese nombre.