Adriana Cordero
El día que desaparecieron las visitas
No recuerdo cuándo dejaron de llegar las visitas. He tratado de encontrar en mi memoria una fecha, un último domingo, una última tarde en la que alguien tocó a la puerta sin haber avisado y nosotros corrimos a abrir sin preguntarnos por qué no había mandado antes un mensaje, pero no la encuentro. Supongo que porque esas cosas no desaparecen de golpe. Nadie anunció que a partir de entonces sería necesario preguntar si podíamos pasar, confirmar que habría alguien en casa y acordar una hora conveniente para todos. Simplemente ocurrió. Poco a poco. Tan despacio que no nos dimos cuenta de que una costumbre que había acompañado buena parte de nuestra vida estaba desapareciendo. Yo recuerdo aquellas visitas principalmente en familia. Los tíos, los abuelos, algún hermano de mi mamá que vivía en otra ciudad y, por supuesto, los primos. Sobre todo los primos. Bastaba reconocer un coche estacionándose afuera para que algo cambiara inmediatamente dentro de la casa. Alguien se asomaba por la ventana, otro alcanzaba a distinguir quién era y entonces llegaba el anuncio que bastaba para modificar todos los planes de la tarde: “¡Llegaron!”. No hacía falta explicar mucho más. Los adultos caminaban hacia la puerta mientras nosotros esperábamos impacientes a que bajaran los niños. Venían los abrazos, las preguntas de rigor, el “¡qué gusto verlos!” dicho con una alegría que no necesitaba cortesía, y nosotros apenas soportábamos el saludo obligatorio antes de salir corriendo con nuestros primos hacia el patio, la banqueta o cualquier rincón que pudiera convertirse en escenario de nuestras aventuras. Nadie había escrito media hora antes. Nadie había preguntado ¿van a estar? ni mucho menos ¿podemos pasar?. Llegaban. Y nosotros nos alegrábamos de que hubieran llegado.
Tal vez aquello era posible porque una visita significaba algo diferente. No recuerdo demasiados desconocidos entrando y saliendo de la casa; recuerdo familia, gente cercana, personas cuya presencia no se sentía como una interrupción sino como una pequeña celebración inesperada. Si además vivían lejos y no podíamos verlas con frecuencia, su llegada adquiría todavía más importancia. No importaba demasiado si la casa estaba impecable, si alguien seguía acomodando cosas o si nosotros andábamos vestidos con esa ropa cómoda que jamás habríamos elegido para salir en una fotografía. La puerta se abría de todos modos. Y después comenzaba ese otro ritual que parecía surgir naturalmente en todas las casas: había que ofrecer algo. Se ponía agua para el café, aparecía una jarra de agua fresca, se buscaba pan, galletas o cualquier cosa que pudiera colocarse en medio de la mesa. Si la visita coincidía con la hora de la comida, simplemente se agregaban platos. ¿Ya comieron?, preguntaba alguien, y aunque la respuesta fuera sí, existía una enorme posibilidad de que terminaran comiendo otra vez. Siempre me ha parecido curioso recordar cómo las madres conseguían hacer rendir la comida. Podían haber preparado exactamente lo necesario para quienes vivían en casa y, sin embargo, si llegaban cinco personas más, de alguna manera alcanzaba. Se calentaban más tortillas, aparecían unos frijoles, se repartía un poco distinto y nadie se quedaba sin comer. Recibir era eso: abrir la puerta, hacer espacio y compartir lo que hubiera. Quizá por eso había algo parecido a un honor en tener visitas. La casa se llenaba de voces, las sillas se movían de lugar, la mesa parecía hacerse más grande y la tarde, que unas horas antes no prometía nada extraordinario, terminaba convirtiéndose en una de esas escenas que muchos años después todavía podemos recordar.
Los adultos podían pasar horas hablando. Se ponían al corriente de la familia, preguntaban por quienes no habían podido venir, contaban lo ocurrido desde la última vez que se habían visto y repetían historias que probablemente todos conocían, pero que seguían provocando las mismas risas. Nosotros entrábamos y salíamos. Aparecíamos cuando teníamos hambre, sed o necesitábamos acusar a algún primo y volvíamos a desaparecer en cuanto el problema quedaba resuelto. Nadie parecía mirar demasiado el reloj. Algunas visitas llegaban cuando todavía había sol y se marchaban cuando la noche ya había caído. Y entonces comenzaba otra costumbre familiar que tampoco sé si las nuevas generaciones comprenderán del todo: despedirse podía durar casi tanto como la visita. Alguien decía “bueno, ya nos vamos” y todos asentían, pero nadie se movía. Pasaban quince minutos y alguien volvía a intentarlo. “Ahora sí, porque ya se hizo tarde”. Entonces comenzaban a levantarse, pero surgía otra conversación mientras buscaban las llaves. Finalmente llegaban hasta la puerta y ahí aparecía un último tema que podía prolongarlo todo otros veinte minutos. Nosotros esperábamos impacientes junto al coche mientras los adultos seguían hablando, hasta que por fin llegaban los abrazos, el “manejen con cuidado”, el “avisen cuando lleguen” y aquella promesa de volver a verse pronto. Después el coche se alejaba y nosotros regresábamos a una casa que parecía extrañamente grande y silenciosa después de haber estado llena de gente.
No sé en qué momento dejamos de vivir así. Tal vez comenzamos a cuidar más nuestro tiempo, las familias cambiaron y las agendas se hicieron más complicadas. Lo cierto es que hoy difícilmente se nos ocurriría presentarnos en casa de alguien sin avisar. Primero preguntamos si está, después si podemos ir y finalmente buscamos un horario que funcione para todos. Aquello que antes podía comenzar con un simple “vamos a ver a mi hermana” y toda la familia subiendo al coche, ahora requiere mensajes y encontrar un espacio en el que coincidan dos vidas. No lo digo como crítica, porque yo también agradezco que me avisen antes de llegar y entiendo que nuestra manera de vivir es diferente. Aun así, me sorprende que hoy necesitemos pedir permiso para algo que durante tantos años fue una de las formas más naturales de querernos.
Hay, sin embargo, una casa que para mí sigue funcionando bajo otras reglas: la casa de mamá. Tal vez sea uno de los últimos lugares donde uno siente que todavía puede llegar sin invitación. Nunca he pensado que necesite preguntarle si puedo ir. Podré avisar que voy en camino o preguntarle si necesita algo, pero es distinto. No siento que tenga que solicitar un espacio en su agenda porque existe esa certeza extraña y maravillosa de que la casa de una madre también conserva un pedacito de casa propia. Es el lugar donde podemos abrir el refrigerador sin pedir permiso, sentarnos en la cocina aunque nadie nos haya invitado y llegar incluso a la hora menos conveniente con la tranquilidad de que nuestra presencia no necesita justificación. Y está, por supuesto, la comida. Porque en casa de mamá parece existir una regla que desafía cualquier principio de administración doméstica: siempre alcanza para uno más. Podemos aparecer cuando la comida ya está servida y de alguna manera surge otro plato. Si hay poco, se reparte; si falta algo, se improvisa. Aparecen huevos, frijoles, tortillas calientes, café o cualquier cosa que consiga transformar nuestra llegada en una razón para sentarnos a la mesa. Quizá por eso pienso que una de las mayores formas de pertenecer a un lugar consiste precisamente en no necesitar una invitación para entrar. Saber que existe una puerta donde no somos visita, aunque ya no vivamos detrás de ella.
Y no solamente cambiaron las visitas. Hace poco escribí un mensaje para preguntar algo que hoy parece completamente normal: «¿Puedes hablar?”. Entonces pensé en lo extraña que habría resultado esa pregunta hace algunos años. Antes uno simplemente levantaba el teléfono y marcaba; alguien contestaba sin saber quién estaba del otro lado y, si buscaban a otra persona, se escuchaba aquel “¡te hablan!” atravesando la casa. Si no podía atender, se tomaba el recado o se llamaba después. Hoy llevamos el teléfono con nosotros prácticamente todo el día y podemos comunicarnos desde cualquier lugar; sin embargo, muchas veces primero mandamos un mensaje, preguntamos si podemos llamar y esperamos a que también una conversación encuentre espacio en la agenda.
La contradicción me parece fascinante. Nunca habíamos tenido tantas maneras de estar cerca de quienes queremos. Podemos hacer una videollamada desde otro país, ver el rostro de nuestros hijos aunque estén a kilómetros de distancia, mandar una fotografía en el mismo instante en que fue tomada y saber que alguien llegó bien apenas cruza la puerta de su casa. Las distancias físicas dejaron de significar el silencio que significaban antes. Podemos acompañar cumpleaños desde una pantalla, conocer inmediatamente a un bebé que nació lejos, escuchar la voz de alguien mientras caminamos por otra ciudad y conversar con una persona que se encuentra del otro lado del mundo como si estuviera sentada frente a nosotros. La tecnología nos acercó de maneras que nuestros abuelos difícilmente habrían imaginado y sería injusto negar todo lo maravilloso que hay en ello. Pero, al mismo tiempo, algo cambió en nuestra espontaneidad. Podemos localizar a casi cualquiera en segundos, pero ya no siempre sentimos la libertad de llamarlo. Podemos saber qué está haciendo alguien sin preguntárselo porque vimos sus fotografías, sus estados o sus publicaciones, y quizá por eso a veces confundimos saber de una persona con haber estado realmente cerca de ella. Nunca habíamos estado tan conectados y, paradójicamente, pocas veces habíamos necesitado tanto permiso para acercarnos.
Tal vez por eso, cuando recuerdo aquellas visitas, comprendo que lo que extraño no es solamente que alguien llegara sin avisar. Extraño lo que ocurría después de que llegaba. Extraño la facilidad con la que una tarde podía cambiar de rumbo porque apareció alguien querido. Extraño la mesa que se hacía más grande con solo acercar otra silla, el café que se preparaba aunque nadie lo hubiera pedido, los niños celebrando la llegada de sus primos y esa sensación de que ninguna actividad era tan importante como para impedirnos sentarnos un rato a conversar. Seguramente nuestros padres también tenían pendientes. Las madres tenían casas que atender, los adultos trabajaban, existían problemas, cansancio y responsabilidades. Los días de entonces también tenían veinticuatro horas. Quizá la diferencia estaba en que todavía sabíamos hacer espacio para lo inesperado. Una visita no tenía que encontrar un hueco libre en el calendario; el hueco aparecía porque la visita había llegado.
No creo que podamos —ni que debamos— regresar exactamente a esa época. Nuestra forma de vivir cambió y quizá hoy una visita inesperada no sería recibida de la misma manera. Pero hay algo de aquellas tardes que me gustaría conservar: la disposición a hacernos espacio. Que una llamada no siempre necesite programarse, que un café no tenga que esperar semanas y que todavía podamos dejar a un lado algún pendiente por alguien a quien queremos. Porque quizá el verdadero lujo de aquellas visitas no era llegar sin avisar, sino saber que, aun sin haberlo planeado, siempre habría un lugar para quien llegara.
A veces pienso en todas aquellas puertas que cruzamos con absoluta confianza y comprendo que no todas permanecerán abiertas para siempre. Habrá casas a las que un día ya no podremos llegar y voces que tendremos que conformarnos con recordar. Entonces quizá entendamos que aquellas tardes nunca fueron solamente visitas: eran los tíos llegando de otra ciudad, los primos bajando del coche, las madres haciendo rendir la comida y las despedidas que nadie tenía prisa por terminar. Eran personas queridas regalándose algo que entonces parecía abundante y que hoy sabemos que nunca lo fue: tiempo.
Quizá nunca sepamos cuál fue el día en que desaparecieron las visitas, porque seguramente no existió. Simplemente aprendimos otra manera de vivir hasta que un día descubrimos que hacía mucho tiempo que nadie llegaba por sorpresa. Y quizá no se trate de volver a tocar puertas sin avisar, sino de no permitir que todos nuestros encuentros terminen viviendo dentro de una agenda. Porque mientras exista una casa donde alguien se alegre de vernos llegar, una mesa capaz de recibir otro plato y una persona para quien nuestra presencia siga siendo una buena sorpresa, todavía quedará algo de aquellas visitas que, sin estar planeadas, terminaron convirtiéndose en recuerdos.






