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Adriana Cordero
Hasta que la muerte nos separe
Hace poco recordé una celebración a la que asistí hace más de veinte años. Era una fiesta de bodas de plata, de esas que reúnen a familiares y amigos para celebrar los veinticinco años de matrimonio. Recuerdo las mesas llenas de invitados, las fotografías de la pareja y las felicitaciones. En algún momento de la noche, una de las hijas tomó el micrófono para dedicar unas palabras a sus padres. Habló de los años compartidos, las dificultades superadas y la familia que habían formado. No recuerdo todo su discurso, pero hubo una frase que se quedó conmigo: “Eso no era aguante, eso era amor”. Los invitados aplaudieron y yo también me sentí conmovida. Entonces, veinticinco años de matrimonio me parecían una prueba admirable de amor. Hoy, después de más de dos décadas, quizá escucharía aquellas palabras de otra manera. No porque haya dejado de creer en el amor, sino porque ahora me pregunto si permanecer juntos tiene necesariamente el mismo significado para todas las parejas.
Durante mucho tiempo crecimos escuchando que los matrimonios de antes sí duraban. Las parejas que cumplían cuarenta, cincuenta o sesenta años de casadas eran admiradas como si hubieran logrado una hazaña. Las veíamos rodeadas de hijos, nietos y bisnietos, mientras alguien les preguntaba el secreto de tantos años juntos. Las respuestas casi siempre eran las mismas: paciencia, respeto, comprensión y mucho amor. Nunca faltaba el esposo que, entre risas, aseguraba que el secreto era darle siempre la razón a su mujer. Aquellas escenas nos hacían pensar que esa generación conocía algo sobre el matrimonio que las siguientes habían olvidado. Sin embargo, hoy me pregunto cuántas historias diferentes se escondían detrás de esos aniversarios. Porque llegar juntos a la vejez no siempre significa haber recorrido el camino por las mismas razones, ni necesariamente por amor.
Imagino los matrimonios de otras épocas, cuando casarse significaba para muchas mujeres dejar la casa de sus padres y comenzar una vida dedicada al esposo, los hijos y el hogar. Pienso en aquellas mañanas que comenzaban antes del amanecer, entre desayunos, ropa por lavar, enfermos que atender y el esfuerzo de hacer rendir el dinero para una familia numerosa. Mientras el marido salía a trabajar, ella se ocupaba de todo lo necesario para mantener la casa funcionando, una labor que durante años ni siquiera se reconocía como trabajo. En muchas familias, el hombre también tenía la última palabra en las decisiones importantes, porque era quien aportaba el dinero. Y aunque hubo matrimonios llenos de cariño y respeto, también existieron otros cuya realidad era muy distinta de la felicidad que aparentaban en las fotografías familiares.
Recuerdo aquella expresión que parecía justificar cualquier sufrimiento matrimonial: “Es la cruz que le tocó cargar”. Si una mujer tenía un esposo de mal carácter, que bebía demasiado o no la respetaba, siempre había alguien que le aconsejaba tener paciencia, pensar en sus hijos o encomendarse a Dios. Muchas veces eran otras mujeres quienes daban esos consejos, porque también habían aprendido que separarse significaba enfrentar críticas, dificultades económicas y un futuro incierto, especialmente cuando no tenían ingresos propios. Entonces me pregunto cuántas permanecieron por amor y cuántas porque no tenían adónde ir. Desde fuera, ambas historias parecían iguales: un matrimonio que había logrado permanecer unido durante muchos años.
También sería injusto pensar que todas aquellas mujeres vivieron resignadas o que los hombres de otras generaciones no sabían amar y respetar. Seguramente hubo matrimonios entrañables, de parejas que envejecieron juntas, compartiendo costumbres, dificultades y pequeños detalles cotidianos. Imagino al hombre que sabía cómo le gustaba el café a su esposa y a la mujer que reconocía sus pasos antes de verlo entrar. Parejas que enfrentaron enfermedades, pérdidas y tiempos difíciles sin dejar de tratarse con cariño. También existieron mujeres de carácter firme y hombres que compartían las responsabilidades del hogar. Porque no todos los matrimonios de antes fueron sufrimiento, ni todos los de ahora son felicidad. Quizá la verdadera diferencia esté en las posibilidades que cada generación ha tenido para decidir si continuar o no cuando una relación deja de funcionar.
Con el paso de las décadas, algo comenzó a cambiar. Las mujeres tuvieron mayores oportunidades de estudiar, trabajar y administrar su propio dinero, sin depender exclusivamente del matrimonio. Imagino a aquellas generaciones que, después de cumplir una jornada laboral, regresaban a casa para continuar con las tareas domésticas, enfrentando además las críticas de quienes consideraban que una mujer casada debía dedicarse únicamente a su familia. Sin embargo, poco a poco conquistaron una independencia que les permitió contemplar otras posibilidades. Tener ingresos propios no resolvía todos sus problemas, pero cambiaba una pregunta fundamental: en lugar de pensar “¿De qué voy a vivir si me separo?”, podían preguntarse “¿Quiero seguir viviendo así?”. Y aunque todavía hoy muchas mujeres enfrentan dificultades para dejar una relación, esa independencia explica, en parte, por qué permanecer dejó de ser la única opción.
Tal vez por eso ahora escuchamos con tanta frecuencia que las parejas ya no duran como antes. Se habla de divorcios, separaciones y personas que, después de muchos años juntas, deciden tomar caminos diferentes. “Antes sí se luchaba por el matrimonio”, dicen algunos con nostalgia, y quizá tengan razón en ciertos casos. Pero también me pregunto qué significa realmente luchar por una relación. Porque una cosa es enfrentar dificultades económicas, enfermedades o diferencias de carácter, y otra es descubrir que, con los años, dos personas han cambiado tanto que ya no encuentran las mismas razones para continuar juntas. Hay relaciones que pueden fortalecerse con diálogo, comprensión y esfuerzo compartido, mientras que otras simplemente llegan a un punto en el que sus caminos dejan de coincidir. Quizá la diferencia no esté en que antes se amara más y ahora menos, sino en que hoy muchas personas se permiten reconsiderar una decisión que antes parecía definitiva.
Y tampoco creo que las relaciones actuales sean más sencillas. Hoy tenemos mayor libertad para conocer personas y elegir cómo queremos vivir, pero también enfrentamos nuevas dificultades. Las parejas deben ponerse de acuerdo sobre el trabajo, los gastos, los hijos y las responsabilidades del hogar. En muchas familias ambos trabajan y, al regresar a casa, comienza otra jornada de pendientes. Entre horarios, obligaciones y preocupaciones, a veces apenas encuentran tiempo para ellos mismos. A esto se suman las redes sociales y la costumbre de comparar nuestra vida con la aparente felicidad de los demás. Quizá antes había menos posibilidades de marcharse, pero eso no significa que hoy sepamos mejor cómo quedarnos. Porque tener la libertad de elegir una relación no significa necesariamente saber cómo cuidarla.
Además, también ha cambiado nuestra manera de entender el compromiso. Conozco parejas que llevan veinte años compartiendo una casa, criando hijos, pagando cuentas y acompañándose en los momentos buenos y difíciles, sin haberse casado nunca. Se llaman esposos y llevan una vida que poco se distingue de la de cualquier matrimonio. No tienen una fotografía frente al altar ni un acta que marque el comienzo de su historia, pero sí recuerdos, responsabilidades, discusiones y reconciliaciones. Para algunos, casarse sigue siendo fundamental; otros no sienten esa necesidad. Y aunque el matrimonio tiene una importancia legal, me parece curioso que durante tanto tiempo hayamos medido la duración de una relación a partir de una ceremonia. Porque el amor, el respeto y el compromiso no aparecen automáticamente al firmar un documento, pero tampoco dejan de existir por no haberlo firmado.
A veces pienso que también debería cambiar nuestra manera de admirar a las parejas. Antes bastaba saber que llevaban cincuenta años casadas para considerarlas un ejemplo. Hoy me gustaría conocer cómo vivieron esos años, si se acompañaron en las dificultades, si pudieron crecer juntos y si todavía disfrutan de su compañía. Prefiero imaginar una escena sencilla: dos personas desayunando en su cocina, recordando alguna anécdota o discutiendo cariñosamente porque una quiere abrir la ventana y la otra tiene frío. Quizá en esos momentos cotidianos, lejos de las celebraciones y los discursos, se descubre algo más valioso que los años acumulados. Porque una relación no se construye solamente con aniversarios, sino con miles de días comunes en los que dos personas eligen cómo tratarse.
También me pregunto si hemos confundido el éxito de un matrimonio con su duración. Cuando una pareja se separa después de quince o veinte años, solemos pensar que su relación fracasó, como si todo lo vivido hubiera perdido valor. Sin embargo, durante ese tiempo pudieron compartir amor, hijos, proyectos y momentos verdaderamente felices. Quizá con los años cambiaron sus sentimientos, sus circunstancias o ellos mismos, y continuar juntos dejó de ser lo mejor. No todas las separaciones significan falta de esfuerzo, ni todos los matrimonios largos permanecen unidos solamente por amor. Algunas historias terminan después de haber significado mucho, mientras otras continúan cuando ya no son lo que fueron. Porque los años pueden decirnos cuánto tiempo compartieron dos personas, pero no necesariamente cómo vivieron ese tiempo.
Por eso, cuando recuerdo aquella fiesta de bodas de plata, vuelvo a escuchar las palabras de la hija: “Eso no era aguante, era amor”. No conozco la verdadera historia de aquel matrimonio ni tengo motivos para dudar de sus palabras. Quizá sus padres compartieron una vida llena de cariño, paciencia y compañerismo. Lo que ha cambiado es mi manera de interpretar aquella frase. Hace más de veinte años me conmovía que dos personas hubieran permanecido juntas tanto tiempo; hoy me emocionaría más saber que, además de compartir esos años, fueron felices, se respetaron y se sintieron queridos. Supongo que el tiempo también transforma nuestra manera de entender el amor, no porque dejemos de ser románticos, sino porque aprendemos a distinguir entre lo que antes admirábamos y lo que hoy consideramos verdaderamente valioso.
Tal vez dentro de algunas décadas las nuevas generaciones miren nuestras relaciones con la misma curiosidad con la que nosotros observamos los matrimonios de nuestros abuelos. Se preguntarán por qué algunos se casaban, otros preferían vivir juntos y ciertas parejas se separaban después de tantos años. Seguramente tendrán sus propias ideas sobre el compromiso y nuestra manera de amar. Porque las costumbres cambian, pero permanece ese deseo tan humano de encontrar a alguien con quien compartir las grandes alegrías y esas pequeñas preocupaciones que para los demás parecen insignificantes.
Y quizá por eso ya no me impresiona tanto escuchar que una pareja lleva veinticinco, cuarenta o cincuenta años junta. No porque esos años carezcan de mérito, sino porque detrás de ellos pueden existir historias muy distintas: algunas de amor y compañerismo, otras de sacrificios que nunca fueron elegidos. No creo que antes se amara mejor ni que ahora sepamos amar menos; simplemente ha cambiado nuestra manera de entender el amor. Si algún día vuelvo a escuchar un discurso como aquel de las bodas de plata, aplaudiré con el mismo cariño, pero pensaré menos en lo que tuvieron que soportar y más en lo que pudieron disfrutar juntos. Porque quizá el verdadero mérito de una relación no esté en permanecer unidos hasta que la muerte los separe, sino en conseguir que, mientras la vida los mantenga juntos, ninguno tenga que dejar de ser quien es para poder quedarse.