Adriana Cordero
Cuando siento, nacen las historias
A veces me preguntan de dónde nacen las historias o qué es exactamente lo que intento escribir. Y la verdad es que nunca he sabido responderlo con total certeza. Porque si soy sincera, no siempre me siento a escribir con la intención de crear una historia. De hecho, muchas veces creo que escribo por una razón mucho más simple. Escribo porque necesito vaciar mi mente.
Hay días en los que mi cabeza parece una habitación llena de pensamientos hablando al mismo tiempo. Ideas, recuerdos, emociones, preguntas y reflexiones que se van acumulando sin que yo misma me dé cuenta. Entonces escribo. No porque tenga una historia perfectamente construida esperando salir, sino porque necesito darle orden a todo aquello que llevo dentro. A veces una página termina siendo mucho más que palabras; termina convirtiéndose en un lugar donde puedo acomodar aquello que siento, aquello que pienso y aquello que todavía no logro entender.
Quizá por eso nunca he podido explicar exactamente de dónde salen mis historias. Porque muchas veces no nacen de una historia. Nacen de una emoción. De una sensación que se quedó conmigo durante horas o incluso durante días. Nacen de algo que llamó mi atención, de una pregunta que se quedó sin respuesta o de una reflexión que mi mente se negó a soltar. Es como si cada pensamiento encontrara un pequeño espacio dentro de mí y permaneciera ahí hasta convertirse en palabras.
Las historias, al menos las que yo escribo, no suelen llegar completas. No aparecen con principio, desarrollo y final. No llegan tocando la puerta para presentarse. Más bien llegan como fragmentos. Como emociones sueltas. Como pequeñas piezas que poco a poco encuentran su lugar. Y quizá por eso siempre me ha resultado tan difícil explicar de dónde nacen. Porque antes de convertirse en historias, primero fueron sentimientos.
Me ha pasado muchas veces. Estoy sentada en una cafetería, en una plaza, en una fila cualquiera esperando mi turno, y de pronto veo a dos personas hablando. Nada extraordinario. Dos personas comunes en una situación común. Quizá una pareja. Quizá dos hermanos. Quizá un matrimonio. Quizá dos amigos. No lo sé. Y probablemente nunca lo sabré. Pero mientras algunas personas simplemente ven la escena y continúan con su día, algo dentro de mí se queda ahí, observando un poco más.
Entonces comienzo a imaginar.
No porque quiera inventar cosas que no existen, sino porque mi mente parece incapaz de quedarse solamente con lo que ve. Empiezo a preguntarme quiénes son. Qué los llevó hasta ese momento. Si están felices. Si están cansados. Si se están despidiendo o si apenas se están encontrando. Si la discusión que veo es una discusión cualquiera o una de esas conversaciones que cambian una vida entera. Y mientras los observo, sin que ellos lo sepan, mi imaginación comienza a caminar sola.
Quizá alguien más vea a una pareja discutiendo y piense simplemente que están enojados. Yo no puedo evitar preguntarme qué les dolió. Qué palabra fue la que hirió. Cuántas cosas se guardaron antes de llegar a ese momento. Si todavía se aman. Si están luchando por quedarse o por irse. Porque para mí las historias nunca han estado en los hechos. Siempre han estado en las emociones.
Creo que eso es lo que más me gusta observar de las personas. No lo que hacen, sino lo que sienten.
Me gusta imaginar el peso que llevan en el corazón. Me gusta pensar en las alegrías que no cuentan, en las tristezas que esconden detrás de una sonrisa, en los sueños que todavía conservan aunque nadie los vea. Me gusta intentar mirar un poco más allá de lo evidente. Como si detrás de cada persona existiera un libro abierto que los demás pasan de largo sin leer.
Y quizá por eso disfruto escribir.
Porque cuando escribo no describo únicamente escenas. Intento describir emociones. Intento ponerle palabras a cosas que muchas veces ni siquiera se dicen. A veces pienso que la verdadera magia de una historia no está en lo que ocurre, sino en lo que se siente mientras ocurre. En ese nudo en la garganta. En esa esperanza que aparece sin avisar. En ese miedo que nadie reconoce. En esos silencios que dicen mucho más que las palabras.
Tal vez también tenga que ver con la empatía. Con esa costumbre que tengo de ponerme en el lugar de los demás. De preguntarme qué sentiría yo si estuviera viviendo lo mismo. Qué haría. Qué me dolería. Qué me haría feliz. Y aunque sé que nunca podré saber exactamente lo que pasa dentro del corazón de otra persona, mi imaginación intenta acercarse.
A veces eso es bonito.
Y a veces no tanto.
Porque tener una mente que nunca descansa también puede ser agotador. Hay días en los que tengo una conversación agradable con alguien. Todo fluye bien. Todo parece estar bien. Pero llega el momento de despedirnos y noto algo. Una mirada distinta. Un gesto diferente. Una respuesta más corta de lo habitual. Quizá no signifique nada. Quizá la persona simplemente estaba cansada. Quizá tenía prisa. Quizá estaba pensando en otra cosa. Pero mi mente no siempre se conforma con los quizá. Entonces comienzan las preguntas. ¿Dije algo que le molestó? ¿Habré hecho sentir mal a esa persona? ¿Interpreté mal la conversación? ¿Debí callarme algo? Y sin darme cuenta empiezo a construir escenarios completos. Historias enteras. Posibilidades que quizá nunca existieron. Mi mente trabaja horas extras tratando de encontrar respuestas que nadie me pidió buscar. Esa parte de mí no siempre me gusta, porque muchas veces termino sembrándome dudas que antes no tenía. Dudas que nacen únicamente de mi necesidad de entender lo que sienten los demás. Y aunque con los años he aprendido a controlarlo un poco más, sé que sigue siendo parte de mí.
Con los años he intentado entender por qué soy así. Por qué mi mente siempre busca una historia detrás de otra historia, una emoción detrás de otra emoción. Y aunque todavía no tengo todas las respuestas, sí he descubierto algo que hoy puedo decir con certeza.
Y entonces dejo de pelearme tanto con esa parte de mí. Porque con el tiempo he comprendido que quizá no sea un defecto, aunque muchas veces lo haya visto de esa manera. Sí, es verdad que a veces me cansa pensar demasiado las cosas. Que me gustaría apagar por un rato esa necesidad de encontrar explicaciones para todo, dejar de imaginar escenarios que quizá nunca existieron y simplemente aceptar las cosas tal como son. Pero también sé que esa misma mente que a veces me roba la tranquilidad es la que me permite escribir. Es la que encuentra historias donde otros sólo ven rutinas. La que descubre emociones escondidas detrás de una sonrisa rápida o de una mirada perdida. La que se pregunta qué siente una persona aunque nunca llegue a conocerla realmente. Y cuando lo veo desde esa perspectiva, entiendo que quizá esa forma de ser también me ha regalado algo muy valioso.
Porque lo que más me gusta escribir no nace de grandes acontecimientos ni de situaciones extraordinarias. Nace de personas comunes viviendo momentos comunes. Nace de una conversación escuchada a lo lejos, de una pareja sentada en una cafetería, de una mujer caminando sola por una plaza o de un hombre que mira su teléfono con expresión de tristeza. Mientras muchas personas continúan con su camino, yo me quedo observando un poco más. No porque quiera saber quiénes son, sino porque me pregunto qué están sintiendo. Y es justamente ahí donde comienza la magia para mí. No en los hechos, sino en las emociones. No en lo que sucede, sino en lo que sucede dentro de las personas.
Creo que más que contar una historia, me gusta intentar comprender corazones. Me gusta imaginar qué palabras no se dijeron, qué abrazos hicieron falta, qué despedidas dolieron más de lo que aparentaban o qué alegrías guardan las personas para sí mismas. Tal vez nunca sepa si mis historias se parecen a la realidad de quienes inspiran esas escenas, pero tampoco creo que eso sea lo importante. Lo importante es que, por un instante, me permiten conectar con algo profundamente humano. Me permiten recordar que todos llevamos batallas, sueños, miedos, nostalgias y esperanzas que casi nunca son visibles para los demás.
Y así voy por la vida. Observando. Imaginando. Sintiendo. A veces demasiado, lo sé. Pero también agradeciendo esa capacidad de mirar un poco más allá de lo evidente. Porque gracias a ella he descubierto que las historias más hermosas rara vez ocurren en lugares extraordinarios. Están aquí, todos los días, caminando entre nosotros. Viven en la gente que se cruza en nuestro camino, en los encuentros inesperados, en las despedidas silenciosas, en las sonrisas que esconden nostalgia y en esos pequeños momentos que para muchos pasan desapercibidos.
Quizá por eso me gusta escribir sobre personas comunes. Porque detrás de cada rostro hay una historia que nadie conoce por completo. Hay sueños que todavía esperan cumplirse, heridas que aprendieron a ocultarse, amores que dejaron huella y batallas que se libran en silencio. Y aunque muchas de esas historias jamás serán contadas por quienes las viven, me gusta pensar que, de alguna manera, merecen ser vistas. Merecen ser imaginadas. Merecen ser sentidas.
Porque a veces una emoción que parecía pequeña termina convirtiéndose en una historia capaz de tocar el corazón de alguien más. A veces una mirada, una conversación o un instante cualquiera pueden recordarnos que no estamos tan solos como creemos. Que otros también han amado, han perdido, han esperado, han tenido miedo y han vuelto a empezar. Y cuando una historia logra tocar una emoción que alguien creía solamente suya, deja de ser una simple historia. Se convierte en un recordatorio de que, aunque cada vida es distinta, muchas veces sentimos más parecido de lo que imaginamos.
Y mientras existan emociones esperando ser comprendidas, silencios que escondan sentimientos y personas que lleven dentro historias que merezcan ser contadas, creo que mi imaginación seguirá haciendo lo que más disfruta hacer: detenerse un momento, mirar más allá de lo que muestran los ojos y encontrar belleza, significado y humanidad donde otros sólo vieron una escena cualquiera.


