Sonia Ruíz
STORY TELLING
Segunda parte
El diagnóstico que se le había emitido al niño como hiperquinético (Reacción hipercinética de la infancia), como todo en la medicina, cada vez hay avances en la investigación y abordajes científicos, este diagnóstico no es la excepción, el nombre y la forma de entenderlo han cambiado con el tiempo. Después de que se le puso más énfasis en los problemas de atención a finales de los años ochenta pasó a ser oficialmente como Trastorno por déficit de Atención e Hiperreactividad, el cual se mantiene en la actualidad.
Continuando con el tema del niño, les comento que llega el cese de la etapa pre-escolar e ingresa a la primaria en el mismo colegio. Ya es otra fase, otra dinámica, otros maestros y ya no cuentan con la figura de psicología en el instituto. Durante esos seis años de escolaridad todo marchó aparentemente sin incidencias, de forma esporádica reportes de travesuras propias de la edad, sí, con algo más de acento. Durante sus primeros 7 años de vida, fue hijo único porque la mamá tenía temor de volver a padecer la pre-eclampsia, por otro lado, ella veía que era necesario tener otro hijo, porque su primogénito lo anhelaba, externaba soledad y requería compañía para jugar, decía que le encargaban tareas acerca de sus hermanos y que no los tenía.
A la edad de 7 años con cuatro meses nace su hermanito, a quien ahora llevaban a control de niño sano a mi consultorio, eran los momentos en que yo podía libremente platicar acerca de su otro hijo y seguir al tanto de su vida. La mamá comentaba que cuando nació su segundo hijo, el primogénito era el más feliz, al grado de soltar el llanto al mismo tiempo que se le aproximaba para acariciarlo mientras lo conocía. Cuando llega a la adolescencia, ya con 13 años, su mamá opta por inscribirlo en otro colegio para darle un giro a su vida rutinaria respecto a personas ampliamente conocidas e inicia su etapa de secundaria en un colegio de Zacatecas capital.
Al indagar sobre la inquietud e hiperreactividad que tenía, la señora señalaba inicios de incidencias, como si estuviera retomando situaciones pasadas, pero que a la vez creía que era comportamiento propio de un adolescente. Hasta cierto punto, le encuentro lógica porque ambas etapas comparten algunas características, la diferencia principal está en la intensidad, la frecuencia y el impacto que tienen en la vida diaria, lo cual fue presentándose conforme transcurría el segundo y tercer año de la secundaria, a tal grado que los llamados a la madre por las incidencias del puberto, llegaron a ser hasta tres veces por semana, hubo la necesidad de hacer un escrito por parte del colegio donde se plasmaba una tregua indicándole al joven que a la próxima llamada de atención sería aunado a la expulsión. Sin embargo, los mismos maestros reconocían la capacidad del chico, las buenas calificaciones que nunca bajaron, la participación en algunos eventos que organizaba el colegio donde aplaudían su aportación en un grupo musical que varios jovencitos conformaban y él tocaba la batería y la guitarra. Pero, las conductas siguieron repitiéndose, aun con la aplicación de consecuencias. Era evidente que necesitaba trabajar en el autocontrol y en el respeto de límites en la escuela, ya que era el único ambiente donde había esas dificultades, no así en casa ni en relaciones sociales. Era evidente también trabajar en evaluación de riesgos y trabajar en responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Y, sobre todo, creo que el trabajo ya tendría que incluir a los padres, ya que para entonces eran los más confundidos, por un lado, dudaban si en realidad su hijo tenía TDAH, pero por otro lado, lo descartaban, ya que sinceramente no cumplía los criterios para ser etiquetado como tal, es decir, por un lado tenía comportamientos que lo aseguraban y por otro lado, era un adolescente con buen nivel académico que presentaba problemas de conducta e impulsividad donde a mi punto de vista debió haber sido reevaluado por un especialista que ayudara a determinar si esa impulsividad era parte del trastorno o si eran conductas propias de la adolescencia o bien, tratarse de un trastorno negativista desafiante. Era un caos para sus padres porque pesaban más los rasgos que tranquilizaban a los rasgos que sí requerían atención. Tristemente no surgió la reevaluación…




