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Adriana Cordero

La medida del amor

Hay lugares donde el silencio dura muy poco. Basta que alguien haga un comentario para que, sin darnos cuenta, terminemos hablando de la vida entera. Hace unos días me ocurrió algo así.
Estaba en la sauna del gimnasio. El calor seco envolvía la habitación de madera y hacía que el tiempo transcurriera de otra manera. Ahí dentro casi nadie habla al entrar. Cada una permanece concentrada en su respiración, en el esfuerzo que acaba de terminar o simplemente en dejar que el cuerpo descanse unos minutos. De vez en cuando se escucha el movimiento de alguien al cambiar de lugar sobre la banca o el leve crujido de la madera. Nada más.
Ninguna nos conocíamos realmente. Éramos ese grupo de mujeres que suele coincidir varias veces por semana, que se saluda con una sonrisa y alguna conversación breve, pero que nunca llega a formar parte de la vida de la otra. Hasta que aquella mañana una de ellas rompió el silencio.
No recuerdo su nombre. De hecho, no sé si alguna vez lo supe. Es una de esas personas con las que uno coincide con frecuencia, se saluda con una sonrisa, intercambia un par de palabras mientras termina una rutina o espera su turno y, por unos minutos, comparte una conversación amable. Nos reconocemos, pero no formamos parte de la vida de la otra. No existe una amistad íntima ni conocemos nuestras historias. Sin embargo, aquella mañana bastó una sola frase para que, por un instante, todas sintiéramos que su dolor también ocupaba un lugar dentro de ese pequeño espacio.
A mi esposo se le acabó el amor.
Después vino el resto de la historia. Contó que él se iba, que ya no quería seguir, que intentó convencerlo de quedarse, que había preguntado una y otra vez qué había hecho mal. Mientras hablaba, algunas mujeres asentían con la cabeza. Otras trataban de encontrar palabras que pudieran aliviar un dolor que, evidentemente, ninguna podía cargar por ella. El ambiente cambió por completo. El calor seguía siendo el mismo, pero de pronto parecía que todas respirábamos más despacio, yo también la escuchaba. O al menos eso creía.
Porque hubo un momento en que dejé de poner atención a su historia y comencé a escuchar la conversación que se estaba formando dentro de mi propia cabeza.
¿Qué significa exactamente que a alguien se le acabe el amor?
La frase parecía completamente normal. La hemos escuchado tantas veces que nadie la cuestiona. "Se acabó el amor." Como si el amor fuera una botella que un día descubrimos vacía. Como si tuviera fecha de caducidad. Como si pudiera consumirse igual que el combustible de un automóvil o el café de una taza.
Y entonces comenzaron a aparecer preguntas que, siendo honesta, no nacieron ese día. Creo que llevan muchos años viviendo conmigo.
¿Qué es el amor?
¿Dónde está?
¿Quién lo ha visto?
¿Cómo sabemos que llegó?
¿Por qué decimos que alguien encontró el amor? ¿Acaso un día vamos caminando por la calle y, entre una farmacia y una cafetería, aparece esperándonos? ¿Será que existe una tienda donde podamos entrar con absoluta seguridad y decir: “Hoy me siento lista para enamorarme? ¿Póngame dos kilos de amor para llevar, por favor”? La idea resulta absurda y, sin embargo, hablamos del amor como si fuera algo que pudiera comprarse, perderse, encontrarse o romperse.
Quizá por eso nunca he logrado entenderlo del todo.
Y mientras aquella mujer hablaba del sufrimiento que estaba viviendo, yo seguía intentando descubrir qué era exactamente aquello que, según ella, su esposo había dejado de sentir.
Con los años he escuchado decir que el amor mueve montañas, que todo lo puede, que nunca falla, que basta para sostener una relación, que aparece cuando menos lo esperamos y que, si es verdadero, dura para siempre. He leído frases hermosas, he escuchado canciones que prometen eternidad y he visto películas donde todo parece resolverse con un beso al final.
Pero la vida, curiosamente, casi nunca se parece a las películas.
La vida está llena de personas que un día juraron quedarse para siempre y después hicieron las maletas. Está llena de matrimonios que parecían inquebrantables y terminaron en silencio. También de parejas sencillas que nadie admiraba y que, sin hacer ruido, caminaron juntas toda una vida. Entonces... ¿qué diferencia a unas de otras?
No tengo la respuesta.
Y quizá por primera vez no me preocupa no tenerla.
Porque hace muchos años dejé de creer que el amor fuera solamente esa emoción intensa que nos acelera el corazón. Las emociones cambian. A veces aparecen sin avisar y otras desaparecen igual de rápido. Si el amor dependiera únicamente de lo que sentimos, probablemente muy pocas relaciones sobrevivirían al paso del tiempo.
Tal vez por eso he comenzado a pensar que el amor no se parece tanto a una emoción como a una decisión.
No una decisión heroica. No una promesa escrita en una tarjeta de aniversario. Hablo de las decisiones pequeñas. Las que casi nadie publica. Las que suceden cuando nadie está mirando.
Preguntar cómo estuvo el día del otro y detenerse a escuchar la respuesta de verdad. Recordar cómo le gusta el café sin necesidad de preguntarlo cada mañana. Esperarlo unos minutos más porque sabes que el tráfico fue un caos. Hacerle un espacio en medio de un día complicado. Permanecer cuando una enfermedad cambia los planes. Elegir las palabras incluso durante una discusión para no herir donde sabes que duele. Alegrarte sinceramente por sus logros, sostenerlo en sus fracasos y seguir encontrando pequeños motivos para cuidarlo cuando la emoción de los primeros días ya dejó de ser la protagonista. Quizá el amor también se parezca a todo eso: a una suma de gestos tan cotidianos que, precisamente por ser cotidianos, muchas veces dejamos de llamarlos amor.
Quizá ahí viva el amor. No en los fuegos artificiales ni en las grandes promesas, sino en esa permanencia silenciosa que se construye un día a la vez, casi siempre a través de los gestos más sencillos.
Mientras regresaba a casa seguía pensando en aquella mujer. No sé si su esposo volverá o si ambos terminarán tomando caminos distintos. Tampoco sé si realmente a él se le acabó el amor o si simplemente dejó de querer construir aquello que un día comenzaron juntos.
Porque quizá también exista otra posibilidad. Tal vez el amor no siempre se acaba; quizá lo que se desgasta es la voluntad de seguir construyéndolo día tras día. No sé si sea así, pero cada vez me parece una idea menos descabellada.
No sé si algún día lograré definir el amor con una sola frase. Cada vez estoy más convencida de que sería imposible. Hay quienes lo encuentran en una mirada. Otros en una conversación de madrugada. Algunos lo descubren cuando nace un hijo. Otros cuando sostienen la mano de sus padres ya ancianos. Incluso hay quienes lo sienten al cuidar un perro, al acompañar a un amigo o al quedarse en silencio junto a alguien que está sufriendo.
Quizá por eso nunca podremos medir el amor. No pesa, no ocupa espacio, no tiene color y nadie ha podido verlo con sus propios ojos. Sin embargo, es capaz de cambiar una vida, de hacernos tomar decisiones que jamás imaginamos y de permanecer en la memoria mucho tiempo después de que las personas ya no están.

Pero, si de verdad existe, quizá sea capaz de cambiar nuestra manera de habitar el mundo.
Mientras las preguntas seguían dando vueltas en mi cabeza, comprendí que aquella conversación nunca había sido únicamente sobre el esposo de esa mujer. Al menos no para mí. En realidad, había despertado una duda que, sospecho, llevo haciéndome desde hace muchos años, aunque nunca me había detenido a mirarla con tanta calma. Aquella mañana solo le había puesto voz una desconocida. Sin proponérselo, abrió una puerta que yo había mantenido entreabierta desde hacía mucho tiempo. Lo que realmente se quedó conmigo no fue su historia ni los detalles de su matrimonio, sino esa palabra que llevamos pronunciando toda la vida con una seguridad sorprendente. Hablamos del amor como si todos supiéramos exactamente de qué estamos hablando, como si pudiera definirse con facilidad y, sin embargo, basta que alguien pregunte qué es para descubrir que cada uno guarda una respuesta distinta. Tal vez por eso sigo haciéndome la misma pregunta. No porque espere encontrar una única definición, sino porque todavía no sé si todos estamos hablando de lo mismo cuando pronunciamos esa palabra.

Y tal vez ese sea el verdadero encanto del amor. No haber encontrado todavía una definición que me convenza por completo. Quizá por eso sigo escribiendo sobre él.