Adriana Cordero
Llegué antes de que fuera tarde
Hay personas que salen de nuestra vida cotidiana sin salir por completo de nuestra historia. Dejamos de verlas, dejamos de saber qué hicieron el domingo o cómo amanecieron un martes cualquiera; ya no conocemos sus rutinas ni ellas las nuestras. El tiempo va colocando otras personas, otras casas, otras preocupaciones en medio y llega un momento en que pueden pasar años sin encontrarnos. Sin embargo, basta volver a verlas para descubrir que hay sentimientos que no se fueron con la distancia. Permanecieron en algún sitio al que casi nunca entramos, quizá porque no hacía falta hacerlo. Así había permanecido ella en mi vida. Durante muchos años fue parte de mi familia, estuvo presente en una época en la que mis hijos eran pequeños y yo todavía habitaba una vida muy distinta de la que tengo ahora. Después las circunstancias cambiaron, como cambian tantas cosas que alguna vez creemos definitivas. Con el paso de los años, la vida fue cambiando de forma. Cada quien siguió su propio camino y aquellas palabras con las que antes nos nombrábamos —suegra, nuera— dejaron de describir lo que éramos. Pero el cariño no desapareció con ellas.
Años atrás quise verla. No recuerdo ya si entonces imaginaba una conversación larga o simplemente quería sentarme un rato con ella. Lo cierto es que no pude hacerlo. Había circunstancias familiares alrededor y entendí que mi presencia podía resultar complicada, así que no insistí. Hay momentos en que uno aprende a retirarse sin que eso signifique indiferencia. A veces respetar la vida que continuó sin nosotros también es una forma de querer. Con el tiempo dejé de pensar en aquella visita que no ocurrió. Ella siguió siendo la abuela de mis hijos y yo continué mi camino. De vez en cuando sabía algo de ella, aparecía su nombre en alguna conversación o algún recuerdo me llevaba inevitablemente a aquellos años, pero nada hacía pensar que volveríamos a encontrarnos de una manera especial. Mucho menos imaginé que la vida estaba reservando para nosotras una despedida.
El día que fui a verla tampoco imaginaba que aquel encuentro tendría un significado tan grande para mí. Estaba enferma y había pedido verme. Saberlo me conmovió. Después de tantos años, de la distancia y de todo lo que la vida había ido colocando entre una etapa y otra, ella había pensado en mí y quería verme. Fui sin preparar lo que iba a decirle y sin imaginar que faltaban apenas unas horas para que muriera. Ahora pienso que quizá fue mejor no saberlo. De haber sabido que aquella sería la última vez, probablemente habría llegado buscando las palabras correctas, como si frente a una despedida uno tuviera la obligación de decir algo extraordinario. Pero no hubo un discurso ni palabras ensayadas. Me acerqué y le hablé desde el cariño que todavía sentía por ella. Le dije que la había querido mucho, que agradecía a Dios que hubiera formado parte de la vida de mis hijos y también de la mía, y que, aunque los años nos habían llevado por caminos diferentes, eso nunca había borrado lo que sentía por ella. No sé cuánto pudo comprender. Hay cosas que nunca podré saber. Pero hay otra que sí sé y es la que prefiero conservar: ella quiso verme, yo pude llegar y tuve la oportunidad de decirle lo que durante tantos años quizá no había hecho falta poner en palabras.
No habían pasado muchas horas cuando supe que aquel encuentro había sido el último. Hay noticias que, aunque de alguna manera sabemos posibles, encuentran la forma de sorprendernos. Las palabras que había pronunciado junto a su cama adquirieron entonces un significado diferente y todo comenzó a suceder con esa rapidez extraña que acompaña a la muerte: avisos, llamadas, decisiones y cosas que deben resolverse mientras la cabeza todavía intenta comprender lo ocurrido. Su estancia en la funeraria sería breve. Mis hijos y yo fuimos a acompañarla y durante aquel tiempo no llegó nadie más. Éramos nosotros con ella, en una sala demasiado grande para tan pocas personas. Las flores que habría después fueron las que nosotros mismos pedimos, y quizá por eso recuerdo con tanta claridad la quietud del lugar. No había conversaciones alrededor ni el ir y venir que uno suele imaginar en una despedida. Había sillas vacías, una puerta que permanecía cerrada y ese silencio particular de las funerarias, un silencio que parece ocupar incluso el espacio que deberían llenar las palabras.
En el momento en que mis hijos salieron a buscar flores. Los vi marcharse y, cuando la puerta volvió a cerrarse, me di cuenta de que me había quedado sola. Sola con ella.
No sé por qué aquella imagen me impresionó tanto. Quizá porque habían pasado demasiados años desde la última vez que estuvimos así, sin nadie alrededor. Me quedé mirándola y por unos instantes todo lo demás pareció quedar fuera de aquella sala. No pensé en las circunstancias que con el tiempo habían cambiado nuestras vidas ni en los años que habían transcurrido desde que dejamos de compartir lo cotidiano. En ese momento nada de eso parecía tener importancia. Frente a mí estaba una mujer que había formado parte de una etapa importante de mi vida y por la que, a pesar de la distancia, seguía sintiendo un cariño profundo. Me resultó extraño pensar que, después de tantos caminos recorridos por separado, la vida hubiera encontrado la manera de colocarnos nuevamente de aquella forma: ella y yo, rodeadas de silencio, como si por un instante todos esos años hubieran dejado de existir.
La observé y empecé a recordar. No llegaron a mi cabeza grandes acontecimientos. La memoria casi nunca trabaja de esa forma. Aparecieron detalles pequeños, escenas que seguramente en su momento parecieron insignificantes, fragmentos de una época en la que estar juntas era normal y por eso nadie pensaba en guardar cuidadosamente aquellos instantes. Recordé la familiaridad de entonces, esa etapa en la que uno entra y sale de ciertas casas sin preguntarse si algún día dejará de hacerlo. Pensé en mis hijos, en todo lo que habían crecido, en la cantidad de vida que había ocurrido desde aquellos años y en lo extraño que resulta descubrir que algo puede haber terminado hace mucho tiempo y, aun así, conservar una ternura que no terminó con ello.
Fue entonces cuando pensé en su soledad.
No podría decir cómo había vivido cada uno de aquellos años en los que ya no estuve cerca. Sería injusto pretender conocer una vida que continuó lejos de la mía. Pero yo sabía que la soledad había ocupado algunos espacios de su historia y, parada ahí, resultaba difícil no pensarlo. Aquella sala vacía parecía amplificarlo todo. Una silla desocupada parecía más desocupada. Un paso en el pasillo se escuchaba demasiado. El silencio se extendía por los rincones y por momentos tuve la sensación de que la vida de una persona podía resumirse injustamente en una escena si uno la miraba solo desde afuera: una mujer que había vivido tantos años, querido, criado, acompañado, sufrido, celebrado y esperado tantas cosas, estaba ahora en una sala donde durante un buen rato solo permanecía otra mujer junto a ella.
Aquello me produjo una tristeza distinta a la de su muerte. Pensé en cuántas veces la soledad de una persona pasa inadvertida porque seguimos imaginando que estar acompañado significa simplemente tener gente alrededor. Hay soledades mucho más silenciosas. Pueden vivir dentro de una casa donde entra y sale gente, esconderse detrás de una llamada breve o sentarse junto a nosotros durante una comida sin que nadie las vea. Tal vez por eso aquella tarde me pregunté cuántas cosas de la vida de los demás desconocemos incluso cuando creemos conocerlas. Cuántas noches, cuántas preocupaciones, cuántos domingos demasiado largos existen detrás de una persona a la que nosotros vemos solamente durante algunos momentos. Pero mientras pensaba en todo aquello, algo dentro de mí corrigió la escena. Ella no estaba sola. Yo estaba ahí.
No podía cambiar los años anteriores ni saber qué había sentido durante ellos, pero sí podía acompañarla en ese momento. Y entonces aquella escena dejó de parecerme solamente triste. La vida, después de tanto tiempo, me había permitido llegar hasta ella, decirle que la quería y, unas horas después, regalarme todavía aquel momento para permanecer a su lado.
Quizá por eso pensé en lo frágiles que son las palabras con las que organizamos a una familia. Durante años ella fue mi suegra y yo su nuera; después, la vida cambió y esas palabras dejaron de describirnos. Sobre el papel parece sencillo cambiar el nombre de los vínculos, pero los sentimientos no reciben la notificación. El cariño, los años compartidos y todo lo vivido no desaparecen simplemente porque una relación haya cambiado de nombre. Comprendí que quizá el parentesco había sido solamente la circunstancia que hizo que nos conociéramos. Lo que había permanecido tantos años después era otra cosa.
Era cariño.
Era un cariño que no necesitó de la cercanía para seguir existiendo; simplemente permaneció. Entonces comprendí que hay vínculos difíciles de nombrar: personas que ya no son formalmente nuestra familia, pero que tampoco llegan a convertirse en extraños. Formaron parte de nuestra vida, compartieron nuestros días y se quedaron habitando un lugar que los años y la distancia no consiguieron borrar. Miré alrededor. La sala permanecía en silencio, mientras afuera la vida seguía ocurriendo con absoluta normalidad. Siempre me ha impresionado que el mundo no se detenga cuando para alguien acaba de suceder algo enorme. La vida de una persona termina y, unos metros más allá, alguien continúa haciendo planes para mañana. Quizá porque cada vida es inmensa para quienes la aman, aunque el mundo inevitablemente siga su curso.
En aquella sala, sin embargo, su historia seguía presente. Estaba en mis recuerdos, en mis hijos que habían salido a buscar flores, en todas las personas que habían formado parte de sus años y también en mí. Entonces entendí que una vida nunca puede medirse por cuántas personas permanecen en una funeraria. Hay despedidas multitudinarias y vidas profundamente solitarias; hay salas casi vacías que esconden décadas de afectos, historias y personas que alguna vez estuvieron cerca. La cantidad de sillas ocupadas en un último adiós no puede contar todo lo que ocurrió antes. Ninguna funeraria podría contener una vida completa.
Escuché finalmente movimiento afuera. Mis hijos regresaban con las flores y supe que aquel momento estaba por terminar. Me sorprendió sentir que no necesitaba hacer nada más. No tenía una conversación pendiente porque la había tenido unas horas antes. No necesitaba inventar una despedida solemne. Me quedé unos segundos mirándola antes de que volviera a abrirse la puerta y pensé en aquella otra ocasión, muchos años atrás, cuando había querido verla y no había podido. Durante mucho tiempo ese recuerdo había sido simplemente una visita que no sucedió. Ahora adquiría otro significado. Tal vez no pude llegar entonces, pero había llegado esta vez.
Y había llegado a tiempo.
La puerta se abrió. Entraron mis hijos con las flores y la sala recuperó algo de movimiento. El instante terminó sin que nadie supiera que había ocurrido. Nadie habría podido notar que durante aquella ausencia breve yo había recorrido muchos años sentada prácticamente en el mismo lugar. Tampoco hacía falta contarlo. Hay momentos que no necesitan testigos para convertirse en importantes.
Desde entonces he pensado que no todos los vínculos terminan cuando cambia la manera de nombrarlos. Algunos simplemente encuentran otro lugar en nuestra vida y permanecen ahí, aun con los años y la distancia. Aquella tarde comprendí que no necesitábamos explicar quién había sido ella para mí ni quién había sido yo para ella. Lo que alguna vez compartimos había sido suficiente para dejar algo que el tiempo no consiguió borrar.
Después de tantos años, la vida nos había vuelto a dejar como alguna vez estuvimos
Acompañándonos una vez más.





