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Adriana Cordero
Rutila: Aquí sigo, mamá
Hay noches en las que las palabras llegan solas. Basta una taza de café, una ventana abierta o una canción para que empiecen a acomodarse dentro de mí. Otras veces nacen mientras corro, mientras veo llover o simplemente cuando descubro belleza en alguna escena cotidiana que la mayoría dejaría pasar. Durante mucho tiempo pensé que así era como llegaban mis historias, pero esta madrugada descubrí que no. Hoy las palabras no llegaron por inspiración. Llegaron porque necesitaban encontrar un lugar donde descansar el dolor que ya no cabía dentro de mi pecho.
Son casi las cuatro de la mañana. No puedo dormir. Tengo los ojos cansados de llorar y el corazón tan apretado que pareciera que alguien lo sostiene con fuerza para impedirle seguir latiendo con normalidad. Hoy tenía lista otra historia para compartir. Una historia completamente distinta. Pero la vida, esa que siempre termina escribiendo mejores argumentos que uno mismo, decidió arrancar las hojas que tenía preparadas y obligarme a comenzar desde cero.
No sé si escribo porque me inspira la tristeza o porque escribir es la única manera que conozco para sobrevivir a ella. Lo cierto es que, cuando la felicidad me visita, casi nunca siento la necesidad de sentarme frente a una hoja en blanco. En cambio, cuando algo me rompe por dentro, las palabras aparecen como si quisieran recoger uno por uno los pedazos que quedaron regados.
Hace algunos días cayó un pequeño gorrión en el jardín de mi casa. Era apenas un joven, con una patita, un ojo y un ala lastimados, incapaz de volar. Lo envolví para darle calor, le ofrecí agua y salí a comprar alpiste con la esperanza de ayudarlo. Al día siguiente ya comía, intentaba defenderse cuando quería tomarlo y hacía pequeños esfuerzos por levantar el vuelo. Verlo así me hizo creer que lograría salir adelante.
Sin embargo, mientras lo miraba, había algo que no dejaba de inquietarme. No podía explicar por qué, pero en sus ojos seguía viendo a Rutila. Era como si mi corazón hubiera aprendido a buscarla en todos los animalitos que se cruzaban en mi camino. Quizá porque ella había cambiado para siempre la manera en que entendía la vida de quienes no hablan con palabras, pero sí con miradas.
Durante años escribí sobre Rutila, sobre esos ojos color miel que parecían entender cada uno de mis silencios, sobre la forma en que tantas veces corrió conmigo, las medallas que de alguna manera también sentía suyas, los viajes, las fotografías y esos abrazos inesperados con los que siempre encontraba la manera de acercarse cuando más la necesitaba. Hay quienes dicen que los perros no entienden nuestras emociones; yo podría discutirlo durante horas.
Porque cuando uno comparte tantos años con un animal termina descubriendo un lenguaje que no aparece en ningún libro. Aprendes a distinguir una mirada de preocupación de una de alegría. Sabes cuándo están felices sin mover la cola y cuándo algo les duele aunque no emitan un solo quejido. Descubres que muchas veces ellos entienden nuestros silencios mucho antes de que nosotros mismos sepamos ponerles nombre.
Rutila me vio reír hasta las lágrimas, pero también me vio llorar cuando creía que nadie podía hacerlo. Me acompañó en momentos en los que las personas no sabían qué decir y ella simplemente apoyaba su cabeza sobre mis piernas como si esa fuera la respuesta correcta para todo. Jamás imaginé que algún día tendría que escribir sobre ella utilizando el tiempo pasado. Siempre pensé que todavía nos quedaban muchos amaneceres por compartir, muchas carreras, muchos viajes y muchas tardes en las que bastaría con mirarnos para entendernos. Sin embargo, ayer desperté sin imaginar que estaba por vivir el día que más me ha dolido escribir. Parecía una mañana cualquiera. Mi rutina comenzó exactamente igual que siempre: antes de pensar en mí, abrí la puerta para sacar a mis perros, esperé con paciencia mientras hacían sus necesidades, les serví su desayuno y observé, como tantas otras veces, el pequeño desorden que hacían alrededor de sus platos. Eran escenas tan cotidianas que jamás imaginé que, horas después, las recordaría una por una, intentando descubrir si había pasado por alto alguna señal que me anunciara lo que estaba por suceder.
Aquella mañana, sin embargo, había una diferencia importante. Rutila tenía programada una profilaxis dental y debía permanecer en ayuno hasta las diez. Pensé en ir al gimnasio, como lo hacía casi todos los días. Incluso imaginé el entrenamiento que me esperaba, pero algo dentro de mí me hizo cambiar de opinión. Recuerdo haber pensado que, si ella iba a pasar tantas horas sin comer, lo menos que podía hacer era acompañarla. Tal vez tendría hambre, tal vez estaría inquieta, y yo simplemente quería estar cerca de ella. Hoy, mientras vuelvo una y otra vez a ese momento, comprendo que, sin saberlo, aquel fue uno de los últimos regalos que pude hacerle. No era algo extraordinario; era únicamente regalarle mi tiempo. Y ahora daría cualquier cosa por volver a tener una mañana así.
Cuando llegamos a la veterinaria llené los formatos de rutina y firmé los documentos que me entregaron, sin imaginar que uno puede escribir su nombre creyendo que autoriza un procedimiento sencillo, cuando en realidad está firmando el inicio del peor día de su vida. La recibieron con cariño y la llevaron a una pequeña jaula mientras esperaba su turno. Me despedí intentando aparentar tranquilidad, aunque nunca me gustaba dejarla ahí. Al salir di la vuelta por la calle para regresar a mi automóvil y, casi por impulso, me detuve. Volteé. Ahí estaba, detrás de aquella reja, mirándome. Nuestros ojos se encontraron por última vez, como si me preguntara por qué me iba. Sentí un nudo en la garganta y seguí mi camino convencida de que horas después volvería por ella, que todo habría salido bien y regresaríamos juntas a casa. Nunca imaginé que esa sería la última vez que la vería con vida.
Regresé a trabajar desde casa, pero fue imposible concentrarme. Sentía los ojos cansados, la vista pesada y una ansiedad extraña que no lograba explicar. Incluso durante una llamada comenté que me sentía muy rara, demasiado cansada y con una inquietud que no sabía de dónde venía. Lo curioso es que no tenía miedo por el procedimiento; me había ido con la certeza de que todo saldría bien. Sin embargo, había algo dentro de mí que permanecía intranquilo. Poco después recibí un mensaje de la veterinaria. Me explicaban que Rutila ya había despertado, que seguía un poco aturdida por la anestesia, pero que todo estaba bien y que incluso le habían colocado suero para ayudar a eliminar el medicamento. Recuerdo perfectamente esas dos palabras: "Todo bien". Bastaron para devolverme el alma al cuerpo. Qué frágiles pueden ser dos palabras. Qué poco imaginamos que, a veces, la tranquilidad puede durar apenas unos minutos.
Aproximadamente una hora después volvió a sonar el teléfono. Esta vez solo me dijeron: "¿Puede venir? Necesitamos hablar con usted". No hubo más explicaciones. Sentí que algo se rompía dentro de mí incluso antes de salir de casa. Tomé las llaves sin pensar, conduje más rápido de lo normal y durante todo el camino mi corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa. Cuando llegué vi cuatro rostros esperándome. Nadie sonreía. Nadie sabía cómo empezar aquella conversación. Y entonces escuché una frase que todavía hoy mi mente se niega a aceptar: "Rutila no aguantó el procedimiento". No recuerdo haber respirado. No recuerdo haber pensado. Solo recuerdo preguntarlo una y otra vez: "¿Qué me están diciendo?". Mientras intentaban explicarme que quizá había sido su corazón o que pudo existir algún problema que nadie conocía, yo ya no era capaz de escucharlos. Lo único que venía a mi cabeza era el mensaje que, apenas una hora antes, aseguraba que todo estaba bien. También recordé que esa misma mañana había investigado sobre ese procedimiento y en todos los lugares encontraba la misma recomendación: antes de anestesiar a un paciente debían realizarse estudios preoperatorios para valorar si era seguro hacerlo. Cuando les pregunté por ellos, reconocieron que no se los habían practicado. En ese momento comprendí que ninguna explicación, por lógica que pareciera, iba a devolverme a mi niña.
Pregunté quién había realizado el procedimiento. Quise saber su nombre, no por enojo, sino porque necesitaba ponerle rostro al último momento de Rutila. Después solo hice una petición: que me la entregaran. Cuando colocaron su cuerpo entre mis brazos, el mundo dejó de existir. Seguía siendo ella, seguía siendo hermosa, parecía dormida. Por un instante quise creer que abriría los ojos y volvería a mover su cola, pero ya no estaba. La abrace con todas mis fuerzas y mis piernas dejaron de responder. Lloré como nunca antes lo había hecho; no era un llanto, era un dolor inmenso intentando salir de un cuerpo que ya no sabía cómo sostenerlo. Una de las doctoras me dijo que quería abrazarme, pero no sabía si debía hacerlo. Yo tampoco sabía qué responder. Me ofrecieron hacerse cargo de la cremación, pero en ese momento nada podía aliviar lo que sentía. Cuando el amor acaba de romperse, ninguna disculpa, ningún dinero y ninguna explicación logran llenar el vacío que deja quien acaba de partir
No sé cuánto tiempo permanecí sentada dentro del automóvil con Rutila entre mis brazos. Hice varias llamadas, aunquenadie entendía realmente lo que intentaba decir. Ni siquiera yo comprendía las palabras que salían de mi boca. Poco después llegó mi hijo, más tarde una amiga, y finalmente emprendimos el último viaje juntas, el único viaje al que nunca hubiera querido llevarla. Cuando regresé a casa ocurrió otra escena que jamás olvidaré. Mis otros perros corrieron desesperadamente hacia mí. No era la alegría de siempre. Me olían las manos, la ropa, los brazos; buscaban algo que ya no venía conmigo. Solo pude sentarme en el primer escalón de la escalera, abrazarlos mientras volvía a llorar. Permanecieron a mi lado, en silencio, como si ellos también entendieran que ese día nuestra familia ya no volvería a ser la misma.
Subí a bañarme y, sin darme cuenta, repetía otra escena que alguna vez había vivido durante uno de los momentos más difíciles de mi vida. Me senté en el piso de la regadera con las piernas abrazadas contra el pecho mientras el agua caliente caía lentamente sobre mi espalda. Durante unos minutos quise creer que el agua podía llevarse una parte del dolor. No lo hizo, pero sí logró regalarme una sensación parecida a un abrazo cuando más lo necesitaba. Al salir descubrí que mi hija ya venía en camino. Había manejado durante horas únicamente para llegar a abrazarme, mientras mi hijo esperaba afuera preguntándome cada pocos minutos si estaba bien. Fue entonces cuando entendí que existen dolores que nadie puede evitarnos, pero también existen personas que, sin importar la distancia, deciden caminar a nuestro lado mientras aprendemos a vivir con ellos. Y eso, también, es una de las formas más puras del amor.
Sé que habrá quienes lean esta historia y piensen que todo esto ocurrió por un perro. No intentaré convencerlos de lo contrario. Quien alguna vez recibió el amor incondicional de un animal sabe que nunca fue "solo un perro". Rutila fue mi compañera, mi refugio en muchos días difíciles y quien cambió para siempre mi manera de mirar cualquier forma de vida. Ese, quizá, sea el legado más hermoso que me dejó.
Mientras escribo estas últimas líneas, también vuelve a mi memoria aquel pequeño gorrión que apareció en mi jardín unos días antes. Había comenzado a recuperarse. Ya comía, intentaba mover sus alas y, por momentos, me hizo creer que muy pronto volvería a volar. Pero cuando regresé a casa después de despedirme de Rutila, él también había muerto. No pude evitar preguntarme por qué la vida había decidido llevarse a los dos el mismo día. Quizá nunca encuentre una respuesta. Lo único que sé es que, desde que Rutila llegó a mi vida, aprendí a mirar de otra manera a todos los animales. Tal vez por eso quise ayudar a ese pequeño gorrión. Hoy entiendo que, al final, no solo estaba intentando salvarlo a él; sin darme cuenta, también estaba honrando todo el amor que ella sembró en mí. No sé cuánto tiempo tardará en dejar de doler.
Tal vez este dolor nunca deje de acompañarme, porque hay ausencias que no llegan para enseñarnos a olvidar, sino para recordarnos cuánto fuimos capaces de amar. Lo único que sé es que, si algún día alguien me pregunta cuál fue el animal que cambió mi vida, responderé sin dudar que fue una pequeña pomerania llamada Rutila. Ella me enseñó que el amor más profundo no necesita palabras y que algunos seres dejan una huella tan grande que nunca terminan de irse. Hoy ya no puede correr a mi lado ni esperarme detrás de la puerta, pero me gusta pensar que, en algún lugar que no alcanzo a comprender, sigue mirándome con esos ojos color miel que tantas veces fueron mi refugio. Y entonces, muy dentro de mi corazón, todavía puedo escucharla decirme: Aquí sigo, mamá.